X #3
María quiso responderle con una bofetada, por engreído e impertinente.
–Ya veo que vuestros sueños no tienen límites.
–Tomadlo o dejadlo –añadió don Diego, esta vez sin sonreír.
«Un hombre que se pone precio a sí mismo, poco o nada vale», se dijo la reina para sus adentros. Miró al noble y asintió con orgullo.
–Tendréis lo que exigís, pues. Y, como compensación por el asesinato de vuestro hermano, os ratificaré como único señor de Vizcaya, en detrimento de vuestra sobrina.
Pero estará en vuestra mano convencer a mi cuñado, el infante Juan de Castilla, para que se someta al poder regio de mi hijo Fernando, al igual que haréis con el resto de la nobleza. ¿Estaréis a la altura?
Diego López de Haro hincó nuevamente una rodilla ante la reina. Ésta puso una mano sobre el hombro del caballero, como signo de confianza hacia él.
Instantes después, el hombre se puso en pie y se alejó por el claro hacia su corcel, donde lo esperaba un paje junto a sus caballeros. Luego, sin mediar más palabra, se marchó al galope de vuelta al camino.
Esa noche, María fue incapaz de conciliar el sueño.
A su lado, en la misma estancia, Constanza dormía plácidamente; el pecho le subía y bajaba con pasividad, y la reina deseó poder descansar de esa manera, desprovista de preocupaciones.
Los infantes dormían en la habitación contigua, siempre en compañía de las amas y de dos escoltas en el pasillo.
María apenas había tenido tiempo de ocuparse de sus hijos y estar con ellos.
Sentía su espíritu inquieto y el corazón agitado.
Desde hacía días, tenía la sensación de que estaba a punto de acontecer un hecho crucial, y ese presentimiento le generaba vértigo.
Se levantó en silencio, arrastrando la manta de lana, y se sentó en una mecedora a contemplar la oscuridad de la noche a través de la ventana.
El reflejo le devolvió una imagen desoladora.
Llevaba una semana comiendo muy poco, pues no tenía hambre ni apetito, y se le veía el vientre más plano que nunca y el rostro fino como el de una adolescente.
Se preguntó si alguien podría llegar a desaparecer simplemente por no comer.
En ese momento, no pudo contenerse más; derramó lágrimas de impotencia y de agotamiento.
Ahogó un grito contra la manta, que aprisionó contra su pecho.
Las dudas e inseguridades eran sombras que la acechaban más que sus enemigos reales, siempre detrás, como el ruido de una multitud que la persiguiera.
«¿Seré lo suficientemente buena? ¿Estaré a la altura?
¿Tendré a Dios de mi parte?». Nadie podía responder a sus preguntas.
María se sentía sola. Abandonada a su suerte.
Su madre, doña Mayor, le había encomendado respetar y custodiar el legado de quienes ya se habían ido.
Custodiar el legado de Sancho, velar por el de Fernando.
El tiempo y sus supervivientes juzgarían su vida en los años venideros, y entonces se sabría si doña María de Molina había sido capaz de preservar el reino para sus hijos, si había tenido el coraje y el pundonor de pelear sus batallas, o si, por el contrario, había sido vencida por sus adversarios. Por su falta de hacer. Por su cobardía.
Sostuvo la lana humedecida por sus lágrimas.
Pensó en Fernando, su hijo, cuya ausencia se materializaba en forma de dolor; lo notaba como una herida de saeta en el pecho.
Llevaba casi siete semanas sin verlo y, aunque sabía que estaba a salvo gracias a la carta del abad, imaginarlo lejos de la compaña, en una celda oscura, a merced de desconocidos, le provocaba el vacío de la incertidumbre.
Inevitable le suponía entonces pensar en el jinete almogávar, Ruy Castro.
El hombre al que estaban a pocos días de juzgar con un hierro candente sobre su piel sólo para probar su inocencia.
Un pueblo de bárbaros. El jinete era un hombre honesto o, al menos, lo había sido en su juventud.
Pero, en aquella Castilla caótica, un desafío de dos hidalgos parecía ser lo de menos.
¿Bajaría Dios a impartir justicia o tal vez se mofaría de los hombres por apelar a su juicio?
Si Galcerán vencía en el litigio, llegaría con Fernando a tiempo para que Enrique el Senador entrase en las Cortes sobre la grupa de su corcel, y ella no podría hacer nada por evitarlo.
María se levantó para coger el broche de capa que le había entregado Castro antes de partir de Toledo, aquel con forma de una hoja.
Recordó con nostalgia cuando su madre había dado la orden a todos los criados y pajes de Montealegre que buscaran el abalorio por todas las estancias del castillo.
María había vivido convencida de que alguien se lo había robado.
Una criada, un guardia, un vasallo de la compaña.
