X #2
El jinete tenía casi cincuenta años; en cambio, por su físico parecía rallar los treinta.
Diego López de Haro desmontó con destreza e hincó la rondilla ante la reina, con un puño cerrado sobre su pecho.
María respiró aliviada. Agradecía su saludo y su sometimiento en un período donde cada quién reclamaba el trono o declaraba la guerra a Castilla.
Tenía tantos enemigos y rivales que no alcanzaban los dedos de las manos para contarlos.
Don Diego esbozó una sonrisa ancha flanqueada por dos colmillos vistosos que le daban un aspecto salvaje.
Al verlos, ella se preguntó cómo era posible que mantuviera el mismo brillo de siempre, a pesar de los años.
La reina lo contempló un rato en silencio mientras caminaban por el claro y él narraba su viaje desde Navarra.
Diego López de Haro seguía siendo el mismo mozo arrogante de su juventud.
Hablaron, también, de los viejos tiempos.
Don Diego se había casado con una hermana de Sancho, Violante de Castilla, el mismo día que el infante se desposó con María.
Ambas bodas se habían celebrado en Toledo, y todo fue júbilo y fiesta.
La reina Violante de Aragón, suegra de ambos y esposa de Alfonso el Sabio, estaba exultante.
Pese a la decepción que significó la elección de Sancho –o sea, María–, su hija había obtenido un matrimonio ventajoso con la más alta nobleza de Vizcaya, la familia Haro.
Sin embargo, don Diego era primo segundo de su nueva esposa, por lo que, al igual que María y Sancho, tuvo los mismos problemas con la Iglesia para legitimar su matrimonio.
Las vidas de las dos parejas parecían ir a la par.
Además, don Diego era el hermano de Lope Díaz de Haro, esposo de su hermanastra Juana, aquel al que Sancho, con el tiempo, nombraría conde para, años más tarde, acabar con su vida de un espadazo en Alfaro por traición.
Pero aquella tarde, en el claro, María y don Diego no hablaron de los días oscuros.
La reina tampoco hizo referencia al trato deshonesto que había tenido ese hombre con su sobrina, la hija de don Lope, María Díaz de Haro.
Ésta había sido la legítima señora de Vizcaya tras el asesinato de su padre, y todo el mundo afirmaba que era una muchacha decidida y de armas tomar.
Para enredar más los lazos, María Díaz se había casado ocho años atrás con el hermano menor de Sancho, el infante Juan de Castilla, aquel al que llamaban «el Traidor».
Para bien o para mal, la familia Haro estaba inmersa en la primera línea política del reino, enredada como una planta trepadora en la familia del rey.
Don Diego, a la vista de los acontecimientos, con las pretensiones de los infantes de la Cerda, con Francia a punto de declarar la guerra a Castilla, con el infante Juan de Castilla sublevado y reclamando el trono para él y con el infante Enrique el Senador en busca del poder dentro de la corte, había tomado la decisión de usurpar el señorío de Vizcaya a su sobrina.
Sin más. Por la fuerza. La muerte de Sancho había provocado tal inestabilidad en el reino en el último mes que las revueltas se sucedían a lo largo y ancho de Castilla, e implicaban a toda la nobleza castellana.
El infante Juan de Castilla lideraba ese caos, y don Diego había aprovechado la coyuntura para apoderarse del señorío que había pertenecido a su hermano y, antes, a su padre.
En resumen, María estaba asediada. Juan de Castilla, hermano de Sancho, reclamaba el trono de Castilla y de León y el señorío de Vizcaya para su esposa.
Por su parte, los infantes de la Cerda, apoyados por la madre de Sancho, la reina Violante de Aragón, y por los reyes de Francia, también reclamaban el trono.
Aragón y Portugal, con Jaime II y el rey Dionís, estaban a un paso de la guerra.
Y Francia no sólo estaba dispuesta a apoyar a los de la Cerda; en ese momento, se hallaba a un paso de declarar la guerra a Castilla.
Incluso a la propia María le costaba dibujar el mapa de enemigos que la rodeaban.
Acorralada y con la nobleza sublevada, la reina era consciente de que la usurpación del señorío de Vizcaya podía ser crucial para el establecimiento de alianzas, sobre todo antes de las Cortes en Valladolid.
Lo que para sus consejeros era un obstáculo, para ella significaba una oportunidad.
Don Diego se había enemistado con su sobrina y, por tanto, con el infante Juan de Castilla.
¿Podían ser María y don Diego aliados pese a que Sancho había asesinado a su hermano?
Se detuvieron bajo unos pinos, separados del resto de asistentes al encuentro. Nadie podía oírlos a tanta distancia. Don Diego le habló en un susurro, con un tono de voz confidente:
–Si respetáis mis pretensiones y mi legítimo derecho sobre el señorío de Vizcaya, entonces podremos hacer grandes cosas juntos vos y yo, doña María. Estoy dispuesto a que nuestras familias vuelvan a ser aliadas.
