VII
VII
La reina
María subió a lo alto del alcázar para ver la silueta del jinete almogávar con su hijo recortando el horizonte castellano.
Permaneció de brazos cruzados, como una figura de piedra que desafía al gélido viento de la sierra, con su viejo broche en las manos.
Una brisa intempestiva alborotó unos mechones de su cabello, que escaparon de la crespina y de las bandas de su tocado, pero no le importó.
No pudo evitar pensar en el paso del tiempo y en lo distinta que habría sido su vida sin aquel viaje a la corte, catorce años atrás, cuando el hombre de hoy todavía era mozo convertido. Sintió batir su corazón desbocado.
Fueron horas de incertidumbre, en las que pensaba una y otra vez en el incesante transcurso del tiempo, en la muerte, en la fugacidad de la vida, en el futuro incierto de su hijo, en la delgada línea que separa lo vacilante de lo seguro.
Porque supo entonces que una persona moría poco a poco al ser derrotada por la inseguridad de lo fortuito.
«Los vivos mueren cada día», se dijo. «Vencer a la muerte es vencer la fragilidad que sentimos al darnos cuenta de que la vida puede cambiar en un instante, que nada se asienta sobre suelo firme.
Ni siquiera un reino. En cualquier momento podemos perder lo que más queremos.
Vencer a la muerte es aprender a caminar sobre una cornisa sin mirar hacia abajo, con la vista puesta en el horizonte. En lo que acontece».
Castilla era, más que nunca, una idea, un sueño efímero. Su poder invisible se sostenía de un hilo, sólo dependía de aquel jinete de aspecto sarraceno y de su lealtad a la corona, lealtad a ese anhelo, a ese sueño. El destino del infante estaba en sus manos. En cada una de sus decisiones.
Con la mirada perdida en la vastedad del paisaje, María tuvo el amargo recuerdo de una charla con su madre, en la juventud de Montealegre, antes de marchar a la corte de Sancho.
En su memoria pervivía su expresión y las manos frías cuando sostuvieron las suyas antes de hablar.
En el tono supo ver escondida una carga de reproche y constituía una orden para regresar a la senda de lo decente.
María sintió arder las mejillas por rubor ante el cauto silencio de su madre tras el discurso, y nunca pudo olvidar aquel momento en el que dejó de ser una niña por culpa de la vergüenza.
«Debéis poner fin a los paseos». Aquel bochorno, ese sofoco desconocido hasta el momento, puso en duda su decoro y deshizo cualquier atisbo de amor de los días en Montealegre con el joven caballerizo.
Doña Mayor había echado brea sobre un rosal.
Lo que en su corazón había florecido como una historia inocente pasó a ser un elemento sucio que rayaba la impudicia y la obscenidad.
Debía desprenderse de él. «Una dama no debe permanecer nunca a solas con un doncel».
La vergüenza marcaría su carácter y el devenir de los acontecimientos.
«Antojadiza es nuestra suerte... ¿Cómo pudo un hecho tan baladí determinar el destino de una vida o el de un reino entero?
». Porque María se preguntó si había sido ella la causa del exilio del jinete y, en tal caso, si él habría perdido parte de su honra; si habría él aceptado aquella misión como una forma de recuperar el honor perdido.
–¿Queréis enviar una partida de caballeros para que los escolten? –preguntó su hermano, a su espalda.
María se negó.
–Solos viajarán más ligeros.
Alfonso permaneció en silencio por unos instantes.
–¿Tanto os fiais de él?
María volvió al pasado nuevamente, a aquella tarde en la colina del mirador.
El joven doncel había permanecido allí en el tiempo, a la espera de ser nombrado caballero, inamovible en su memoria.
Había pasado toda una vida, pero María no necesitaba de la carta de Juan Mathe para saber que era un hombre de honor.
El tiempo no había hecho más que engrandecer su noble espíritu, más allá de su apariencia adolecida, un almogávar capaz de hincar la rodilla y realizar un juramento, capaz de pasar por alto las dudas indignas de la reina.
Cuántas cosas habían pasado desde que lo viera por última vez.
–Debemos confiar en él. Dios lo ha puesto en nuestro camino.
María dudaba. ¿Qué hubiese sucedido si se hubiera opuesto a ese sentimiento de vergüenza en aquellos primeros años en la corte de Sancho?
¿Dónde estaría ahora? Qué injusto era juzgarse a sí misma, tanto tiempo después, por su ingenuidad.
Pero era inevitable pensar en qué hubiera pasado si se hubiera opuesto a los deseos de su madre, si no hubiera acudido a aquel bautizo ni se hubiera hecho a la corte ni hubiera conocido a su esposo.
