IX #4
Un miembro del tribunal, con voz grave y solemne, pidió a Ruy que se levantara.
–Rodrigo Castro de Roda, se os ha acusado por el homicidio de Esteban Galcerán, ocurrido en enero de mil doscientos noventa y cuatro en una granja cercana a la torre de Torregrosa, en Tarifa. Habéis jurado y declarado ser inocente de esta acusación. Ahora el jurado tomará la palabra.
Señaló a la mesa en la que estaba apostado el grupo de vecinos, todos ellos con cara de circunstancias.
«Os han obligado a venir y a impartir la justicia para dos hombres.
La justicia para todos. Que Dios os asista», pensó Ruy.
Uno de ellos, un anciano que probablemente había sido un labriego toda la vida, se puso en pie para hablar.
Ruy sintió una agitación en el corazón. Aquel desconocido estaba a punto de marcar el destino de su vida.
–Después de oír los testimonios de aquellos que estuvieron presentes el día de los hechos, y tras de escuchar el relato del caballero Galcerán y el juramento del acusado ante Dios, este jurado de vecinos de Villar de Duero considera que no es posible afirmar que Rodrigo Castro sea culpable del crimen, debido a la falta de pruebas.
Un coro de voces se alzó en la sala.
Ruy sintió que se le iba el aire. Cruzó una mirada con el padre Leyva, cuyo rostro se mostraba cauto.
Parecía que estaban a punto de llegar al final de aquella pesadilla.
En mitad de las voces y del barullo, Alfonso de Galcerán pidió la palabra, y el tribunal se la concedió.
Las voces cesaron por completo. Galcerán parecía otro, y su voz se cargó de impotencia al ver que el acusado estaba a un paso de ser un hombre libre.
–Si no es suficiente el testimonio de siete caballeros, entonces Dios habrá de revelar quién de nosotros miente y quién dice la verdad.
Cumpliendo con lo requerido en el Fuero Viejo de esta villa, pido ordalía.
Solicito a este concejo que mi acusación se resuelva y que se presente el juicio por combate como medida de prueba.
La sala enmudeció.
Los miembros del tribunal se miraron unos a otros.
Los había pillado a todos por sorpresa. Ruy observó a Galcerán, con su postura regia, orgullosa, tan seguro de su victoria.
No podía creer lo que estaba exigiendo. Una ordalía.
Una prueba ritual para probar la culpabilidad o la inocencia de un acusado mediante el juicio de Dios.
Se preguntó hasta qué punto un hombre podía enajenarse por sus propias mentiras.
¿De verdad estaba dispuesto a jugarse la vida por obstinación?
¿O era una prueba de su orgullo desmedido?
Galcerán lloraba la muerte de su heredero y necesitaba encontrar a un culpable de su desgracia. Para ello, estaba dispuesto a todo.
El juicio de Dios, un recurso tan extremo que muchos fueros castellanos ni siquiera contemplaban, ahora se cernía sobre Ruy como una sentencia divina.
La Iglesia lo veía con malos ojos. Era una manera de retar a Dios, de dejar en su mano la resolución de un conflicto sin un desenlace claro.
Era una vieja costumbre de la nobleza y de la hidalguía resolver sus asuntos mediante el riepto , el desafío.
Pero, cada vez en más poblaciones, los propios habitantes habían decidido abolir esta antigua práctica de sus leyes, sobre todo al norte del Duero y el Pisuerga.
En Villar de Duero, sin embargo, aún persistía esta ley, y Galcerán lo sabía, por eso había esperado con tanta paciencia. Tenía una última carta bajo la manga.
–Las exigencias del caballero Galcerán son legítimas –anunció finalmente el regidor–.
Según el Fuero Viejo de nuestra villa es preciso agotar todas las medidas de prueba al acusado antes de proceder a la sentencia del jurado, lo que incluye el combate judicial, si fuera necesario.
–Hizo una pausa–. Por tanto, este tribunal acepta como medio de prueba el hierro candente.
Rodrigo Castro recibirá una barra de hierro candente, y, si su alma es capaz de resistir al dolor, será declarado inocente, por la gracia de Dios.
No obstante, antes de eso, en el caso de que el acusado consiga presentar los cien sueldos que ha exigido el caballero Galcerán como prenda, entonces este tribunal se verá en la obligación de aceptar el juicio por combate como única medida de prueba posible.
Ruy se dejó caer abatido en su asiento. Dejó de escuchar las voces y los gritos en la sala, que de pronto se volvieron tan lejanos que todo le pareció un recuerdo perdido en el tiempo.
Observó sin ver las expresiones enérgicas y los empujones en la sala.
Defensores y detractores de la decisión del tribunal pugnaban como si les fuera la vida en ello, aunque realmente ninguno fuera a jugársela, sólo él.
Cruzó una mirada con el abad Leyva, que permanecía sentado, con las manos en el rostro, descorazonado.
Ambos eran conscientes de que el juicio de Dios apelaba a un milagro. Un milagro que no iba a suceder.