María, que llevaba años en aquellas lides, no necesitó ningún consejero que le tradujera lo que había querido decir don Diego.
–¿Y a cuánto ascienden esas pretensiones vuestras? –preguntó con frialdad.
–Queréis saber cuánto vale un reino para vuestro hijo. Mucho, desde luego. La verdadera pregunta es si estáis dispuesta a pagarlo.
María lo miró estoica. Diego López de Haro, en cambio, le sonrió.
Le seguía pareciendo una joven hermosa. Aunque los años, con sus disgustos y sus presiones, le habían marcado el carácter, la hija de don Alfonso y doña Mayor seguía poseyendo la belleza de su mirar y la gracia al hablar.
María había conocido a muchos nobles en la vida como para no darse cuenta de que don Diego hubiese mandado todo a paseo si ella le hubiese insinuado que buscaba un nuevo esposo.
–En muy alta estima os tenéis, don Diego.
Como reina, dispongo de muchos aliados aparte de vos.
No penséis que sois la única persona en el mapa de Castilla.
El reino es muy grande y la reina tiene muchos recursos.
No soy tan joven como pensáis. Llevo muchos años batallando contra la misma clase de hombres.
Conozco sus fortalezas, pero también sus carencias.
Don Diego le sonrió como un galán esta vez.
–Pero ningún punto de ese mapa vuestro es tan grande como el apellido Haro.
Y ningún otro punto será capaz de dominar a la nobleza como lo haré yo, si así me lo pedís.
Me necesitáis, doña María. Sabéis que es así.
No perdamos el tiempo mintiéndonos. Si queréis que vuestro hijo Fernando sea rey, me necesitáis a vuestro lado. Es así de simple.
A don Diego le brilló la mirada, como al jugador que apuesta a caballo ganador.
María sabía que era como su marido, oportunista y buscavidas.
Era también bebedor y mujeriego. Le gustaba la guerra y matar moros, criaba perros y caballos, aunque, a pesar de toda esa violencia excesivamente varonil, era astuto con otras cosas, como en el comercio.
Listo como lo habría sido un abad: sabía fundar villas y negociar con terratenientes, dominaba el discurso de los comerciantes y artesanos; sabía olisquear la debilidad de las personas y no temía tomar por su mano lo que consideraba suyo.
«Mejor en mi bolsa que en la de otro», solía decir con sorna.
No cabía duda de que Diego López de Haro era más listo que su malogrado hermano, el último conde de Castilla.
«Pero ¿por dónde se coge una cazuela así de caliente sin quemarse uno las manos?
», se preguntó María sin dejar de mirarlo a los ojos.
Don Diego volvió a hablarle en tono confidente, ahora bastante más de cerca, más de lo que le hubiese estado permitido a cualquier consejero de su casa.
–Si aceptáis mis pretensiones, yo mismo me encargaré de que la nobleza se tranquilice.
Es preciso que las aguas se calmen, o Castilla sufrirá una guerra civil o, peor aún, la invasión de algún otro reino.
Si Aragón o Portugal huelen una Castilla herida, irán a por vos.
Debéis hacer que se renueven los privilegios de los nobles, y entonces ellos elegirán a Fernando como su rey en Valladolid.
Pero os aseguro que no será barato. Es un reino el que está en juego.
Además, por mi parte, estaréis de acuerdo si os digo que mi familia merece una compensación por el agravio que supuso la muerte de mi hermano en Alfaro.
No penséis que lo he olvidado, doña María.
Una viuda debe pagar las deudas de su difunto y limpiar sus faltas como corresponde.
A María le molestó que jugara con tan doble moral, pero más la hirió la sonrisa que esbozó tras su última frase.
¿Quién era él para dar lecciones sobre la honra?
Mujeriego, ladrón y usurpador. Aun así, cierto era que, si compraba a López de Haro, solucionaría el conflicto de la nobleza y sólo tendría que ocuparse de las pretensiones de las ciudades.
Las dichosas hermandades, la unión de muchos concejos que exigían lo mismo, como un gremio de villas.
Al menos, las negociaciones irían por buen camino.
–¿Cuánto queréis? –preguntó al fin, como una saeta.
Don Diego se llenó los pulmones con una bocanada de aire.
–Sabéis que podríamos ser más que simples aliados, ¿verdad? No tenéis por qué pasar la regencia como viuda.
« Sin escrúpulos y directo, con el verbo en ristre».
María se mordió la lengua antes de responder.
Estaba dispuesta a todo con tal de que su hijo Fernando mantuviera el trono de su padre.
Eso significaba que utilizaría incluso sus armas de mujer si era necesario.
Dejar esa puerta abierta mantendría a López de Haro comiendo de su palma, como una paloma, al menos por un tiempo.
–Eso debéis demostrarlo con hechos, caballero.
–Os costará trescientos mil maravedís, como poco –dijo al fin don Diego sin borrar su sonrisa de malhechor.