Tal vez habría sido la mujer que aguardaba al jinete en su hogar en ese momento, con sus hijos crecidos, añorando el regreso después de tantos años de guerra.
El mozo llenaba de recuerdos su juventud.
Nunca lo llamó por su nombre, Ruy Castro.
Siempre fue su « caballerizo», su «escolta», su «guardia».
Con crueldad, le arrancaron el velo de la inocencia, y ese hecho la marcó para siempre: «Debéis poner fin a los paseos».
El día en que el doncel le enseñó el mirador en la Tierra de Campos y le dijo que apreciaba su compañía, María llevaba grabada a fuego en la piel la marca de la vergüenza, así que disimuló con las palabras, pero fue incapaz de hacerlo con el corazón.
Supo que él lo había notado y que acababa de poner fin a aquello con lo que no podían proseguir.
La joven, por entonces, no entendía bien lo que era el amor; creía en el amor cortés, en el sentimiento poético y dilatado en el tiempo, en el caballero y la doncella que se aman perdidamente, sin ataduras, más allá de las dificultades.
Pero la sociedad y los linajes tenían sus propias reglas.
Lo del caballerizo, sin saberlo, había pasado de ser algo inofensivo a convertirse en un asunto espinoso.
–Iréis a la corte. Debéis labraros un porvenir, y eso pasa por encontrar un esposo capaz de sacar brillo a vuestro linaje –le aconsejó su madre, decidida a poner fin a cualquier devaneo de su hija con las compañías de Montealegre.
Ella misma sugeriría más tarde al caballero Martín Téllez que propusiera al joven Castro que abandonara la mesnada y que volviera a su tierra.
Así sajaría de raíz con un problema que tenía visos de terminar de forma inapropiada.
Tamizados los recuerdos en el tiempo, María se vio a sí misma manipulada.
Mucho había tenido que pasar para aplacar la personalidad cándida e ingenua que la caracterizaba en su juventud y despertar su conciencia.
El matrimonio, la maternidad, los acontecimientos en el reino, la propia corte, las luchas internas y el asunto del conde de Haro definieron su carácter.
Tras su matrimonio con Sancho, María aún conservaba parte de su ingenuidad, que se traducía en velar por el amor que había jurado, día a día, siguiendo el consejo de doña Mayor de esforzarse.
Así que acompañó a Sancho a la guerra de Andalucía.
El desconocimiento aún la privaba de la verdad.
Quiso dejarse llevar por las historias inventadas del pueblo, ésas que alimentaban su leyenda con el Bravo.
No hubo villa ni ciudad que no se maravillara con la dulce pareja, Sancho el Bravo y María, la niña del páramo, en aquel tiempo en que la relación tormentosa entre el infante y don Alfonso, su padre, marcaba la vida del reino.
En esos años convulsos, María quiso nadar en río revuelto y se adentró con inocencia en un mundo regido por la crueldad.
Sancho y ella se entregaron con pasión, y, por un tiempo, María consiguió olvidar la vergüenza de Montealegre, arrastrada por la vertiginosa vida de su esposo.
Cuando la compaña de Sancho llegó a Córdoba, María ya estaba embarazada de su primera hija, Isabel.
Ambos pensaron que podrían gobernar de este modo, yendo juntos de aquí para allá.
María, siempre al lado de su infante, como su gran apoyo.
Pero Sancho estaba rodeado de enemigos, desde los partidarios a su difunto hermano Fernando de la Cerda hasta los moros.
El reino no era un lugar seguro. Una noche, Sancho se hallaba en el sur cuando un mensajero corrió sin aliento a informarlo de que los benimerines marchaban sobre Córdoba para sitiarla y conquistarla.
Estaban a pocas jornadas. A Sancho se le cortó el aire; María lo esperaba allí, encinta, indefensa ante una horda de infieles, con la única protección de los muros de la ciudad y una pequeña guardia.
Sancho abandonó a todo su séquito en ese mismo momento y cabalgó sin descanso a galope tendido.
Deshizo veintidós leguas sin detenerse. Veintidós, sí.
Consiguió llegar la noche anterior al ataque benimerín, justo para liderar la defensa y salvar la plaza.
María se sintió culpable de que su presencia hubiera provocado una crisis en aquella ciudad, pese a que Sancho le juró que el haber estado ella en Córdoba, en realidad, había supuesto la salvación de la ciudad.
Pero lo cierto era que María no podía seguir el ritmo de vida que llevaba su marido y su mesnada.
Las mujeres servían para parir hijos, pero, en el intervalo hasta tenerlos, eran un incordio para las rutinas de los señores.