VIII #3
Cuando lo vio sentado en un banco de piedra en el claustro, con el cabello húmedo y cansado hasta la extenuación, pero con una sonrisa de oreja a oreja, Ruy rememoró con total claridad los días pasados en la sierra y en el camino que iba desde Salamanca a Simancas.
Leguas enteras de reflexión. Jinete, escudero y montura fusionados con el entorno, con su silencio y su pausa. Solos en la vastedad de Castilla.
En aquellos tramos, se producía un diálogo interno en los caminantes, suficiente para que, al caer la noche, comentaran con la calma solemne que proporcionaban los llanos deshabitados los pensamientos del día.
Mirarse los pies al andar hizo a Fernando más tranquilo, más cauto.
A Ruy le sirvió para poner en orden sus asuntos: la familia, el hogar, el regreso.
Dejaron, incluso, de preocuparse por Galcerán y sus jinetes.
Descansaron en el claustro y admiraron los ropajes y la fragancia de las vestimentas limpias de monjes franciscanos.
Al caer la tarde, el monasterio recuperó la vida.
Una docena de encapuchados aparecieron y comenzaron con sus quehaceres.
Ruy y Fernando imaginaron que eran hombres que se pasaban la vida en el monasterio, al servicio de la comunidad, trabajando sus tierras.
Con seguridad, ellos también habrían sido felices viviendo allí.
Poco después, el monje que los había recibido recorrió las arcadas y se detuvo al inicio del sendero que conducía al centro del patio.
–El abad os recibirá ahora –anunció.
Ruy volvió a la celda a por la carta de la reina, y al momento fueron conducidos nuevamente al refectorio, donde los aguardaba un hombre mayor, mas no anciano.
La actitud del abad Agustín Leyva revelaba seguridad en sí mismo, a alguien que no parecía regir con severidad, pero sí con autoridad.
El hábito le quedaba holgado en la cintura; la barba y parte del cabello tonsurado aún conservaban algunos mechones oscuros.
No obstante, lo que más impresionaba a primera vista era su forma de posar la mirada sobre los demás.
Ruy había conocido a pocos hombres así. Más tarde diría que parecía más un comerciante que un hombre de Dios.
Era, sin duda, un negociador, amable en el trato, impecable en la defensa de los intereses de su comunidad.
Ruy saludó al abad con un apretón de manos y le entregó la carta.
Leyva observó los sellos de la chancillería de la reina y alzó la mirada al instante hacia el jinete, que se retiró un paso.
Tomó asiento y leyó la misiva con apremio.
Su expresión cambió. Pidió al monje que los acompañaba que cerrase la puerta del comedor.
–¿Es él? –preguntó a Ruy, refiriéndose al niño.
El almogávar asintió. Entonces el abad hincó una rodilla ante el chico.
–Alteza real –susurró–. El monasterio y su comunidad están a vuestro servicio.
Fernando echó un vistazo rápido a Ruy, confundido.
Sin embargo, éste procuró seguir el ejemplo del abad y realizó una reverencia al niño a su lado.
Fernando supo que, de alguna forma, con aquel gesto se daba por concluido el viaje de los dos compañeros.
La vida, la corte y todo lo que eso conllevaba volvería a su rutina, junto con los miedos, la responsabilidad y la desconfianza.
A continuación, el abad hizo una indicación a Ruy, y ambos se alejaron un tanto, hasta el final del refectorio, bajo el crucifijo.
–Pediré que lleven sus pertenencias a mi celda. El infante no puede dormir en el dormitorio común de los monjes. Nadie debe saber quién es.
–Ya se ha acostumbrado a dormir al raso –le explicó Ruy con naturalidad–. Agradecerá cualquier lecho que podáis ofrecerle. Puede quedarse conmigo, en mi celda, si así lo deseáis.
–Estaré más tranquilo si permanece en el dormitorio del prior. No os ofendáis, Castro. Ahora cumplo órdenes directamente de la reina, doña María.
Ruy no iba a discutir su disposición.
El abad desvió la mirada hacia Fernando que los observaba con aprensión, sin escuchar nada de lo que estaban hablando.
–Una cura de humildad... Dios tenga en su gloria a su padre, el rey Sancho –susurró antes de volver la vista hacia el jinete–. La reina ha convocado a las Cortes en Valladolid para dentro de un mes.
Ruy se sorprendió. Eso significaba que la ordenanza había salido casi a la par que ellos de Toledo.
–Según las instrucciones de esta carta –prosiguió el abad–, debo enviar a un mensajero a la compaña de la reina para informar de la llegada del infante y de que ambos estáis bien.
–Cumplid con lo que ordena la reina. Aquí concluye mi labor.
El abad Leyva entornó la mirada un momento, y a Ruy le pareció que sabía más de lo que parecía.
–¿Hay algo más de lo que queráis hablarme, caballero?
A Ruy le extrañó su pregunta.
–¿Os referís a tomar la confesión?
–Tal vez. Descansad en vuestra celda. Esta noche querré hablar con vos unas palabras. Sería prudente que comentáramos el viaje que habéis hecho.
Ruy asintió, ya convencido de que el monje guardaba algún secreto.
* * *