Alma de Castilla IX
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IX

IX

El juicio

Esa noche, en el monasterio reinaba el silencio.

La luz pálida de la luna trazaba siluetas en los pasillos de piedra mientras Ruy se dirigía a la capilla, al encuentro con el abad.

Se sentía inquieto. Muchas preguntas repicaban en su mente como ecos en la lejanía.

Antes de cruzar el pasillo central de la iglesia, descubrió que Leyva ya estaba delante de la sacristía.

La nave permanecía vacía, iluminada por dos candiles en el altar.

Los monjes se habían retirado a sus celdas.

Hacía frío y el aire olía a vela quemada.

Al verlo aparecer, el abad se dirigió a él con voz grave:

–Conocí a vuestro padre, Ramiro Castro, hace muchos años. Serio, poco dado a las palabras. Toda la vida al servicio de los señores de Montealegre. Era un hidalgo honrado, un buen hombre de armas.

–Las tierras de mi familia se hallan en la Tierra de Campos. Buenas noches, padre.

El abad hizo un gesto con la mano para invitarlo a tomar asiento en una de las banquetas de madera que había frente al altar.

–Es la tierra de nuestra reina doña María –señaló el monje.

–Mi padre sirvió como caballero en la casa de don Alfonso y de doña Mayor, los padres de la reina, durante muchos años. Luego ofreció mis servicios como paje a la señora, y fue el caballero Martín Téllez quien me acogió como escudero.

El abad entornó la mirada.

–¿Entonces siempre habéis sido fiel a la causa de la reina?

–Desde que era su caballerizo.

–¿Y creéis que su matrimonio es legítimo y que su hijo Fernando debe reinar? ¿O, por el contrario, pensáis que el verdadero rey debería ser el hijo del primogénito del rey Sabio?

A Ruy le cambió el semblante. ¿Dudaba el abad de la legitimidad del matrimonio de los reyes? ¿Qué intenciones escondían esas preguntas?

–Podéis ser franco conmigo, estamos bajo el sacramento de la confesión.

A Ruy le hizo gracia que el prior no se fuera con rodeos.

–¿Es esto una confesión?

–Si así lo deseáis, entonces sí. Sólo quiero conocer vuestra vida.

Ruy aceptó aquella forma de hospitalidad.

En el largo silencio que se produjo a continuación, se preguntó de qué manera resumir lo que sentía.

Comenzó al fin por su infancia en Montealegre; le contó de su regreso al hogar, del sentimiento de culpa por abandonar a su familia para marchar a la guerra en el sur.

Cuando el abad le pidió que le hablara de la guerra, Ruy le explicó lo que había vivido en Torregrosa y mencionó a los jinetes de la Hermandad de Talavera.

También le habló acerca de los días en los que se habían jugado la vida en la defensa de Tarifa, acerca de la soledad de los valles de Algeciras, de las carreras de los atajadores que cruzaban de torre en torre con el alma pendiendo de un hilo, siempre al acecho de partidas enemigas.

Vivían con la muerte en los talones, un peligro permanente.

Pero también lo era la lealtad hacia los reyes y, aunque había conocido al Bravo en persona y no le tuviera aprecio, no podía decirse que no hubiera sido fiel a su causa.

Se había puesto a las órdenes de su camarero mayor y había demostrado su fidelidad en numerosas ocasiones.

Su último servicio, sin ir más lejos, había sido aquel viaje de incógnito para proteger al futuro rey de las intrigas de la corte.

En definitiva, Ruy le dejó claro que él no era nadie para juzgar si los reyes eran legítimos o no, sólo podía hacer lo que estaba al alcance de su mano, y eso era ser fiel a la causa de su familia. Fiel a la reina doña María.

Cuando calló, el abad reflexionaba. Luego volvió a mirarlo y desvió la vista hacia sus cicatrices.

–¿Qué os sucedió?

–Una desgracia que aún persiste en mi corazón.

El abad volvió la mirada hacia el crucifijo en el altar.

–No deberíais cubriros ante Dios. Él, que todo lo sabe y todo lo ve, conoce vuestro rostro y lo que hay detrás.

El almogávar se quitó la capucha y la toca que lo revestía para dejar a la vista sus marcas. La luz de las velas frente a ellos creaba sombras que acentuaron más aún los relieves de su piel, que de pronto pareció una superficie mellada de cobre.

–Un día, en Torregrosa, apareció un atajador a caballo, un vigía de las torres.

Había avistado en una granja cercana a la partida de benimerines que perseguíamos desde hacía días.

Según dijo, tenían rehenes. Si salíamos en ese momento, tendríamos la posibilidad de acabar con ellos y salvar a esa gente.

El problema era que la mitad de los jinetes de la Hermandad habían acudido en auxilio a la torre del Relámpago, es decir, que contaba con menos de la mitad de la mesnada: catorce hombres a caballo.

–¿Quién iba al frente de los jinetes que marcharon a la torre del Relámpago? –se interesó el abad.

–Un caballero llamado Alfonso de Galcerán.

El abad asintió.

