VIII #4
Volvieron a la celda en compañía del abad, que decidió esperar en el pasillo, frente al claustro, para llevar luego al infante a los aposentos del prior.
La tarde caía y un rayo de luz anaranjado se colaba por el ventanuco pintando el muro de la estancia.
Ruy y Fernando recordaron las docenas de veces en las que habían dormido al raso, sobre la hierba, y despertado con los primeros rayos de sol y el batir de las espigas de trigo en los campos cultivados.
Se sentaron frente a frente, en los catres, y permanecieron un momento en silencio.
A partir de ese momento, el abad Leyva se haría responsable de la custodia del niño.
Ruy carraspeó y, cuando habló, lo hizo con honestidad.
–Ellos velarán por vos para que no os falte de nada hasta la llegada de la compaña de la reina, vuestra madre.
No puedo prometer que volveremos a vernos, porque desconozco lo que pasará a partir de ahora.
Vos y vuestra familia os jugáis mucho las próximas semanas.
Sois joven, pero ya no sois un niño. Recordad lo que hemos estado hablando. Vuestra madre os necesita.
–¿Qué sucederá? ¿Os estáis despidiendo de mí?
Ruy se lo explicó detalladamente, y Fernando entendió que lo que realmente pretendía el jinete era desprenderse de él.
En el fondo, Ruy no podía negarlo. Sentía por el infante un afecto de verdad, pero habían alcanzado el final de la travesía.
Su presencia ya no era necesaria, y ahora sus caminos se separaban.
Le aguardaban unos días más de viaje para llegar a su tierra.
Le dolía abandonar a ese muchacho con el que había compartido tanto las últimas jornadas, pero estaba emocionado ante la perspectiva de volver a ver a sus hijos y reencontrarse con Muriel.
El retorno a casa estaba cada vez más cerca, y tenía un precio inesperado.
–No quiero irme con ellos. Tenéis mucho que enseñarme todavía –le dijo Fernando, suplicante–. Os lo ruego... Le pediré a mi madre que os acoja en la corte. Os dará algún título, seguro.
Ruy lo miró con ternura. Pensó que tal vez podría explicarle que eso no iba a suceder, que él no viviría en la corte y que los servicios a la reina habían llegado a su fin. Se sentía muy unido a la incertidumbre del infante.
–Creedme que estaréis bien. Los monjes cuidarán de vos. Saben quién sois, y siempre han sido fieles a la causa de vuestra familia. No necesitáis de nadie más. Esperaréis aquí a vuestro tío don Alfonso, que vendrá a por vos.
–¿Y qué pasará con mi aprendizaje? ¿Cuándo seré un caballero?
Ruy sonrió con amargura.
–Dentro de poco seréis más que eso. No necesitáis ser un caballero. Los preceptores de la corte os enseñarán a ser rey.
A Fernando se le llenaron los ojos de lágrimas.
–¡Pero yo no quiero ser rey! ¡Quiero ser un jinete, como vos!
–Fernando... –dijo Ruy, llamándolo por primera vez por su nombre–, hay veces en la vida en que no podemos elegir. Como yo ahora.
–¡No quiero que os vayáis!
Ruy permaneció en silencio mientras crecía en Fernando la rabia y la impotencia.
–¿De qué me han servido estas semanas con vos? ¡De nada! ¡Me habéis mentido! Ahora sólo queréis encontrar una excusa para alejaros de mí y de mis problemas...
Ruy contempló al infante unos momentos y se contuvo de abrazarlo.
Fernando se había echado a llorar sin consuelo.
Quiso decirle que aquellas semanas con él, en realidad, le habían devuelto la serenidad y le habían hecho recordar que era padre y que tenía una familia.
Había sentido que podía volver a amar y a enseñar.
Esos días, Ruy había sentido de nuevo que luchar por Castilla valía la pena, porque el hijo de doña María, con el tiempo, acabaría convertido en un hombre de honor. Apoyó una mano sobre su hombro.
–Miradme a los ojos. Recordad bien estas palabras: un día, alguien vendrá y os hará la promesa de convertiros en un gran rey.
Entonces deberéis tener el coraje de no caer en sus brazos.
Palabras dulces os harán creer que el camino es fácil, pero nunca lo será.
Aquel que os ofrezca un camino de rosas será el traidor que buscará hacerse con el poder.
Fernando asintió, con los ojos bañados en lágrimas, tratando de memorizar sus palabras. Ruy sabía que no tendría otra ocasión para enseñarle nada más.
–Siempre estaré a vuestro servicio, alteza.
–No soy «alteza» para vos... Soy Fernando –dijo él con un hilo de voz–. Sólo Fernando.
Ruy se levantó, ahogando también él las lágrimas, y abrió la puerta para hacer saber al monje que estaban listos.
Fernando se detuvo frente al jinete sosteniendo su fardo.
Ruy hincó una rodilla e hizo una reverencia ante su rey.
Fernando amagó torpemente con abrazarlo.
No obstante, nunca le habían dado ese tipo de afecto, no estaba habituado y, por más impulso que sintió, el dolor de la despedida se lo impidió.
Pasó por su lado, con la mirada en el suelo, hasta cruzar el umbral.
En ese momento, Ruy sintió el peso de la separación como una losa sobre su corazón.
Fernando podría haber sido su propio hijo si la vida se hubiese dado de otra manera.
La figura del niño rey, con su pequeño fardo, se grabó en su memoria.
Sabía que había hecho lo correcto, pero esa certeza no mitigaba su dolor.