VIII #2
–Fue hasta la frontera acompañado de sus fieles y batalló en nombre de su rey.
A pesar de que éste lo había desterrado, el Campeador fue fiel a su causa, demostrando su virtud.
Así, cuando conquistó Valencia, el rey lo perdonó y él regresó victorioso.
Había recuperado la honra sin dejar de ser fiel a sí mismo.
Fernando le pidió que le contara más historias del Campeador hasta que cayó rendido por el cansancio.
Ruy lo cubrió con las mantas y alimentó el fuego por última vez.
Luego salió del refugio y subió a lo alto de unas rocas para contemplar el firmamento, mientras discurría en que el mundo ya no era así y, tal vez, nunca lo había sido.
«Pero, al menos, joven rey, creceréis pensando que sí es posible convertirse en un gran caballero o, si acaso, en una buena persona».
Ruy ya no temía, como en la juventud, enfrentarse a la verdad; entendía que la vida caballeresca era una utopía.
Las historias se sostenían sobre leyendas que en muchas ocasiones no eran ciertas.
Pero Ruy anhelaba creer en ellas, aunque cayera en el desánimo y en el fondo pensara que incluso el Campeador había tenido momentos de debilidad, momentos en que habría flaqueado su honorabilidad como a cualquier otro individuo.
Porque, en verdad, nadie estaba a salvo de su naturaleza.
Y esa certeza en la perdición humana le provocaba un profundo pesar.
Impregnado del perfume silvestre de tomillos y romeros, el aire susurraba historias de antiguas batallas y conquistas.
Esa tierra vieja, más allá de sus gentes y de sus reinos, estaba fuera del tiempo.
Sus sierras, testigos de atardeceres, habían visto languidecer al sol durante centurias; sus arboledas parecían silbar trovas con una cadencia singular cuyos versos ya nadie más comprendía.
Si se contemplaba en silencio, al costado del camino podía verse la piel arrugada de los olivos retorcidos y las encinas milenarias, mientras el murmullo del viento acariciaba la hierba y el crujir de las hojas bajo los pies resonaba como el eco de los rebaños que habían cruzado las cañadas desde siempre.
Castilla, con su alma deshabitada y sus vastas llanuras, era una cántiga de melancolía.
Un lugar donde el destierro y el recuerdo se entrelazaban en un cantar al pasado, donde el silencio tenía voz propia, donde la soledad era compañía y cada rincón, cada piedra de la calzada, evocaba la vida de los que habían labrado la tierra y que ahora reposaban bajo ella.
La nostalgia no era sólo un sentimiento, sino el aire mismo que se respiraba, la brisa que rozaba el rostro y el sol que se ponía tras las colinas que dejaban atrás, derramando tras de sí una estela dorada.
En la calma que envolvía estos parajes persistía la añoranza de un esplendor perdido, un eco que moraba en el canto lejano de las cigarras y en el susurro de los ríos que huían del olvido, incansables, con la esperanza de hallar días mejores en la quietud del mar.
El jinete consideraba la niñez y la juventud un tiempo de preparación para las habilidades caballerescas.
Esta práctica debía consistir en ganar fuerza y destreza, en saber manejar armas y caballos y, quizá lo más importante, en aprender el comportamiento correcto y los buenos modales.
Se llamaba «escudero» a un paje o sirviente que aún no había sido nombrado caballero y que, en general, era un simple peón de armas de origen humilde.
Para obtener tal dignidad era necesaria una enseñanza en destrezas corporales e intelectuales.
De ahí que fuera tan importante aprenderlas de un hombre honrado.
En aquel viaje, Fernando fue instruido en el galope.
Y no sólo en montar a caballo, también en sostener una espada, aunque aún no fuera capaz de blandirla como un hombre.
Ruy le enseñó cómo empuñarla y cómo poner los pies en el suelo.
Aún era demasiado pronto que iniciase el escuderaje; antes debía compartir vida con hijos de otros nobles y atesorar juegos de infancia con los que luego serían sus compañeros de armas para toda la vida.
Formar una hermandad. Sin embargo, Ruy desconocía que Fernando era en realidad un niño enfermizo y sobreprotegido que, hasta el momento, había sido incapaz de entablar amistad con ningún niño de la compaña.
Ruy se vio a sí mismo como un buen preceptor.
«Cuidaría de que los últimos años fueran dedicados a la disciplina», pensaba.
«Con armas y caballos. Comenzaría así con el aprendizaje de la defensa, primero, y luego el ataque al enemigo».
Tal vez, doña María exigiría además una instrucción en cortesía, es decir, en aquellas virtudes como la generosidad, la jovialidad, la amabilidad, la afabilidad, la moderación, la constancia y la mansedumbre, requisitos que muchos consideraban indispensables para el buen caballero.
