VI #5
¿Amó a Muriel o se obligó a amarla? ¿Amó ella a Ruy o simplemente así quedó establecido?
¿Qué clase de pacto íntimo residió entre ambos?
Tal vez fueran dos supervivientes de las circunstancias, dos personas rendidas a lo disponible, que dejaron de pensar en quimeras y aceptaron la vida llanamente, sin esperar nada más, sin anhelos absurdos ni sueños inútiles.
¿Puede así construirse una vida entera? El tiempo alejaba a Ruy de Montealegre como el caminante que ve su hogar empequeñecerse en el horizonte, y así quedó relegado en su memoria.
Pronto, los días en el páramo no fueron más que un recuerdo efímero, una historia tan lejana que parecía surgida de su propia imaginación.
Su mundo ahora eran sus caballos, sus ovejas, sus eras.
Antes de marcharse con los almogávares al sur, Muriel le daría tres hijos.
Una tarde, mientras trenzaban cuerdas de paja, ella se detuvo un momento, se llevó una mano al vientre y le dijo muy tranquila: «Ya viene, id a la aldea a por la partera».
Ruy avisó a las mujeres para que la acompañaran dentro de la casa y salió al galope por el camino.
Al regresar, Muriel ya sostenía entre sus brazos a su hija recién nacida, tumbada sobre el lecho, con la expresión exhausta.
Fue una de las pocas veces que la vio sonreír.
Su hija era tan pequeña... La partera se cercioró de que todo hubiera salido bien y los atendió en lo sucesivo, pero no quiso cobrarles por más que Ruy insistiera en entregarle su pago.
–Se llamará Blanca –dijo Muriel, y la besó en la frente.
Ruy se sintió extraño. La paternidad iba a cambiar su forma de ver las cosas, de respirar el mundo.
«Nunca más veré la vida a través de mis ojos, sino a través de los de ella.
Seré su ejemplo para lo bueno y para lo malo.
Mi vida marcará irremediablemente la suya, para bien y para mal.
Seré juzgado de la misma forma que yo lo hice con mi padre».
En los años siguientes llegaron Ramiro y Mendo.
Los tres nacieron en períodos sucesivos.
Ruy los vio crecer, hacer gestos, aprender a caminar, a sonreír, a hablar.
Le sorprendía encontrar cosas de su padre, Ramiro Castro, en su forma de mirar o sonreír o en los rasgos de sus rostros.
También había trazos de los padres de Muriel en ellos.
Los niños pasaban la mayor parte del tiempo con su madre, que se mostraba atenta; a veces, también severa.
Muriel daba leche en abundancia, era una mujer fuerte y se valía por sí misma.
No podía culparla de sentirse desplazado, aunque a veces lo hiciera.
Los más pequeños requerían su atención, y, en cambio, su deber como hombre era proveer a su familia.
Empezó entonces a preguntarse cosas que nunca había imaginado, como la situación del reino que heredarían sus hijos, el estado de los campos, las tierras en barbecho...
¿A qué se dedicarían en el futuro? ¿Sería capaz de aumentar las cabezas de ganado que poseían para que cada uno se quedara con una parte para ganarse el pan?
Ruy cayó en la cuenta de que todo dependía de lo que él hiciera en los años venideros, y comprendió al fin el alivio que sintió su padre el día en el que la señora de Montealegre lo había aceptado al servicio de la casa.
En Muriel recaía la responsabilidad diaria de cada jornada: los vestía, los alimentaba, les enseñaba pequeñas labores con las que empezar a enfrentarse a la vida.
Ella aceptaba su papel, no sin resignación, pero esperaba que su marido cumpliera con la parte de ese pacto no escrito en el matrimonio, y eso significaba que Ruy debía darles a sus hijos algo más que ovejas.
Un horizonte. Títulos, tierras, renombre.
Había vivido lo suficiente como para saber que esa prosperidad no la iba a parir la tierra de sus campos ni vendría de la trashumancia; debía encontrar la manera de ofrecerles algo digno, algo con lo que también poder pagar a Muriel por el sacrificio de todos esos años.
La vida pasaría deprisa, como la de sus abuelos o la de sus padres.
¿Cuánto tiempo le quedaba, pues, antes de que se le agotaran las fuerzas?
¿Diez, quince años, siendo honestos? Su tiempo había dejado de ser enteramente suyo, ya no le pertenecía.
Ahora era un instrumento necesario para su familia.
Fueron Blanca, Ramiro y Mendo, y pudieron ser más, pero había algo de exigencia en la mirada de su esposa que empujaba a Ruy a acometer una empresa mucho mayor.
«Los hombres, a la guerra», solía decir la madre de Muriel.
Y ella parecía pensar lo mismo. Sin embargo, no eran las palabras las que definían la discusión, sino los gestos, las inflexiones de la voz, las miradas, que cargaban a Ruy de culpa.
Cierto fue que no todos los años la cosecha fue buena ni el rebaño demasiado próspero, pero no podía decirse que el jinete no se levantara de madrugada y no trabajara tierras y animales hasta la extenuación.
Nada de eso parecía ser suficiente. Muriel, descontenta, no veía con buenos ojos que su esposo contemplara las labores de las mujeres y se internara en aquel feudo reservado para ellas donde primaba lo femenino, lo maternal, lo íntimo, lo cotidiano.
La casa no era el lugar de un caballero.
Ella lo entendía como una humillación; como su padre o sus hermanos, el jinete estaba para otras cosas, lejos de sus hijos y de los trabajos triviales.
«Los hombres, a la guerra». Ruy entendió que debía irse.
Se marchó hacia el sur, hacia la frontera, en busca de un porvenir para ellos, en un exilio impuesto por las circunstancias.
Estuvo diez años sin volver. Diez años en el sur, una década entre Torregrosa y la defensa de Tarifa.
Años en los que se forjó una vida aparte y su familia no fue más que un pensamiento efímero aquellos momentos en los que se permitía reflexionar, las noches en las que no caía rendido de cansancio.
Ser padre o esposo pasó a ser para Ruy algo tan anodino como un título de caballería, insustancial.
Los imaginaba en sus tierras, en aquella venta, preparando quesos en la cueva, dando de comer a los animales, sacando agua del pozo.
A Blanca pronto habría que buscarle esposo.
Ramiro y Mendo, con once y diez años, ya debían saber cepillar a los caballos y cuidarlos.
Estaba seguro de que salían a cabalgar de vez en cuando.
Su madre se habría encargado de convertirlos en buenos jinetes.
Fue entonces cuando Ruy recibió las ordenanzas de don Juan Mathe de Luna, del cual se había ganado la confianza. Su misión: portar una carta decisiva al rey Sancho con instrucciones para el reino. La noche en la que se la entregó, apoyó una mano sobre el jinete y le habló en confidencia.
–La corte se halla en estos momentos en Toledo y el rey está muy enfermo.
Tal vez le quede menos tiempo del que desearíamos.
El reino y el legado de Sancho penden de un hilo, Ruy, pero podéis confiar en su reina doña María, que es una mujer capaz de llevar con rectitud los asuntos del reino con más diligencia que un consejo de sabios.
Hablad con ella. ¡Confiad en su voluntad! Ella os necesitará.
A Ruy le hizo gracia que su señor se diera el trabajo de explicarle quién era la reina.
Habían pasado catorce años desde el viaje a Valladolid, veinte desde que se conocieran en Montealegre.
Daba por sentado que doña María había cambiado lo suficiente como para ser otra persona.
Lo mismo que él. Bastaba sólo con verle el rostro.
¿Lo reconocería la reina? ¿Y Muriel? ¿Sabría su esposa, a su regreso al hogar, quién era el hombre de la cara marcada de horrores?
Con estas dudas e instrucciones, Ruy emprendió el viaje al norte, hacia la meseta.
Corría la primavera del año mil doscientos noventa y cinco y hacía más frío que en invierno.
Sobre la loriga, llevaba una pesada cota de malla que había ganado en Tarifa, el almófar bajo el yelmo.
Una toca le cubría el rostro, dejando a la vista únicamente sus ojos, lo que le daba un aspecto de almogávar sarraceno.
«Almogávar no es sólo aquel que saquea y se interna, sino el portador de noticias, un almug-áwir , un explorador».
Ruy sentía precisamente que eso era lo que había hecho los últimos diez años. Explorar, casi descubrirse a sí mismo.
A galope tendido, con lanza y adarga, dejó atrás el sur, el mar, las montañas y los bosques de los desfiladeros.
Ante sí, el horizonte llano de Castilla, un inmenso yermo reconquistado.
Entonces sí volvió a pensar en sus hijos, en Blanca, en Ramiro y en Mendo.
El regreso estaba cada vez más próximo a cada pueblo o posada que dejaba atrás.
¿Qué pensarían de él? ¿Qué imagen se habrían hecho?
¿Qué cosas les habría contado Muriel acerca del desconocido que era su padre y que ahora regresaba de la campaña en Andalucía?
En todas estas cosas cavilaba cuando al fin detuvo su caballo árabe al otro lado del río.
Frente a él, el lugar donde había parado la corte itinerante del rey, un corral de falsarios, de señores sin honor con grandeza de apellido y bajeza de palabra.
Toledo. Ruy estaba a punto de romper una promesa.
«¿Qué pensaréis de mí, alteza? ¿Sabréis que bajo estos cráteres y este manto mellado se esconde mi rostro? ¿O, por el contrario, esta piel de reptil os hará desconfiar de mi lealtad? ¿Serán suficientes las palabras de Juan Mathe, vuestro servidor?».