Alma de Castilla VI #4
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VI #4

El séquito de María se encaminó hacia la corte, a Valladolid.

Sus caballeros, en imponentes monturas, iban delante.

Allí presenciaron el bautizo de la hija ilegítima del infante Sancho de Castilla, y, aquella misma mañana, Ruy fue testigo del cortejo de aquel hombre que acabaría por ser coronado rey.

Sancho penetró en el alma de María con su mirada, y el joven caballero sintió que lo abrían en canal.

Estaba detrás de ella, y distinguió al instante el gesto de sorpresa de Sancho al descubrir a María, como quien encuentra una gema hermosa en el lecho de un río.

Presenció las sonrisas y los gestos dóciles de ambos, las lagunas de silencio cada vez que se cruzaban la mirada, como si alguien o algo los empujara a acometer aquella conquista innecesaria y pretendiera borrar todo vestigio de su pasado.

María alzó la cabeza con orgullo y pundonor y caminó hacia delante.

Era la oportunidad de cambiar su vida. «¿Qué importancia tenía por entonces un joven caballero?

», pensó Ruy con el tiempo, cuando cayó en la cuenta de que la dama había sido educada para lidiar con aquel preciso momento.

Todo lo anterior había sido un juego de niños.

En la corte, ella cambió. María se volvió fría, cauta, precavida.

Aprendió a moverse como le enseñaron los consejeros y aduladores que la rodeaban en todo momento, esos que la despojaron de su espontaneidad y de la frescura con la que se vestía de niña.

A Sancho el Bravo se le cruzó entre ceja y ceja aquella muchacha de los páramos, y Ruy presenció cómo sus caminos se separaban irremediablemente, porque la vida nunca avisa, simplemente cambia.

A veces de forma injusta. Su señor, Martín Téllez, que le leyó algo desagradable en los ojos, le ofreció volver a Montealegre antes que el resto de la comitiva.

Ruy aceptó su destino. Cabalgó por los caminos de los páramos en solitario, atravesando campos en barbecho tan vacíos como él.

El campo tenía un color mudo y, compadecido del joven jinete, había teñido sus hierbas de ese dolor imposible del que se siente exiliado de sí mismo.

Ya nada volvería a ser igual. Ruy había decidido partir: regresaría a su pueblo, a la tierra de sus hermanos. Después, vendría el sur. La guerra.

La tarde en la que se marchó de Montealegre dirigió a su caballo árabe hacia la colina que le había enseñado a María, aquel mirador donde ella había ahogado sus palabras.

Desmontó. El viento le rozaba el rostro como afiladas cuchillas, mecía los arbustos y pinares con un silbido incesante.

Casi podía ver a la dama junto a él oteando el horizonte, con una mano en la frente, justo antes de ocultarse y desvelarle sin palabras que jamás lo había visto de esa manera.

«Este lugar está maldito para mí». Escupió a sus pies y tuvo un pensamiento horrible.

La identidad de un caballero pendía de sus valores, de la lealtad a su señor y del amor hacia su dama, y la ruptura de esto último mermaba su entereza, su orgullo.

Ponía en tela de juicio su equilibrio como hombre.

Sancho, como pretendiente al trono, le había arrebatado a su dama. Le había bastado sólo un linaje.

Un destello metálico atrajo su atención.

En el suelo de aquel mirador, cubierto de tierra, encontró el broche perdido.

Ahí llevaba olvidado, a la intemperie, desde que ambos subieran a la colina para contemplar en silencio la tierra callada que los había visto crecer.

Ruy lo limpió con un soplido y descubrió su forma de hoja. Juró no volver nunca más.

* * *

Los años transcurrirían lejos de las disputas de Sancho el Bravo con su padre el rey Sabio y los allegados de Fernando de la Cerda.

Desde siempre, en Castilla y en León, habían existido enormes conflictos entre la nobleza, espantosas luchas de bandos y guerras intestinas que buscaban asaltar el trono, presionados por Aragón y Portugal.

El mundo era cruel. Pero todo aquello quedó lejos de la rutina de Ruy.

El caballero regresó a sus eras, a la trashumancia de sus rebaños, de cientos de cabezas de ganado, a sus caballos, a sus perros ovejeros.

Desde la lejanía de las sierras y las cañadas, supo de las historias que hablaban del rey Bravo y de su reina, la niña del páramo, una joven dama que había conquistado el belicoso corazón de Sancho de Castilla.

«Una historia digna de los grandes cantares de gesta», se decía.

Mientras el pueblo creaba un mito alrededor de sus nuevos reyes, Ruy los apartó de su memoria, porque para él eran personas de carne y hueso.

Sancho, un torpe lancero, un fanfarrón que ocupaba su tiempo en ir de caza y en comer en abundancia; María, la niña de Montealegre, la que una corte de aduladores había transformado en la reina que necesitaban.

Pero ¿acaso alguien no cambiaba? ¿Había cambiado él tanto como ellos?

