VIII
VIII
El escudero
Los jinetes de la Hermandad de Talavera cruzaron al galope la senda de Oropesa hacia la alquería del Moral con un ímpetu atronador, encabezados por el caballero Alfonso de Galcerán.
Los cascos resonaban como los tambores de una mesnada numerosa.
Cuando su eco se perdió en la lejanía, se sobrevino el silencio de siempre, el silencio de Castilla.
Ruy salió entonces del escondite tras los árboles y fue a por Bribón, que pastaba en una era.
Fernando miró a un lado y a otro del camino.
A poca distancia, un rebaño de ovejas apacentaba el lugar.
Fernando estaba emocionado por la treta que acababan de hacer. Ruy anduvo unos pasos en dirección contraria a los caballeros de la Hermandad.
–Las liebres suelen hacer esto con los perros de caza. Siguen de largo por un sendero para dejar su olor y luego vuelven sobre sus pasos para esconderse a un lado del camino y ver pasar de largo al depredador.
La palabra «caza» trajo recuerdos desagradables al infante, que borró la sonrisa al pensar en su padre.
–Necios... –murmuró finalmente.
Ruy ayudó al niño a montar, y seguidamente lo hizo él.
–Necios, no. Pronto alcanzarán el cruce de caminos que hay más allá de la alquería del Moral, en la vieja calzada romana. Allí, Galcerán se dará cuenta de que nos ha dejado atrás. No tenemos mucho tiempo si queremos perderlos.
Ruy guio a su montura fuera del sendero, para sorpresa del infante, y pronto se alejaron al galope por una era en barbecho en dirección a la sierra.
Ante ellos se extendía un terreno ligeramente inclinado hacia arriba, salpicado de piedras blancas, árboles y bosquecillos.
Cuando llegaron a lo alto de una colina y perdieron de vista el camino de Oropesa, Ruy señaló la cadena de montañas que se erigía a lo lejos.
–Tenemos que cruzar esas montañas.
–Pero no habrá ninguna posada por allí –sostuvo el infante con preocupación–. Es todo monte.
–Los caballeros van a detenerse en cada venta y posada donde se pueda hacer morada, preguntarán por nosotros. Los caminos tradicionales no son seguros. Pero no tienes por qué preocuparte: llevamos comida para unos días y yo conozco esta ruta, no es la primera vez que la hago.
Fernando miró al jinete unos momentos y luego asintió, aceptando la aventura en la que estaba a punto de embarcarse.
* * *
Viajaron todo el día. Aquella jornada la recorrieron media a caballo y el resto a pie.
Ascendieron por aquellas interminables laderas que constituían las faldas de las montañas, cruzaron un arroyo con dificultad y tomaron un sendero que conducía a uno de los pasos de las montañas.
El sol trazaba un arco entre las nubes del cielo y la luz cambiaba la tonalidad de las cosas a medida que se acercaba la tarde.
Oyeron el canto de los pájaros y se acostumbraron a la agitación de los árboles por la brisa.
El jinete contempló al infante, que iba animado, y se dijo que tal vez aquel exilio en mitad de la naturaleza le había dado la libertad que necesitaba para sentirse dichoso.
Ruy le explicó en uno de los tramos a pie que iban a tardar tres días en cruzar la sierra, siempre y cuando no tuvieran ningún contratiempo, como la lluvia.
El sol había pasado del mediodía cuando se adentraron en un nuevo valle, entre rocas y senderos angostos.
La luz comenzaba a menguar. Antes de caer la tarde, se dedicaron a buscar algún lugar propicio para pasar la noche, y lo encontraron en el recodo de un terraplén.
Ruy echó un vistazo a su alrededor. Estaban solos.
Allí la naturaleza había creado una suerte de oquedad en la piedra que los protegería del viento.
Decidió, aun así, guarecer el refugio con unos cuantos palos cortados con su hacha de mano.
Hicieron una hoguera para cuidarse del frío, bajo un inmenso manto de estrellas.
Era una noche clara, lo que significaba que podrían salir antes del alba y aprovechar las horas de luz para recortar leguas en la sierra.
A la luz de la lumbre, abrigados, Fernando interrumpió el silencio de la noche y le habló al jinete en un susurro:
–Los conocéis, ¿verdad? A esos que nos persiguen.
Ruy alimentó el fuego con unas ramas cortadas en trozos pequeños, y las llamas crepitaron.
Pensó en los caballeros de la Hermandad y en las noches de Torregrosa, tan frías como aquélla.
Pensó en el día en el que habían ido a esa granja infernal y habían caído en la trampa de sus enemigos.
Sangre y muerte. Qué fácil era para algunos olvidar la lealtad cuando llevaban sus principios hasta el final, de manera rigurosa, siempre tan rectos, tan ejemplares.
Qué delgada era la línea que separaba a un caballero de un fanático.
–Los respeto, sí, porque una vez batallaron a mi lado –dijo Ruy.
–¿Son hombres de honor?
–Algo así.
–Entonces, ¿por qué vienen a por mí?
Ruy esbozó una ligera sonrisa cargada de ironía.
–De aquí a un tiempo, cada hombre parece haber hallado su propia definición de lo que es la honra.
