Alma de Castilla X
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La vergüenza

La reina había recibido la carta del abad Leyva, con fecha del primer día de julio de mil doscientos noventa y cinco, exactamente tres días atrás.

La leyó en privado con premura. Un crimen.

Un juicio. Al momento, había apoyado la carta sobre su regazo con una sensación de malestar en el cuerpo.

La primera parte del cometido del almogávar había salido bien: el futuro rey de Castilla estaba a salvo en el monasterio de la villa.

Sin embargo, un caballero de la Hermandad de Talavera, patrocinado por el infante Enrique de Castilla, había solicitado la custodia del «paje», siguiendo con aquel juego de espías.

No había duda de que Enrique el Senador estaba detrás.

María dedicó una tarde entera de reflexión al conflicto.

Si el caballero Alfonso de Galcerán se salía con la suya y finalmente el concejo de la villa le otorgaba la razón y, en consecuencia, la custodia del paje del almogávar, Fernando sería entregado al infante Enrique sin demora, y éste lo presentaría ante las Cortes como un trofeo personal.

Los hechos hablarían por sí solos. Nadie diría una palabra.

Sería una derrota silenciosa para ella, pero bajo un silencio atronador, pues Enrique se encargaría de propagar su derrota ante sus aliados y sus detractores, dejando claro que la reina doña María no estaba en condiciones de mantener la custodia del niño, y mucho menos de ser la protectora del reino, huérfano tras la muerte de Sancho. Sería su fracaso.

En definitiva, Rodrigo Castro, a punto de ser sometido al hierro candente, se jugaba el honor y la palabra de la propia reina.

María y su compaña no estaban lejos de Villar de Duero.

Habían salido de Toledo hacía unas semanas y se disponían a entrar en Valladolid en cuanto hubieran alcanzado un acuerdo con las autoridades de la ciudad.

En el reino se respiraba una calma tensa, y en algunos puntos ya había habido altercados entre partidarios y contrarios a un candidato u otro al trono.

Valladolid exigía más privilegios y exenciones para dar paso a la reina y a su séquito.

De lo contrario, las puertas de la ciudad se mantendrían cerradas y la propia reina sería privada de las Cortes de su reino.

Permanecían por el momento al sur de las tierras de Portillo, con morada en la villa de San Martín. María volvió a leer la carta en su estancia, en compañía de Constanza y de su hermano Alfonso, hacia quien se volvió:

–Rodrigo Castro ha sido acusado de homicidio injustamente.

Alfonso se cruzó de brazos.

–¿Cómo podéis afirmar que sea injusto? Nadie sabe lo que puede hacer un hombre en soledad.

Cualquier caballero es capaz de lo peor, todo depende del momento en el que se encuentre.

Una vez oí la historia de un cura que fue acusado de asesinato y juzgado por el crimen, algo que ninguno de sus vecinos se esperaba. Sorpresas da la vida.

–Pero yo conozco a ese hombre.

–Han pasado quince años, doña María. No es el joven noble que conserváis en vuestra memoria, las personas cambian.

Cuántas cosas dolorosas le habrán pasado a lo largo de estos años, cosas que lo habrán moldeado, para bien y para mal...

Un hombre que ha vivido la defensa de Tarifa, que ha sido testigo del sacrificio de Guzmán el Bueno y de cientos de muertes...

Ese hombre ha visto lo mejor y lo peor del género humano, está acostumbrado a matar y ver la muerte día tras día.

No podéis afirmar su inocencia con tanta soltura.

María entornó la mirada.

–Yo creo en él. Va más allá de la razón.

–Y, más allá de esto, ¿qué pretendéis hacer?

No podemos permitir que ese concejo siga creyendo que Fernando es un simple paje.

Debemos enviar una escolta en busca del rey, imponer nuestra autoridad y acabar con esta burla cuanto antes.

Fernando no debe seguir participando en ese juicio ni un instante más. Es indigno.

María acarició el anillo familiar, el relieve de su crismón.

–Desde luego, es preciso acudir a Villar de Duero y hablar con el abad Leyva. También entrevistarse con el jinete almogávar.

–Hablo de Fernando.

La reina negó con la cabeza, con expresión de cautela.

–No. La facción del infante Enrique hace sus movimientos en silencio, y por eso no han hecho pública la identidad de Fernando.

Continúan hablando de «paje» . Sólo el abad Leyva, Castro y Galcerán saben que es el rey de Castilla.

Si nosotros hacemos público su nombre, desvelaremos cuál ha sido nuestro plan desde el principio y crecerá la sombra de la desconfianza sobre nosotros en la corte, y también en la propia compaña.

Es tan simple como preguntarse por qué razón la reina decidió sacar al heredero de la corte.

¿No estaba seguro, acaso? ¿A qué teme la reina?

