Alma de Castilla VII #3
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VII #3

«El rey precisará de vuestro consejo, y entonces vuestra voz se oirá en toda Castilla y habrán valido la pena todos y cada uno de vuestros silencios».

Las palabras de Constanza, diez años antes, pronto habrían de convertirse en una profecía cumplida.

Después de que Sancho asesinara al conde de Haro –esposo de su hermana Juana, lo que supuso su ruptura– y a media nobleza, después de esa victoria política, María pasó a formar parte del consejo y a intervenir en los asuntos del reino.

Los hijos y la maternidad quedaron en un segundo plano para ella, pues se dio cuenta de que podía ser las dos cosas, madre y reina, y esa nueva visión cambió la perspectiva de su vida.

Con el apoyo de la Casa de la Reina en su condición de mujer, no se separó de su aya ni de su ama, quienes la ayudaron con la crianza y educación de sus hijos.

Corría el año mil doscientos noventa cuando decidió instalarse en Sevilla para asumir las responsabilidades de la campaña bélica en Andalucía.

María estaba embarazada del infante Felipe, su sexto hijo, y dictaba ordenanzas a secretarios y vasallos como lo hubiera hecho cualquier hombre.

Ya nadie en la compaña ponía en duda su papel.

Sancho, por su parte, supo ver la fuerza de su mujer.

María se había convertido en un torrente caudaloso; serena y determinada, no temía mostrarse audaz y enérgica cuando los tiempos lo requerían.

Sancho y ella comenzaron a sentir admiración por las capacidades del otro, aunque el amor por el reino, por entonces, superaba con creces al amor marital.

Ambos batallaban la misma guerra. Y, en ese enfrentamiento, la mayor arma de sus enemigos era la ilegitimidad de aquel matrimonio incestuoso entre tía y sobrino.

La grieta con la que poner fin a un reinado que consideraban ilegal.

Porque no llegaba la bula papal que acallara los rumores...

Algunos meses después, al poco tiempo de tener a Felipe, María, aun con discreción, se había convertido en una pieza indispensable para el reino.

El rey y el consejo tenían una fe ciega en ella.

Sancho era el brazo armado de la corona, líder de las mesnadas, dirigía la conquista de Tarifa a lomos de su caballo.

María era la cabeza pensante. Mano a mano con el camarero mayor del reino, Juan Mathe de Luna, las negociaciones con Aragón, con Francia, con Portugal y con toda la nobleza pasaban por ella.

No había documento que no cayera en sus manos.

Una noche, a solas con Sancho, deliberaron acerca de los peligros que suponía la imposibilidad de legitimar su matrimonio.

Aplacar ese asunto cortaría las alas a todos sus enemigos y les dejaría vía libre para centrarse en la campaña de Tarifa.

Sin embargo, por más que se planteara alternativas, Sancho no veía ninguna posibilidad de éxito.

Todas sus peticiones al Papa habían sido rotundamente rechazadas, y el ánimo del rey decaía.

Fue aquella noche, al ver la expresión abatida de Sancho, cuando la propia María se dio cuenta de cuánto había cambiado y de cómo la vida le había enseñado a influir en los eventos de su tiempo.

Miró a su rey en la soledad de la estancia, iluminado como en un claroscuro por la tenue llama de una vela.

«Dictaremos nosotros mismos el documento que precisamos», le dijo con frialdad.

Sancho se quedó perplejo. Su esposa hablaba de una falsificación.

Para María, que se había hecho a la corte y a la guerra, más allá del sacrificio del pecado que estaba dispuesta a pagar, había una estrategia política detrás de aquella decisión.

«¿Estáis segura?», le preguntó Sancho, que, en realidad, siempre tuvo menos de bravo que ella.

María entendía mejor la guerra silenciosa de secretos y conspiraciones.

«Nadie tendrá el valor de afirmar que esa bula no la ha escrito un pontífice, y mucho menos dirán que es obra de los reyes.

Es nuestra palabra y la del Papa contra la de ellos».

Aquel problema menor, que iba camino a convertirse en algo grave, iba a desaparecer de un plumazo, como quien echa tierra sobre una hoguera.

De esta forma, al año siguiente de aquella conversación secreta entre Sancho y María, se presentó ante la corte la legitimación del matrimonio real.

El papa Nicolás IV acababa de enviar la bula Proposita Nobis , y con ella quedaba zanjado el asunto del incesto.

El matrimonio era legítimo, así como la sucesión al trono.

La fortuna sonrió a los reyes de Castilla, porque el Papa fallecería al poco tiempo de su artimaña.

Nadie más hizo preguntas. Aunque la alegría les duraría poco: Sancho empezó a mostrar las primeras muestras de su enfermedad.

De regreso a sus aposentos en el alcázar de Toledo, el arzobispo llevaba un rato exponiendo su parecer, y fue él quien sacó a la reina de sus pensamientos.

–Alteza, veo ciertamente difícil contentar a todas las partes del reino.

No hay nada que pueda unirnos en la complacencia; lo que dais a unos, disgusta a otros.

Los nobles no quieren perder sus privilegios.

Las ciudades se han aliado en hermandades y reclaman privilegios para enfrentarse con la nobleza.

Cada cual apoya a un bando u otro, según les convenga.

Alteza, con el dolor que me provoca pronunciar estas palabras, os digo que convocar a las Cortes ahora puede significar vuestro final y la pérdida de la corona de vuestro hijo.

–¿Qué sugerís, excelencia?

El arzobispo dio un paso hacia su reina.

–Aguardad a los acontecimientos. Mi naturaleza prudente me exige que os aconseje que ganéis tiempo. Aún están por ver los apoyos con los que contáis. Vuestro hijo, el infante Fernando, es demasiado joven, y muchos piensan que Castilla puede sumirse en el caos por una regencia larga.

María desvió la vista hacia su hermano, interpelándolo.

–La reina debe aguardar. Cualquier movimiento prematuro puede significar perderlo todo –le aconsejó Alfonso.

María se acarició el anillo con aire pensativo. Luego se puso en pie, con decisión y unió sus manos en el regazo.

–La experiencia me ha enseñado a escuchar a mis consejeros, pero también a avanzar cuando el enemigo menos se lo espera.

Si vosotros, que decís conocerme, creéis que debo aguardar, entonces sé que aquellos que menos saben de mí pensarán que doña María hará eso mismo, de manera prudente, porque ven en mí a una mujer comedida y reflexiva.

Pero os equivocáis. En tiempos de desconcierto, se debe actuar con determinación.

Y eso es algo que nadie espera que yo haga.

Así que enviad sin demora misivas a todas las villas y ciudades, a todos los nobles, y al clero.

La decisión de esta reina es convocar a las Cortes en Valladolid dentro de sesenta días.

Que la compaña del rey comience los preparativos para nuestra partida.

En Valladolid, el reino ratificará a Fernando como rey de Castilla, y nuestros enemigos se postrarán ante nuestra voluntad, por la gracia de Dios.

Su hermano le devolvió una expresión de asombro, pero no tardó en realizar una reverencia.

El arzobispo lo acompañó en el gesto, con sincero respeto.

No estaba presente el infante Enrique, el senador, por orden de la reina, que no se fiaba de él.

El anciano, que aspiraba a ser el tutor del nuevo rey, esperaba pacientemente en el alcázar el final del duelo para intervenir en la política del reino.

Pronto llegaría el momento de confrontarlo.

La decisión de doña María significaba que iba a enfrentarse cara a cara con todos los poderes del reino en una misma sala.

Al fin, toda Castilla oiría su voz.