«Después de marcharme tan lejos nos separó la distancia y el tiempo, y alguna vez me pregunté si la vida en Montealegre había sido verdaderamente cierta, pues poca fue la dicha y largo el olvido de aquellos días en la Tierra de Campos.

Sólo el viejo broche de una capa me decía que sí, que hubo un tiempo en el que vos y yo compartimos el mismo aire en los páramos del norte.

Un tiempo extinto, como la nieve que se deshace y corre vencida por los montes para ir a morir al río antes de perderse en la infinidad del mar.

»En la infinidad del olvido».

Poco después de su regreso, Ruy conoció a Muriel y se casó con ella.

Era la hija de un buen jinete de frontera, Mendo Velasco, y de una curtidora, Ermesinda Gutiérrez.

Muriel era una muchacha larga y esbelta, tenía la misma altura de ojos que Ruy y la mirada salvaje y rasgada de los linces de la sierra.

Vivían al oeste de Zamora, en una venta en la tierra de frontera con Portugal, en un lugar que llamaban Los Vientos.

Tal vez porque estaba acostumbrada a escuchar el silbido permanente de la brisa y había pocos pobladores, la joven hablaba muy poco.

Era parca de espíritu y de naturaleza práctica.

Sus manos ya no eran jóvenes; al contrario, ásperas como la madera sin lijar, estaban curtidas de tanto manipular el cuero y de lavar lanas y pieles en los batanes con agua de manantial tan fría que cortaba la respiración.

Ella también necesitaba de un caballero, un jinete como su padre, alguien para sostenerse en aquella sociedad de habladurías, donde el tiempo transcurría con lentitud. Muriel necesitaba un marido.

Vivieron en armonía algunos años. Ruy se llevó a su esposa a su casa, con las ovejas, los bueyes y los campos, y la presentó a sus hermanos y a sus esposas.

Fue aceptada con algunas reticencias, como no podía ser de otro modo, pues era muchacha del norte que hablaba distinto, que hacía las cosas de otra manera.

Las mujeres murmuraron e hicieron comparaciones.

Pero Muriel iba con la lección aprendida: nunca se quejó, se dejó aconsejar, aprendió a hacer las cosas como acostumbraban en la tierra de su esposo, imitó la manera de hablar de ellas.

Así se ganó su confianza, y no tardó en ser aceptada.

Y Ruy consiguió que lo miraran con benevolencia. Había escogido bien.

A veces, pensaba en María y se preguntaba si acaso ella habría soportado aquello por lo que había pasado Muriel.

El trabajo, el esfuerzo, las miradas, los roces, las habladurías.

«Desde luego que no», se decía, convencido de que su esposa era un ser extraordinario.

La hacendosa Muriel siempre estaba atareada, no permitía que hubiera tramos del día en que no tuviera nada de lo que ocuparse.

Ordeñaba a las ovejas, y un día mencionó que sabía hacer quesos, que lo había aprendido de su abuela de niña.

Entonces, pese a la desconfianza inicial, las mujeres le pidieron que las enseñara.

A partir de ese momento, en la venta de los Castro se preparó el queso de oveja.

Un día, Ruy la encontró con dos cubos enormes llenos de leche y la ayudó a cargarlos.

Cuando los dejaron en el cobertizo, Muriel se secó el sudor de la frente con la manga y contempló un momento a su marido.

«Estoy en la buena época, debéis preñarme ahora para que tengamos un hijo sano, ya se lo he preguntado a la partera», le dijo al fin con el gesto muy serio.

Así era Muriel: directa, sensata, sin ornamentos.

Ruy se esforzaba en hablar con ella, trataba de hacerla reír, a veces intentaba contarle historias, pero Muriel se molestaba con facilidad porque le traía recuerdos de sus padres y de sus abuelos.

«Esas leyendas son necedades que se les cuentan a los críos para que no vayan solos a los pinares», decía con crudeza, incapaz de disfrutar de ningún tipo de ingenio ni de una pizca de fantasía.

¿Qué imaginación iba a tener una muchacha que llevaba toda la vida trabajando de sol a sol, desde que se levantaba de madrugada hasta que, al caer la tarde, apoyaba las manos temblorosas sobre el regazo, rendida de cansancio, con llagas en las palmas?

Hacía quesos, escarmentaba la lana, aovillaba, hilaba, reparaba el hogar, cuidaba de los animales, cosía esparto para hacer utensilios.

¿Quién tenía la culpa de su falta de agudeza?

¿Era el cansancio, el dolor o el espíritu?

Ruy también faenaba hasta la extenuación, pero su mente necesitaba extenderse con las historias más allá de su tierra y de su tiempo como una sábana limpia sobre la hierba, un lugar de reposo, un bálsamo para su alma.

La vida era suficientemente dura para todos como para rendirse a la congoja y a la triste rutina de los días laboriosos.

* * *