Llegó incluso a preguntarse si lo habría hecho el propio Ruy Castro.
De cualquier modo, el jinete lo había guardado durante casi quince años como un tesoro personal, y ahora esa pequeña hoja de plata arrastraba a María en el tiempo hacia aquellos días en las llanuras del páramo, cuando tan sólo le bastaba la belleza del mundo para llenar su corazón.
* * *
La risa fresca y espontánea de la joven llenó el patio de armas de Montealegre.
Aunque había criados en las puertas de las cocinas, pajes en los corredores y guardias bajo el arco, María actuaba como si no hubiera nadie más y, en realidad, estuvieran ellos dos solos.
Todo el mundo podía hacerse con el eco de sus palabras, pero era lo que menos importaba a la niña del páramo.
A sus diecisiete años, se había convertido en una de las damas más hermosas de la Tierra de Campos, de eso no había duda.
Era, además, una doncella alegre y, aunque bien educada, no se privaba de cantar, bailar y recitar versos, y tampoco de dar largos paseos para disfrutar del sol y del abrazo de los bosques.
Una frescura poco habitual en la corte. No obstante, ella no parecía darse cuenta de cómo la miraban los hidalgos y los caballeros de un tiempo a esa parte, con la misma devoción que a una pieza de oro.
El caballerizo que la escoltaba aquella tarde tiró de las bridas de la montura y la detuvo en mitad del patio.
Ella, entretanto, no dejó de hablar acerca de la llegada de las golondrinas del norte que anunciaban la primavera.
El doncel la ayudó a desmontar, sosteniéndola de la cintura. El tacto de sus manos la hizo reír.
–¿Mañana, pues? –preguntó el caballerizo con su tono cortés tan habitual en él.
María simuló mostrarse orgullosa y dibujó una sonrisa de actitud infantil y traviesa.
Para ella era un juego, siempre lo había sido.
El joven le había ofrecido esta vez enseñarle a galopar de pie, del mismo modo que hacían los caballeros villanos al empuñar una lanza colocándola en ristre.
María quería aprender a hacer eso sin que su madre lo supiera; sin que nadie más los viera cabalgar y así poder reír en solitario.
Pasarían otra tarde como aquélla, los dos solos.
–Enviaré un paje para avisaros –respondió con una sonrisilla.
Le hacía gracia ver que el jinete se ponía nervioso con ella.
Eso le sucedía en cuanto se acercaban a Montealegre; solía cambiar el semblante nada más cruzar el arco.
Fuera del castillo, en la soledad del páramo, el caballerizo se mostraba mucho más abierto y distendido: se reía, hablaba sin tapujos, opinaba de casi cualquier tema, no le importaba interrumpirla o llevarle la contraria.
Pero, una vez atravesaban las puertas de la fortaleza, su actitud cambiaba por completo y volvía a lo de siempre, a esa distancia exigida a un vasallo frente a la hija de su señora.
Poseía el saber estar. Y pasaba a ser hermético.
Y ese juego de idas y venidas, de tira y afloja, divertía mucho a María, que le lanzaba miradas chispeantes en sitios arriesgados para ver su reacción.
Él, de naturaleza buena, pocas veces caía en la tentación de su risa, lo que, en parte, la decepcionaba un poco.
María entró en la fortaleza y subió las escaleras hacia sus estancias. Notaba las mejillas calientes por culpa del sol. Cruzaba el pasillo cuando vio a su ama, María Fernández Coronel, dirigiéndose hacia ella con el ceño fruncido. María, sin embargo, sonrió al verla.
–Vuestra madre –dijo el ama–. Será mejor que borréis esa sonrisa.
–¿Qué ha pasado? –preguntó María, extrañada.
El ama alzó las cejas con una expresión que significaba que no era ella quien tenía que explicárselo. María pensó rápidamente en su hermano Alfonso y en la corte del rey Sabio. ¿Le habría ocurrido algo?
Al entrar en la alcoba, doña Mayor estaba de pie, en una postura rígida.
Con las manos sobre el regazo, frente a la ventana, contemplaba el patio de armas en el interior del castillo.
A María se le fue el alma a los pies. En su mente se disipó toda preocupación hacia su hermano.
¿Acababa de ver su madre algo inapropiado desde esa ventana?
–María, retiraos ahora –ordenó doña Mayor al ama, que, dispuesta como estaba a ayudar a la joven a cambiarse ropajes, al instante hizo una reverencia a su señora y abandonó la estancia.
La muchacha permaneció quieta, con el sayo a medio ajustar, y devolvió a su madre una expresión seria. Su cabello lacio respiraba suelto y le caía por los hombros. Doña Mayor lanzó a su hija una mirada cargada de disgusto. Se aproximó a ella, y sus manos frías sostuvieron las suyas antes de hablar.
–Debéis poner fin a esos paseos.