–¿Qué hicisteis después de que el atajador diera el aviso?

Ruy entrelazó los dedos.

–Me dirigí a los hombres de Torregrosa y pedí voluntarios para ir a aquella granja a rescatar a esos cristianos.

No podía obligar a nadie a acompañarme. Debíamos galopar por el valle, internarnos hacia Algeciras varias leguas, pero apenas había tiempo si pretendíamos que no nos cayera la noche encima. Era una misión peligrosa.

–Entonces sólo valía que fueran jinetes... ¿Cuántos fueron?

–Los catorce.

–¿Ninguno rehusó?

–Hubo discusiones. Pero todos eran hombres de honor, y finalmente decidieron acudir a la llamada de auxilio.

–Y, cuando llegasteis a la granja, ¿qué sucedió?

–Reinaba una calma extraña y a lo lejos sentimos un hedor...

, un olor fuerte y nauseabundo. Se olía desde el valle.

Ese olor provocó que los caballos se inquietaran, y eso sólo podía significar una cosa.

Cuando entramos en los cobertizos de la granja, descubrimos que habíamos llegado demasiado tarde.

–Ruy hizo una pausa y miró al suelo, y así estuvo unos momentos antes de continuar.

Bajó el tono de voz–: El enemigo había quemado a los rehenes.

Docenas de ancianos, mujeres y niños sin rostro ni piel tirados en el suelo, cadavéricos, convertidos en carne quemada, en una masa de trozos mutilados y ennegrecidos, todos apilados...

Ese olor..., esa visión... aún persiste en mi memoria.

No habíamos conseguido llegar a tiempo. Y...

fue entonces cuando sobrevino el desastre.

Ruy fue incapaz de continuar. Nunca había relatado aquel suceso en voz alta. Sus ojos estaban humedecidos de lágrimas de impotencia. El abad le apoyó una mano en el hombro y le pidió que prosiguiera.

–En ese momento... –casi tartamudeó–, nos encerraron en los cobertizos.

Nos pillaron por sorpresa. Era una emboscada.

Habían salido de detrás de los árboles, por una ladera.

Nos rodearon y nos dejaron encerrados. A continuación, prendieron fuego a la paja de los tejados para quemarnos a todos dentro.

La casa de madera en la que yo estaba se llenó de humo y ardió con rapidez, pero logramos romper con nuestras espadas una puerta de madera y pudimos escapar.

Intentábamos coger aire, pero no podíamos respirar, teníamos el pecho lleno de humo.

Fuera, la mayoría de los enemigos se batió en retirada.

Arrastramos a uno de los nuestros, que había perdido la conciencia.

Luego corrí hacia el cobertizo de los animales, que era el más grande y donde se habían metido la mayoría de los jinetes.

Allí me enfrenté a dos enemigos rezagados a los que di muerte con mi hoja.

Los reconocí: eran gentes del sur de Tánger, hombres del desierto que no tienen honor y que hacen una guerra cruenta, como los animales.

Al fin conseguí reunir a un pequeño grupo de los míos y abrimos las puertas del cobertizo, que ya ardía bajo lenguas de fuego tan altas como un pendón.

Era imposible respirar dentro. Sacamos a muchos quemándonos las manos, pegando con fuego el cuero de nuestros guantes a nuestra piel.

A otros los arrastramos hacia fuera sin saber si estaban vivos o muertos.

Entonces alguien me dijo a gritos que Esteban, el hijo de Galcerán, seguía dentro.

–Podríais haber muerto –musitó el abad.

Ruy se tomó un tiempo para la reflexión.

–En momentos así no hay tiempo para pensar en eso, un hombre actúa según sus principios más innatos.

Yo me arrojé a las llamas sin pensar, crucé el cobertizo para buscar al hijo de Galcerán.

Sentí cómo se me secaban los ojos y tuve la sensación de que iban a estallar por el calor.

Pero sólo me repetía en la cabeza que podría haber sido mi propio hijo.

Lo encontré tendido en el suelo, inconsciente.

Lo sacudí, y me quemé las manos. No se movió.

Estaba caliente como las brasas de un hogar.

Cuando comencé a arrastrarlo, una viga envuelta en fuego cayó encima de mí y perdí el conocimiento.

No supe cuánto tiempo pasó, pero desperté por culpa de un olor terrorífico.

Era mi propia carne. Me estaba quemando vivo.

Apenas podía respirar. Sabía que, si me quedaba quieto un instante más, moriría.

Desvié la vista hacia un costado y descubrí lo que quedaba de Esteban...

Su cuerpo estaba aprisionado bajo dos vigas gruesas envueltas en llamas. Estaba seguro de que había muerto.

El abad asintió, sin mirarlo, y permaneció con las manos juntas como si realizara una plegaria a Dios.

Ambos estuvieron un rato sin hablar. Ruy tuvo tiempo de rezar y pedir por el alma de Esteban, como tantas otras veces.

Al cabo, el abad Leyva alzó la mirada y contempló al caballero con seriedad.

Por su expresión, Ruy se dio cuenta de que pasaba algo. El prior habló casi en un susurro: