IX #2
–La primera vez que oí vuestro nombre me acordé de vuestro padre, don Ramiro.
Sabía que proveníais de una familia de honor, pero, sin conoceros, es difícil fiarse de nadie.
Sin embargo, que vinierais con una carta de la reina ha sido otra prueba más de vuestra honradez.
Creo en vuestras palabras, Ruy Castro. Que Dios perdone vuestras faltas.
Ruy entornó la mirada, con preocupación.
–¿Quién ha puesto en duda mi honra?
–No he sido yo, Ruy. Lo ha hecho el concejo de Villar de Duero.
–No lo entiendo.
–Hace unos días, llegó a la villa el caballero de la Hermandad de Talavera, Alfonso de Galcerán, y anunció a las autoridades que vendría un almogávar en compañía de un paje. Vuestra situación es grave, Ruy. Os ha acusado de la muerte de su hijo.
El abad lo miraba con un gesto cargado de pena. El jinete contestó sin vacilar:
–Me acusa de haberlo convencido esa tarde para que viniera conmigo a la granja, junto con el resto.
Pero fue Esteban quien tomó esa decisión.
Él y todos los que estaban ese día allí.
Galcerán cree que instigué a su hijo y que no le dejé elección, pero ninguno de los caballeros se negó a venir. Se habría quedado solo.
–¿No fue así?
–¡Desde luego que no! Esteban era joven, pero un muchacho de convicciones claras. Nadie lo obligó a venir. Murió con honor, y su vida tuvo sentido.
El abad se tomó un tiempo prudencial para responder.
–No he dado el aviso a la villa de vuestra llegada, porque presupongo que no tenéis intenciones de huir y que defenderéis vuestra honra. El concejo y el tribunal quiere escucharos. Tenéis derecho a defenderos.
–¿A defenderme?
–Mediante juramento. Debéis jurar ante Dios vuestra versión de lo sucedido. Pero, en caso de ser declarado culpable...
–¿Sí...?
–En caso de ser declarado culpable, Galcerán ha solicitado al concejo la custodia de vuestro paje y el cobro de cien sueldos. Y, para vos, la horca.
Ruy sonrió con ironía.
–¿Cien sueldos? ¿Es que ha perdido el juicio?
Sólo un noble podría reunir esa cantidad, es ridículo.
Además, no podemos permitir que se quede con don Fernando, porque lo llevará ante el infante Enrique de Castilla.
Galcerán es un hombre de honor, pero desconoce las confabulaciones de la corte.
Sé que vos sois un hombre fiel a la causa de la reina, Leyva; estáis de su parte.
¡Sacad a don Fernando del monasterio esta noche!
–Estoy de parte de la reina, pero el monasterio depende del concejo. Tengo las manos atadas. No puedo hacer eso.
–¿También vuestro honor está atado?
El prior encajó la pregunta como una bofetada, pero no se dejó llevar por los impulsos.
–El infante Enrique de Castilla pertenece a la casa del rey, no es un enemigo ni un hombre ajeno a la reina. Si finalmente Galcerán escolta al joven rey, no soy quién para impedirlo. Ya se ha constituido un tribunal y un jurado en la villa. No hay nada que el monasterio pueda hacer.
–El infante Enrique busca utilizar a don Fernando para hacerse con el poder. ¿Es que no lo veis? Sólo quiere echar a un lado a la reina.
–Ésa es una acusación muy grave, señor. Podría conduciros a la muerte.
–¿Creéis que no lo sé? Si Galcerán entrega al infante, significará que el plan trazado por la reina habrá fracasado y, como tal, será una muestra de que no está en disposición de ser la regente y custodia del reino. Es así de grave.
El abad se quedó unos momentos en silencio, sopesando lo que habían hablado.
–Creo, Ruy, que deberíais ahora dejar esas disputas en manos de otros señores y ocuparos de lo vuestro. ¿Contáis con algún testigo que pueda dar la cara por vos en este asunto?
Ruy desvió la vista al suelo, incrédulo.
No podía creer que estuviera inmerso en aquel litigio.
Se lamentó para sí de que, en aquella persecución, Galcerán hubiera salido victorioso.
No le había hecho falta encontrarlo. De alguna forma había descubierto el destino de Fernando, y el destino ahora unía su misión a una cuenta pendiente.
Una afrenta inexistente. Ruy casi había dado su vida por salvar a su hijo, pero eso era algo que Galcerán no estaba dispuesto a creer.
–¿Qué haréis, pues? –quiso saber el abad.
–¿Me preguntáis si estoy dispuesto a huir esta noche?
¿A dónde puede ir un hombre que ha perdido la honra?
No, no voy a huir de nadie. Siento dolor en mi corazón, no así vergüenza.
Mi nombre vale infinitamente más que mi propia vida, y no estoy dispuesto a que se hable de mí como un proscrito, y menos como un asesino.
Sólo me preocupa la vida del hijo de la reina y el destino que le espera a doña María.
El abad pareció dispuesto a ayudarlo en lo que fuera.
–¿Juraréis ante el tribunal y ante Galcerán, pues?
Ruy asintió, muy a su pesar. Sería su palabra contra la de un caballero.
