Alma de Castilla IX #3
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IX #3

El tribunal se mostró conforme y volvió a observar a Ruy, que negó con un gesto de cabeza.

–Vuestras mercedes han de saber que no poseo testigos. Debéis tener en cuenta que eso ocurrió hace dos años y en Tarifa, el último reducto de los reinos cristianos en el sur.

–¿Y cómo piensa defenderse? –se oyó preguntar a alguien al aire en el fondo, lo que provocó una discusión entre varias personas.

El tribunal pidió silencio y no se continuó la causa hasta que todo el mundo se calló al fin.

–Se os informó a través del abad del monasterio de que debíais presentar a vuestros testigos. Hoy mismo se oirán sus testimonios –expuso el regidor antes de mirar a sus compañeros y hablarles con otro tono de voz–. No dilataremos este asunto por más tiempo.

El murmullo no cesaba. Ruy pidió la palabra.

–Llamaré, pues, si este tribunal me lo permite, a los caballeros que acudieron aquel día. Los mismos testigos que el caballero Galcerán.

Hubo algunas voces de sorpresa.

–¡No puede hacer eso! –gritó Galcerán.

–¿Los mismos testigos para uno y otro? –preguntó alguien.

Los miembros del tribunal comenzaron a discutir entre sí. Aquel procedimiento no era lo habitual, pero, a falta de pruebas, era mejor que no tener nada. El regidor, que seguía de pie, estiró las palmas de las manos hacia toda la asamblea.

–Oiremos lo que tengan que decir.

* * *

Día de justicia. ¿Cómo medir la palabra de un hombre contra la de otro? ¿De qué manera es posible saber quién dice la verdad en un asunto? ¿Cuántas verdades puede esconder un mismo hecho? Cada persona ve las cosas desde sus ojos... Así, pues, ¿quién es el dueño de la razón? ¿Hay una única verdad?

Sin apenas advertirlo, Ruy se vio enganchado a un juicio y a los relatos de los testigos que se alargaron por tiempo de una semana.

Ruy escuchó con atención los testimonios de los siete jinetes de Talavera que habían cabalgado con él en Torregrosa.

Los conocía bien. Conocía sus nombres, sus historias.

Eran gentes de honor, o eso habían demostrado, no podía decirse que ninguno de ellos hubiera hecho las cosas por interés ni que le guardaran rencor.

Sin embargo, sus relatos distaban mucho de lo que el almogávar consideraba la verdad.

Cada uno llevaba en su memoria una versión distinta de aquel día: algunos no lo recordaban del todo bien; otros, en cambio, completaban su historia con detalles y giros que repetían de sus compañeros, y unos pocos hasta se contradecían.

Ruy no podía culparlos. Además, la historia se había distorsionado mucho en los dos años transcurridos.

La granja. El olor. Los cadáveres. La emboscada.

Todos habían intentado olvidar. ¿Quién quería acordarse ahora de eso?

Cada uno narró los hechos de una manera distinta.

Para cuatro de ellos, Ruy había dado la orden de marchar a la granja sin posibilidad de negarse.

Para los otros tres, Ruy les había dejado la puerta abierta a la elección, pero con el filo de la vergüenza por delante, la deshonra en el aire.

«Cada uno es dueño de su destino y marca el camino de su honra.

Vosotros decidís ahora cuál es el vuestro, pero sabed que lo recordaréis toda la vida», citó uno.

Ruy no recordaba las palabras que dijo ese día, pero al escuchar éstas, no estuvo seguro de que fueran suyas.

Al fin llegó su turno ante el tribunal, justo delante de los siete jinetes.

«¿Creéis que ese día me jugué la vida por salvar a mis compañeros?

». Cinco respondieron que sí. Los dos restantes esquivaron el interrogatorio con más preguntas.

Ruy se sintió profundamente decepcionado.

Fuera como fuere, todo iba a depender de la opinión del tribunal y del jurado, compuesto por un puñado de vecinos de la comarca que, atónitos, escuchaban aquel relato sorprendente.

Por sus expresiones, un juicio que esperaban que fuese rápido estaba a punto de enquistarse.

¿Quién decía la verdad? Ruy empezó a entender que su regreso a casa estaba cada vez más lejos.

* * *

Los monjes lo trataron con deferencia la semana que siguió.

Ruy no había vacilado en sus argumentaciones y había apelado a su honor y al de su familia.

La acusación de Galcerán era lo más comentado en Villar de Duero.

Incluso los miembros de la comunidad franciscana, que no querían valorar un tema tan delicado como una acusación de homicidio, cuchicheaban a escondidas del abad acerca del caso: existía una víctima, Esteban Galcerán, un caballero que acusaba y que exigía un reparo y un jinete que demostraba ser un hombre de honor.

Sin embargo, ninguna prueba era suficiente para acusarlo. ¿Quién decía la verdad?

Tras un nuevo interrogatorio a Ruy por parte del concejo, no hubo noticias de nadie durante varios días, y la rutina del jinete se estancó como el sol de mediodía.

Aprovechó esos días para reflexionar y para pasear por el claustro.

Por su hidalguía, a Ruy se le permitió permanecer en el monasterio, en una de las celdas, y no en el calabozo de la villa.

Se había convertido en un prisionero del concejo hasta que el jurado tomara la última palabra.

* * *

Veinte días habían transcurrido desde que jinete e infante emprendieran su travesía por Castilla hacia Villar de Duero cuando el concejo volvió a reunir a todas las partes para una última audiencia.

La villa, con un aire cargado de tensas expectativas, finalmente había tomado una decisión.

Por entonces, la historia del almogávar y el caballero de Talavera era la comidilla de los pueblos circundantes, desde Tordesillas hasta Simancas, en la ribera sur del Duero y el Pisuerga.

A pesar de su hidalguía, la mayoría de los habitantes lo veían como a un culpable; sus cicatrices y su semblante endurecido no podían sino contar historias de violencia.

No obstante, otros tantos creían que no se estaba diciendo toda la verdad y que era imposible acusar a un hombre sólo por su apariencia, con tan pocas pruebas.

Ruy, haciendo acopio de fuerzas, había llegado temprano. Pese a la ansiedad, trataba de mostrarse seguro. Apenas había dormido y no había sido capaz de comer nada de madrugada en el refectorio de los monjes, pero sí oró a Dios de rodillas en la capilla antes de ponerse en camino al consistorio.

La sesión tardó en comenzar, pues a uno de los vecinos que formaba parte del jurado se le había roto una rueda del carro que lo conducía a la villa.

La sala, abarrotada como nunca antes, vibraba de emoción; los murmullos iban creciendo en intensidad a medida que la tensión aumentaba.

Ruy se veía a sí mismo cayendo dentro de un pozo.

Los acontecimientos se precipitaban, y apenas era capaz de asimilarlos.

¿Cómo podían acabar de esta manera diez años de campaña?

Lo inundaba un sentimiento de orfandad, algo injusto, se decía, para un hombre que había actuado con rectitud frente a otros muchos que se habían aprovechado de su coyuntura.

Galcerán acudió vestido con una elegante túnica corta, calzas de lino y gorra, como en el día de su boda.

Ruy permaneció impasible cuando apareció.

Se habían visto de lejos durante todas las sesiones de los testigos, y los viejos compañeros apenas habían cruzado un par de miradas.

Sintió lástima por él. Le hubiese gustado haber arreglado aquel asunto de otra forma, pero estaba convencido de que sencillamente había hombres que no atendían a razones.