Alma de Castilla VII #2
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VII #2

Sancho decidió llevar a María al norte. La obsequió, como rey, con la villa de Toro, para que pasara allí una temporada, con el aire de la Tierra de Campos.

María se mostró agradecida, pero en el fondo guardaba una profunda preocupación.

Al desposarse, había perdonado todas las historias y devaneos previos de Sancho con otras mujeres, pero ¿y ahora?

¿Qué pasaría con el infante lejos, todos esos meses, hasta que tuviera a la criatura?

Sancho le juró que respetaría su compromiso, le dijo que era la palabra de un rey.

Y se marchó. María se quedó en Toro hasta que nació Isabel y le entregó la responsabilidad de la crianza a su aya, María Fernández Coronel, con la esperanza de que Sancho volviera a recibirla en su compaña con las mismas ganas que antaño.

Pero eso no fue así. La llama que había ardido con fuerza comenzaba su declive.

A partir de ese momento, María acompañó a Sancho en períodos intercalados entre un embarazo y otro.

Estuvo encinta durante una década. Tras Isabel, vendrían Fernando, Alfonso, Enrique, Pedro, Felipe y Beatriz.

Entre hijo e hijo, su marido se dedicó a batallar, a cazar, a cabalgar, a casi perder el reino con el conde de Haro, a recuperar el poder y controlar a la nobleza, a morirse prematuramente.

«Ser madre ha fundado en la corte la extraña idea de que soy una mujer tranquila y piadosa, una dama que no busca pleitos ni amenaza con conflictos», decía María a Constanza.

«Pero ¿quiénes son ellos para hacer de mí la imagen que pretenden que yo sea?

La corte y el reino intentan hallar en mí a una suerte de santa, una madre incorruptible.

Y desconocen que soy una mujer como cualquier otra, una esposa que vive desengañada de las promesas incumplidas de su marido, una madre que sufre y se desvive por el porvenir de sus hijos, una mujer que no puede hablar con sus hermanas, una hija huérfana de padres que teme a la incertidumbre del reino.

He aprendido a mentir y a callar sólo por salvaguardar la idea de Castilla...

No soy un ejemplo de nada. He parido hijos, me he sometido a mi misión y he sido silenciada por la cruel rutina de los días destinada a las damas».

Constanza, su única compañía durante esos tiempos de hiriente soledad, no estaba de acuerdo con las palabras de su reina: «Si vos no sois ejemplo de mujer y de madre, alteza, ¿quién acaso puede decir que lo sea?

La reina de Castilla es lo que todas las mujeres del reino aspiramos a ser.

Sin vos, no hay esperanza. Sois el espejo en el que mirarnos y estar seguras de que podemos asumir nuestras responsabilidades.

Y, si vos perdéis la fe, entonces todos la perdemos.

Cuando sea el momento, alteza, el rey precisará de vuestro consejo, y entonces vuestra voz se oirá en toda Castilla y habrán valido la pena todos y cada uno de vuestros silencios».

De repente, en lo alto del alcázar, la brisa amainó. Aún podía verse la sombra del jinete y de su hijo a lo lejos. Sus ojos se habían llenado de lágrimas. María tenía miedo, no estaba segura de que poseyera la fuerza necesaria para enfrentarse a lo que estaba por venir.

–Mi señora, ¿estáis bien?

María se secó el llanto y se volvió hacia su hermano.

–Es tanto y tan grande el sacrificio que hemos hecho para estar aquí que a veces me pregunto si ha valido la pena todo este esfuerzo.

Alfonso regresó a su mirada fría.

–Los reyes y las reinas no han de preguntarse cuestiones mundanas. Vuestro destino estaba en convertiros en la reina de Castilla, como nuestra abuela. Así lo ha querido Dios.

–¿Significa eso que no puedo permitirme dudar de mí misma?

–Creo que dudar de vuestro destino es dudar de la voluntad de Dios. Es su mandato que vos seáis reina, y vuestra obligación cumplirlo con devoción. Si albergáis dudas, puedo llamar a vuestro confesor.