–¿Y qué es para vos?
–Algunos dicen que es el aprecio que se hace a alguien por su virtud –se explicó el jinete–. Otros muchos piensan que es la fama adquirida por acometer una proeza.
Esta vez fue Fernando quien alimentó el fuego con unas ramitas.
–¿La fama que se gana por una hazaña?
Ruy entornó la mirada, y sus ojos parecieron refulgir como las llamas.
–Por supuesto que no. ¿Os importa lo que piensen los demás?
Eso es lo que creen los caballeros que se pasan la vida obligando a sus pajes y escuderos a pulir el acero de sus armaduras y a cepillar su corcel.
Para unos, la honra es fama y el honor es prestigio.
Hablan de distinción, reconocimiento. De gloria.
Como si fuera lo único a lo que debe aspirar un caballero.
Esos hombres no han entendido ni una palabra de lo que es la caballería.
–No lo entiendo –lo interrumpió Fernando, confundido–. ¿No es eso lo que busca cualquier caballero de la corte?
–La corte... –murmuró Ruy.
–Sí, ¿no es eso lo que buscan? Honor. Es lo que solían decir los hombres de armas del rey Sancho en los torneos de espadas y en las justas. La fama les daba renombre y grandeza para sus familias. El rey, mi padre, solía otorgar muchos privilegios a aquellos que ganaban en honra.
–Grandeza y renombre... Grandes palabras emanadas de corazones vulgares –susurró Ruy casi para sí.
Fernando se quedó mirándolo con la inocencia de un rapaz. Cuando le preguntó que por qué esos caballeros no lo entendían, que qué habían hecho de mal, Ruy volvió a remover las brasas antes de confesarse.
–El prestigio, la grandeza, el renombre...
, todas esas cosas no son más que el reflejo engañoso de algo que reluce, pero que no siempre es oro.
La honra no está fuera del espíritu, tampoco en las palabras de los demás.
Es algo que se lleva dentro. Vive allí, en el silencio de nuestro corazón, y al mínimo descuido puede perderse y desaparecer.
El honor es la dignidad de un caballero, es la decencia, la honestidad, todas esas virtudes que se llevan por dentro y que tienen un único juez.
Se puede engañar a la propia conciencia, pero no a Dios.
Ésa es la mayor virtud de un caballero: ser fiel a sí mismo.
Alguien que se respeta sabrá respetar, y alguien que es honrado no cometerá deshonra.
Pero los hombres de nuestra época han perdido la noción de esto...
Hace mucho que los caballeros ven el honor fuera de su corazón.
Lo reconocen únicamente a través del reflejo de la fama, del prestigio o del renombre. Es el gran engaño de nuestros días.
Ruy hizo una pausa y ambos guardaron un silencio reflexivo, parecido al que podían dejar un maestro y su aprendiz después de una lección.
Ruy pensó en sus hijos, con los que nunca había tenido una conversación, hijos a los que pronto vería y que tenían casi la edad del infante.
¿Serían personas de provecho? ¿Habría hecho Muriel de ellos unos hombres de honor?
Volvió a mirar al niño, que permanecía a su lado sin apartar la vista del fuego.
–Recordad: un hombre que haya ganado en honra y sea honesto nunca tendrá necesidad de proclamarlo a viva voz, pues su virtud hablará por sí sola a través del silencio de sus actos.
Al decir esto, se preguntó si el muchacho entendería lo que había querido expresar. La verdad era que nunca había puesto palabras a sus sentimientos.
–Parece difícil de cumplir... –murmuró Fernando al cabo de un rato.
–No temáis cometer errores en la vida. Temed no reconocerlos, no asumir vuestras faltas.
–¿Y creéis que ha habido algún caballero tan honrado que lo ha conseguido a lo largo de su vida? –preguntó el niño.
–Hubo uno al que llamaban «el Campeador».
–¿El Campeador?
–Sí, vivió hace doscientos años y cabalgó por estas tierras. Caballo, lanza y adarga, al frente de su mesnada. Se llamaba Rodrigo Díaz, otros lo llamaban Ruderico, y todos dicen que era de Vivar, de un pueblo de Burgos. Era un jinete de frontera. Un hombre de honor.
–Un jinete como vos... ¿Y qué fue lo que hizo? ¿Consiguió ganar en honra? –quiso saber el chico, inclinándose hacia el fuego para oírlo mejor.
Ruy volvió a recordar Montealegre y el exilio que se había impuesto años atrás, y pensó, de pronto, en que aquella empresa en la que estaba inmerso le serviría de algún modo para ganarse el favor de doña María y recobrar así parte de la honra perdida.
–Su rey lo desterró por culpa de unos caballeros de la corte que mintieron sobre él, mediante intrigas deshonestas. El rey los creyó, y por ellos perdió sus tierras y su honra.
–¡Pero eso es injusto!
–Muchas veces se cometen injusticias en nombre de la justicia o del honor. La corte de un rey siempre está llena de conspiradores...
Fernando se llevó las manos a la cabeza.
–¿Qué pasó después? Recuperó la honra, ¿verdad?
Ruy asintió con expresión seria.