VI #6
Que utilizara una toca para cubrirse el rostro no significaba que lo hiciera por vergüenza; ante una mutilación, la gente solía pensar que era fruto de la justicia ante un crimen, por lo que era mejor evitar preguntas.
Pero las dudas de Ruy iban más allá de la apariencia. ¿Acaso lo recordaría la reina?
Habían pasado tantos años, tantos castillos, tantas gentes...
Él había sido un caballerizo más de los muchos que sirvieron en su vida.
Un reinado, un matrimonio, diez hijos y catorce años los separaban en el tiempo.
Ruy reconoció para sí que su figura no tenía ninguna importancia en la memoria de la reina.
* * *
Ni la reina ni su hermano Alfonso lo reconocieron.
Tampoco lo hizo su dueña, Constanza Salvatierra.
Ruy se sentía cansado y hambriento después tres días en los calabozos después de que el infante Enrique hubiera intentado recopilar información acerca de su misión.
Pero había llegado a Toledo bien aleccionado por Juan Mathe, y no había permitido que el tío de Sancho ni sus torturas menoscabaran su lealtad.
Llevaba la carta escondida bajo las ropas y las anillas, envuelta en un vendaje.
Sólo la sacó de allí cuando la doncella vestida de monje lo acompañó a lo largo de los oscuros corredores del alcázar hacia un lavatorio.
Entonces al fin pudo quitarse las prendas y asearse.
Limpiarse era una forma de recuperar parte de su dignidad, por eso se lo había pedido, porque, más allá de que existía una mínima posibilidad de que la reina supiera quién era, Ruy quería aproximarse al recuerdo que guardaba de sí mismo: un caballero joven y apuesto.
Aunque jamás volviera a recuperar la juventud y, mucho menos, la gracia.
Pero nada de eso importaba ya. Sancho acababa de morir.
La reina guardaba luto, envuelta en un velo de incertidumbre, y trataba, junto con sus allegados, de trazar alguna estrategia con la que ganar tiempo para salvaguardar el legado del monarca.
Se encendía otra vez la llama de los de la Cerda y de todos sus enemigos.
Unos reclamaban la corona; otros, la tutoría del niño infante.
El reino y el poder estaban en juego. La inesperada llegada del almogávar a la corte se producía en unas circunstancias cruciales para el devenir de Castilla.
– Ruy Castro –dijo ella, y él sintió vértigo al reconocer su voz.
¿Cómo podían volver a él tantos recuerdos, olores y texturas por una simple melodía?
Era la misma, pero más madura, distinta, llena de vetas y matices que sólo pueden cincelarse con el tiempo y las vivencias.
«Hermosa sois, alteza, pero ni tan siquiera mi nombre recordáis».
Doña María lucía un semblante serio esa madrugada.
Nerviosa, no dejaba de acariciarse la sortija.
Ruy rememoró el día en que, de niña, fue a enseñarle el anillo que le había entregado su madre.
La última voluntad de su padre, don Alfonso.
Vio la marca del crismón y las letras. El anillo familiar.
María lo observaba con atención mientras su hermano leía y releía la carta de Juan Mathe, Ruy casi podía oír las palabras en su mente: «caballero de probada honradez y valía, bien daría la vida por su palabra y, más aún, por un juramento que llevara su nombre ».
Hacía muchos años había jurado protegerla a ella.
«Un juramento que llevara mi nombre». Aunque no lo recordara, su palabra seguía vigente.
Haberse despojado de eso habría sido para él perder el sentido de quien era.
Sin embargo, la petición de la reina le resultó algo insólito.
Escoltar al infante Fernando al norte, a resguardo con unos monjes en un monasterio en Villar de Duero.
¿Era consciente ella de lo que se estaba jugando?
Aceptar tal cometido era, de algún modo, para él, recuperar su honra por aquel exilio impuesto hacía tantos años.
Llevado por el honor y por las palabras de Juan Mathe, Ruy hincó la rodilla a la vieja usanza y juró cumplir con su misión, aunque eso lo llevara a la muerte.
¿Por qué aceptó? ¿Acaso quiso desquitarse de su pasado?
¿Acaso sentirse útil para María, para que viera que después de todo lo necesitaba?
¿Quiso reírse del destino, que, caprichoso como nada en este mundo, devolvía a la reina a aquel joven despreciado y lo convertía en la última esperanza de su difunto esposo, el rey Bravo?
Lo mismo daban los motivos. Iba a hacer lo que tenía que hacer.
Tras recibir las instrucciones del hermano de la reina, fue conducido a través de los pasillos hacia las afueras del alcázar por una salida secreta que daba a una de las callejuelas de la ciudad.
El frío del alba le despertó los sentidos, entumecidos hasta ese momento, y una capa de bruma lo saludó a lo lejos, sobre los campos.
Ruy se reencontró con Bribón. Junto a él lo esperaba el infante Fernando, el hijo de Sancho y María, el heredero al trono de Castilla y de León.
Un crío vestido con las prendas de un rico comerciante y una expresión de miedo e incertidumbre.
Ruy contempló al niño, que le devolvió una mirada nerviosa, y pensó que ese chico tendría la misma edad que su hijo Mendo.
La reina bajó a despedirlo en compañía de su hermano y de su dueña, doña Constanza.
María hincó una rodilla y le dijo unas palabras en el oído a su hijo antes de que su hermano lo ayudase a montar.
Ruy se puso la capucha y luego cubrió al niño con su manto para el frío.
–¡Esperad!
La reina cometió la osadía de sujetar las bridas para detenerlo, una impertinencia para cualquiera que no fuera ella.
–¿Cómo puedo confiar en vos, caballero, más allá de la carta de un servidor? ¿Cómo fiarme de que vuestra lealtad protegerá a mi hijo?
Alfonso se acercó a ella para intervenir, pero la reina apartó a su hermano con delicadeza y suplicó al jinete con los ojos bañados en lágrimas, a la espera inútil de una respuesta que le diera el aliento necesario para soportar la amarga separación.
Sin decir nada, Ruy entornó la mirada y hundió la mano en su manto.
Sólo entonces, en silencio, le entregó un objeto a la reina, que lo recibió entre sus manos temblorosas con una mezcla de asombro y estupor.
El jinete tiró de las bridas, sin decir palabra alguna, y el caballo se alejó al galope.
Una sensación de vacío y fragilidad inundó a aquellos que los vieron alejarse.
Entonces María abrió la palma de su mano.
Tenía un imperdible gastado por el tiempo con la forma de una hoja.
Su viejo broche de plata.