María miró a su hermano un momento y sintió que estaba frente a un extraño.

Se dio cuenta de que desconocía por completo lo que significaba el poder y la idea de Castilla.

Si él, que era su allegado más próximo, no llegaba a comprenderlo, ¿qué quedaba para el pueblo?

, ¿y para el resto de los nobles? ¿Es que todos vivían engañados pensando que era Dios el que afrontaba los problemas y no ellos mismos?

Entonces, María tornó la mirada. Observó a Alfonso como lo habría hecho su madre, doña Mayor.

–Incluso los reyes se enfrentan a miedos y dudas, querido Alfonso. Deberíais preocuparos de un rey sin titubeos ni incertidumbres, pues aquel que sólo alberga certezas ve el mundo de un único modo. El suyo.

Su hermano permaneció en silencio, incapaz de decir nada.

La reina se encaminó hacia las escaleras de la torre.

–Reunid al consejo. Ha llegado la hora de decidir.

Alfonso hizo una reverencia y se retiró a cumplir la orden.

El mismo día en que su hijo y el almogávar partieron hacia el monasterio de Villar de Duero, María reunió a sus servidores y escribanos para redactar cartas a todas las ciudades y villas del reino.

Las jornadas de paz tras el funeral de Sancho habían servido para dirimir los asuntos más urgentes.

Más allá del consejo que pudiera obtener de sus más allegados, como su hermano Alfonso o el arzobispo de Toledo, María era consciente de que en aquel momento crucial para Castilla debía confiar en su propia experiencia.

Esa misma mañana escuchó con atención las advertencias de su compaña.

Ninguno de ellos, aparte de Constanza y de su hermano, sabían nada acerca del paradero de Fernando.

La reina acarició su anillo y permaneció en silencio, con la mirada en un punto fijo.

Tenía dos preocupaciones principales. Por un lado, el reino.

Por otro, la guerra. En Castilla no tardaría en conocerse la noticia la muerte de Sancho; por lo tanto, era primordial que la corona tomara cartas en el asunto antes de que lo hicieran otros pretendientes al trono.

Era necesario ratificar los privilegios de las ciudades y de las villas.

«La gente quiere paz y comercio», se dijo para sus adentros mientras escuchaba de fondo a uno de sus consejeros.

Lo mismo sucedía con la nobleza y el clero.

«En definitiva, es necesario convocar a las Cortes para calmar las aguas y contentar a todas las partes...

Pero ¿cómo? ¿Qué puedo hacer para que todo el mundo quede satisfecho y acepten a Fernando como rey?

». María sabía que esto último estaba sujeto al problema de la guerra.

Pocos sabían que la carta que le había entregado el almogávar, escrita por Juan Mathe de Luna, era la respuesta a un plan trazado, en parte, por ella misma. La conquista de Algeciras.

Mucho había cambiado la reina desde el embarazo de la infanta Isabel hasta su séptimo hijo.

La maternidad y ese primer retiro a Toro le habían moldeado un nuevo carácter.

No podía decirse que fuera la misma mujer que cuando dio a luz a su primera hija y aceptado sin reticencias el encierro tranquilo ofrecido por su esposo en el norte después del disgusto de Córdoba.

Sancho le había regalado la villa de Toro para su sosiego, para que no tuviera que sufrir las vicisitudes del poder regio ni los agobios que suponían los asuntos políticos.

Los hombres, a la guerra, y las mujeres, en el pueblo, en el hogar.

Pero María quería justamente lo contrario; ella aspiraba a regir.

No estaba dispuesta a ser únicamente lo que la corte o su marido quisieran para ella.

Gobernar significaba vivir sin estar seguro de nada, pensar constantemente en el futuro.

Consistía en arriesgar y, a veces, en tomar decisiones a ciegas.

Castilla contaba con demasiados enemigos, era muy difícil imaginar hacia dónde se dirigían los destinos del reino, pero la reina no estaba dispuesta a que otros decidieran por ella.

«Si Dios me ha concedido esta dignidad, afrontaré mi cometido».

Con el anillo de sus antecesoras en la mano, se prometió cambiar.