Pero no era así para Ruy; a él le bastaba con ser moderado y constante, lo demás sólo eran habilidades propias para sobrevivir a las hipocresías de la corte.
Fernando se sentía satisfecho al cabalgar y blandir la espada, ilusionado por convertirse en un soldado.
Y Ruy enseguida vio en el carácter del niño la fuerza arrolladora de sus padres.
«Si no os abandonan a vuestra suerte, alteza, llegaréis a convertiros en un gran rey», llegó a decirse, mientras oía la risa jovial del infante perderse en la lejanía de la inmensa sierra deshabitada.
* * *
Aunque le explicaba a Fernando todas estas cosas, el jinete era consciente de que muy pocos hombres reunían las cualidades que la tradición exigía a un verdadero caballero.
Para Ruy, había ciertos menesteres más importantes que otros.
La perseverancia, el no rendirse nunca, el tener fe en el porvenir.
No siempre en la vida se venían bien dadas, y había que ser fuerte y aguantar los reveses inesperados.
Lo fácil podía ser desviarse del camino, mostrarse opaco y dejar de lado la honradez y otros valores cuando la situación se complicaba y venían las malas épocas. ¿Quién no había cometido algún traspié?
Aquellos días de soledad y frío en la sierra, Ruy se desvivió por enseñar todo esto al hijo de la reina.
Durante las largas jornadas de caminata y las tardes que pasaban junto al fuego, Fernando le pedía que le contara historias de los grandes caballeros de la cristiandad, y Ruy le narraba con detalle todas las leyendas y mitos que conocía, pese a preguntarse si serviría para algo aquel viaje o si algún día recordaría el rey Fernando que una vez hubo un jinete que quiso guiarlo a través de la buena senda y quiso hacer de él un hombre de honor.
¿Tal vez, en algún momento de su reinado, el poder acabaría por cegar la memoria de aquellos días?
El viento cálido que acompañaba la llegada del jinete y el infante anunciaba el inicio de la época estival.
Traía consigo el olor de los animales y del estiércol de una era recién arada.
Villar de Duero reposaba bajo el sol del mediodía; sus callejuelas, su plaza, su iglesia permanecían desiertas, dormidas en el tiempo.
Apostado sobre una colina, aquel puñado de casas bajas recortaba el horizonte castellano entre viñedos, rodeado por un brazo del Duero.
Un perro, echado a la sombra frente a un portal, los observó pasar sin intenciones de moverse.
Dirigieron sus pasos al monasterio para agradecer al santo el viaje sin más contratiempos que el cansancio y el hambre.
No habían vuelto a tener noticias de Galcerán desde que perdieron de vista a su mesnada en el camino de Talavera.
Después de tres semanas recorriendo rutas secundarias y senderos de pastores, concluían al fin la travesía en el claustro de piedra de los franciscanos.
Al despojarse de los fardos y de la cota de malla, Ruy sintió que se quitaba un enorme peso de encima.
En la villa, el sol estaba anclado en lo más alto y no había un solo árbol que diera buena sombra.
Dentro del monasterio, en cambio, las piedras y la losa refrescaban el ambiente.
Entre las arcadas y los pasillos abovedados, una ligera brisa invitaba al reposo y al recogimiento.
Tras dejar sus pertenencias en la celda asignada, Ruy y Fernando fueron conducidos al refectorio.
La sala estaba vacía a esas horas, y el intenso olor a madera recordaba el interior de un barril de roble.
La comunidad se hallaba en la capilla, y a lo lejos, a través del grosor de las paredes, se percibía el murmullo grave de una multitud repitiendo salmos en latín.
Desde el umbral, apreciaron una mesa larga, tallada de un único tronco.
Apenas entraba luz por los ventanucos de arriba y, en la pared del fondo, un crucifijo permanecía en la sombra.
Los monjes les sirvieron un cuenco de lentejas frías con un trozo de pan, que comieron sin hablar, hambrientos y exhaustos.
Más tarde, les ofrecieron también agua del pozo, jabón para asearse y ropa limpia.
En la celda para el aseo, infante y jinete se lavaron como dos peregrinos, dos hombres de armas, caballero y escudero, que hasta ese día lo habían compartido todo.
Hasta el silencio. Limpios y alimentados, dejaron escapar risas de felicidad.
Nada quedaba del muchacho soberbio ni del jinete desconfiado.
Durante el viaje habían tenido tiempo para conocerse y respetarse.
Fernando admiraba a Ruy por lo que era, y Ruy apreciaba a Fernando por su valor, por ser capaz de sobreponerse a una situación tan adversa como la muerte de su padre y el destierro posterior.
Un niño rey que se había convertido en vasallo de la noche a la mañana.
Un vasallo que pronto sería coronado rey ante las Cortes.
Fernando lo había conseguido, había vencido a las circunstancias.