No, no podemos sacar a Fernando de esto todavía.

Por primera vez, Alfonso tuvo que reconocer que su hermana tenía razón. Ésta volvió sus ojos a Constanza, que le devolvió la mirada en silencio.

–Preparad una pequeña escolta para que salga hacia Villar de Duero. Informad que una de las dueñas de la reina se presentará en el monasterio franciscano para entrevistarse con el abad.

Constanza la obsequió con una reverencia cortés. Su hermano, de naturaleza más prudente, entornó la mirada con preocupación. No le convencía para nada la idea de que otra persona hablara en nombre de la reina.

–¿Estáis segura de que es esto lo que deseáis?

María se mostró conforme, y su hermano se marchó a preparar lo que le había encomendado.

La reina volvió a jugar con la sortija, mientras pensaba en el jinete almogávar, que en esos momentos permanecía en el monasterio franciscano, a la espera de la prueba del hierro.

Las palabras de su hermano la hacían dudar, pero María no tenía otra cosa más que su propia intuición.

Tal vez debía dejar de actuar con el corazón y pensar de forma más fría, pero muchas veces en la vida había actuado con el miedo como consejero.

Esta vez iba a ser valiente y seguir lo que le dictaba su voz interior.

* * *

¿Qué era Castilla? ¿Qué sentido tenía el hecho de que dos hombres de honor se jugaran la vida de ese modo, aun siendo ambos fieles a una misma causa?

¿Por qué los hombres se dejaban arrastrar por las afrentas y caían presos del orgullo?

La apenaba darse cuenta de que no gozaba de un poder absoluto capaz de impedir aquella situación.

Cada villa se regía según sus fueros, sus leyes, sus costumbres, y ningún rey podía entrometerse en los asuntos locales a su antojo.

Así eran las ciudades: pequeños reinos, orgullosas como los propios procuradores y ricoshombres que las regían.

En los últimos años, las villas se habían unido unas con otras en hermandades, con el fin de equilibrar la fuerza que ejercía la nobleza y el clero sobre el reino.

Comerciantes, hombres buenos, ricoshombres, hidalgos con tierras, se enfrentaban así a un poder mucho mayor que ellos.

Unidos eran más fuertes. La corona los necesitaba.

María los necesitaba. La reina habría de encontrar un equilibrio para contentar a todas las partes.

Pero ¿qué podía dar a unos que beneficiara a los otros?

* * *

Una brisa cálida meció las bandas y la crespina que le cubrían el cabello.

La reina notaba un nudo en el estómago. Con la mirada perdida en el horizonte, sentía los hombros y los brazos pesados.

A su alrededor, el viento alisaba la hierba alta del claro en el que se hallaba en compañía de sus más próximos: su hermano Alfonso, sus consejeros y una escolta de caballeros.

Todos guardaban silencio. María agradeció la sombra del bosque en aquella tarde calurosa.

Alzó la vista hacia las copas de los árboles que circundaban el claro.

La luz de la tarde accedía vertiginosa como flechazos por el hueco azul de un cielo despejado y pintaba de un brillo dorado y cobrizo la parte alta de los pinos.

Abajo, un aire fresco los envolvía. Le hubiese gustado tumbarse sobre la hierba a leer un libro, olvidarse de sus tareas, de sus responsabilidades.

Abandonarlo todo y cerrar los ojos. Pero tener a su hijo prisionero en aquel entuerto le quitaba el sueño y el aliento.

Miró entonces al frente, donde podía distinguirse la llanura a través de los árboles que se erigían como una celosía natural.

«Qué hermoso lugar para un acto tan indigno», pensó María. «Todo sea por mis hijos».

Un caballero montado en un corcel apareció al galope por el sendero y dio un aviso a la pequeña guardia que escoltaba a la reina.

Con ella, en total eran más de una veintena de personas las que estaban allí en silencio, un puñado de fieles que habrían de guardar el secreto de aquel encuentro bajo pena de muerte.

El jinete intercambió unas palabras con el caballero de la guardia y regresó al camino al galope.

Poco después, retumbaron los cascos de media docena de hombres a caballo.

María estaba de pie, con las manos juntas en el regazo, la postura erguida.

Mentón hacia arriba, mirada seria, labios fruncidos.

Reconoció al hombre que encabezaba al grupo.

Portaba una cota de malla de cuerpo entero por encima de la loriga y un tabardo sucio y raído.

Nadie hubiera dicho que aquel gigante fuera un noble, y, si lo era, desde luego parecía provenir del frente de alguna batalla en el sur.

Sólo su sonrisa ancha le devolvió a María los recuerdos de antaño.

Su figura, su corpulencia y su estatura le trajeron de vuelta la imagen viva de su difunto marido.