Dos días después, el monasterio avisó sobre la llegada de Ruy Castro y de que éste se presentaría ante el concejo de Villar de Duero una mañana soleada.
Lo aguardaba para entonces una sala abarrotada de hombres buenos, ricoshombres y caballeros villanos; también vecinos, comerciantes y todo aquel que había oído sobre la acusación de asesinato y se interesó por ella.
El asunto había dado vida al pueblo. Lo que desconocía Ruy era que Galcerán llevaba dos semanas insistiendo en su acusación y había usado sus influencias como caballero de la Hermandad de Talavera para presionar a los miembros del concejo y a los vecinos para desequilibrar la balanza.
Porque, para Ruy, eran un tribunal y un jurado de desconocidos, pero que casi siempre solían ponerse de parte de quien acusaba. Un homicidio se pagaba con la muerte.
Por más que el abad Leyva insistiera en que fuera vestido con ropajes nuevos, Ruy decidió acudir con su loriga y su cota de malla, como solía desde su periplo desde Tarifa.
Como un sarraceno, estaba cubierto con una capucha y una toca.
Él era un caballero, un hombre de frontera.
Un veterano de la guerra. Al entrar, todas las miradas se dirigieron hacia él.
La sala estaba llena de gente, y sólo se guardó silencio cuando un miembro del concejo de la villa se puso en pie y alzó una mano.
En ese momento, Ruy vio aparecer por un lateral a Alfonso de Galcerán.
Ambos cruzaron una mirada fría antes de que el caballero tomara asiento.
–Poneos en pie –le ordenó uno de los señores.
Ruy se levantó y dio un paso hacia delante, acercándose a la mesa. El mismo hombre volvió a hablar, esta vez con la mirada puesta en un documento.
–Decid vuestro nombre para que el concejo pueda oírlo.
–Rodrigo Castro de Roda.
–Descubríos. El tribunal debe veros el rostro.
–No es un asunto agradable de ver, mi señor.
–No estáis aquí para agradar a nadie, caballero, sino para que el concejo de esta villa se haga con la verdad. Descubríos.
Ruy se echó la capucha hacia atrás lentamente, hasta que dejó a la vista las marcas de su piel bajo la toca. Se alzaron algunas voces. El hombre que estaba en pie frente a él puso mala cara y volvió a hablar para toda la sala.
–Sois hidalgo de la villa de Roda y terrateniente, ¿no es así?
–Mi familia se ha dedicado por generaciones a la cría de ovejas merinas y al comercio de lana. Poseo tierras y una casa por herencia al norte de Roda, en el camino de Castroviejo. Allí viven mi mujer y mis tres hijos.
El regidor volvió la vista a los documentos.
–Y servisteis en la casa de los señores de Montealegre y Meneses.
–Es el trato que tiene mi familia con estos señores desde antes de los tiempos de don Alfonso Téllez el Viejo, señor de Meneses, cuando Castilla y León todavía eran coronas separadas.
Mi tatarabuelo, Mendo Castro, vino del norte a criar caballos y se asentó en la Tierra de Campos.
Sus hijos se pusieron al servicio de la casa de los Téllez mucho antes de que ganaran la hidalguía.
Ruy consideró que no era necesario añadir que Téllez el Viejo era el bisabuelo de doña María de Molina, reina de Castilla, porque era un hecho sabido que aquellas tierras pertenecían a la familia de la monarca.
Guardó silencio. El concejo no le quitaba el ojo de encima.
El regidor lo miró con gravedad antes de volver a dirigirse a él.
–El caballero Alfonso de Galcerán, de la Hermandad de Talavera, os acusa del asesinato de Esteban Galcerán, su hijo. Los fueros de esta villa dictan que una afrenta tan grave sea juzgada y sentenciada con la muerte. ¿Qué decís a eso?
Se formó un silencio cauto. Todas las miradas estaban puestas en el maltrecho jinete almogávar, que, de nuevo lentamente, se llevó las manos atrás.
–Soy inocente.
Nuevamente, un murmullo. El regidor alzó una mano para pedir calma.
–¿Juráis, pues, ante Dios y todos los presentes, que no sois culpable de lo que se os acusa? ¿Juráis no haber asesinado a Esteban Galcerán?
–En juego está la salvación de vuestra alma, hidalgo. Responded con la verdad –añadió otro del tribunal en un tono de sentencia.
Ruy miró uno a uno a los hombres frente a él.
–Lo juro. Por eso he venido por mi propio pie, para defender mi honra. Sólo he matado a infieles, jamás he dado muerte a un cristiano. He sido fiel a la causa de mis reyes y me he regido según los códigos de la caballería. Soy un hombre inocente.
Sus palabras provocaron que los miembros del tribunal hablaran entre sí, formando un pequeño murmullo al que pronto se sumaron las voces de los vecinos que actuaban como jurado.
–Don Alfonso ha exigido cien sueldos y la tutela de vuestro paje, que permanece en el monasterio bajo la custodia de los monjes franciscanos, como reparación por la afrenta, además de vuestra muerte –lo informó el regidor, y luego desvió la mirada hacia Galcerán–.
Se exige que ambos presentéis a vuestros testigos.
Alfonso de Galcerán se puso en pie.
–Siete jinetes que estuvieron presentes aquel día darán testimonio por mi parte.