Alma de Castilla VI #3
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VI #3

Qué jóvenes e ingenuos... Qué distinta la manera de afrontar la vida, de abordar lo que sucedía por dentro.

La vida tenía otro gusto. Con diecisiete años, Ruy anduvo con la dama, en solitario, como acostumbraban a hacer, la mañana del mismo día en que iba a ser nombrado caballero.

La noche anterior había velado sus armas en la iglesia de Meneses, siguiendo la vieja tradición.

Apenas había dormido por la angustia y el cumplimiento del deber.

Ahora ella estaba sobre la montura y él sostenía las bridas.

Algunas tardes conversaban acerca de animales, de pájaros o de historias y leyendas que conocía el todavía doncel.

Ese día, habían bajado al llano y transitaban por un sendero por cuya cuneta corría una acequia.

Los grillos e insectos se desgañitaban en el campo.

El aire peinaba las espigas, todas en la misma dirección.

–Contadme alguna de vuestras historias, caballerizo. Habladme de brujas celtas y de seres de los bosques, de esos que habitan más allá del reino de León hacia Finisterre –exigió ella.

Ruy esbozó una sonrisa, que pronto se tornó en una expresión de nostalgia.

Por fin sería alguien, aunque nada sería lo mismo.

Pronto se marcharía de Montealegre, al servicio de un gran señor, tal vez el rey Sabio.

Volvió a posar los ojos sobre los de la dama.

Ya no temía hacer eso como cuando era un niño.

–Esta tarde don Martín Téllez cambiará lo de «caballerizo» por «caballero», doña María. Haríais bien en recordarlo –le dijo él con seriedad. María jugueteaba con un broche de plata con forma de hoja. Siempre lo hacía. Era un obsequio de su abuela materna.

Ruy la condujo hasta un montículo que apenas se apreciaba desde el sendero principal, el mismo que cruzaba desde el castillo hasta Meneses.

Por el camino, le contó historias de bosques y leyendas de seres vestidos con carapuchos que vagaban por la naturaleza y que sólo las noches de luna llena podían ser avistados.

María amaba esas historias. Ni siquiera se dio cuenta de que estaban en lo alto de un mirador cuando alcanzaron la cima de la colina.

Se le cortó la respiración de la impresión que le causó la vista.

–Este mirador es un obsequio para vos.

–¡Debo enseñárselo a Constanza! –exclamó ella con emoción.

–Desde aquí puede verse toda la Tierra de Campos. Mirad hacia allí, vuestro castillo y la villa y la iglesia...

–La vista del vuelo de un pájaro... Sois muy amable, caballerizo.

Ruy había dejado de mirar el horizonte para contemplarla a ella. Cambió el timbre de su voz para dejar clara la intención de lo que quería decir:

–Aprecio mucho estos paseos con vos, doña María.

María lo miró un momento, algo seria, como si hubiese perdido el equilibrio.

Se sobrevino un cauto silencio. Cauto, porque el tono de Ruy tenía poco de infantil esta vez, y atrás habían quedado los juegos de juventud.

Ya no eran niños. Poco después surgiría una respuesta sagaz por parte de ella; una que, a Ruy, sensible a las variaciones de su voz, le hizo cambiar el semblante, porque la efusividad de su expresión había ido por otros derroteros, alejados de lo que él esperaba como réplica.

Ágil y evasiva, como aquel que huye de un movimiento de un posible desarme, María se movió veloz en su elocuencia.

Ruy llevaba un tiempo mostrándose cortés, con un único sentimiento alimentado día tras día.

El hecho de que ella no lo percibiera era tan vergonzoso como un rechazo; no hacía más que revelar la indiferencia hacia sus gestos, a sus miradas, a sus palabras, todos éstos asuntos que herían con oprobio su masculinidad.

Ruy tenía una alta estima de sí mismo, no se consideraba cualquier hombre; habría de heredar tierras y una villa, poseía cientos de cabezas de ganado y un pequeño título, estaba al servicio de los Téllez y se le auguraba un futuro próspero.

Sin ir más lejos, esa misma tarde sería nombrado caballero.

María, aunque hija de grandes señores, no habría de heredar nada de renombre.

Por parte de su padre, lo había hecho su hermanastra mayor, doña Blanca de Molina.

Por parte de su madre, heredaría el señorío de Montealegre su hermano Alfonso.

Era lícito, pues, pensar que un joven caballero pudiera ofrecer mano y patrimonio a una dama de su posición.

Pero María había bajado la vista hacia su broche, consciente de que ese día constituía el inicio del fin de algo.

Para Ruy, herido en su orgullo, fueron insondables los motivos que sellaron su corazón.

¿Qué importancia podía tener un pequeño broche de capa en la inmensidad de la historia de Castilla? Un imperdible con forma de hoja, con una fíbula afilada en el dorso, hecho de una aleación de cobre y plata.

Los días previos a la marcha de doña María a la corte para el bautismo de la hija del infante Sancho, los criados buscaron el broche en vano por todo el castillo y por las estancias, por orden de la señora.

Su pérdida apenó mucho a la dama, por su valor como reliquia familiar, pero no aplacó su entusiasmo por salir de Montealegre.

Por entonces, el castillo estaba lleno de costureras que preparaban el armario de doña María.

Los criados y donceles ultimaban el convoy que saldría para Valladolid al encuentro de la compaña del rey.

Entre los caballeros de la escolta, Ruy, al servicio de Martín Téllez.

Se afanó en buscar el broche, le hubiese gustado haber sido quien lo encontrara.

Pero no fue así. Con nostalgia, el joven se percató de que aquel viaje era también, para él, el final de algo.

* * *

María era un tesoro escondido en Montealegre, hija de una estirpe de reyes que durante mucho tiempo había permanecido en el anonimato hasta su primer viaje a la corte.

¿Fue doña Mayor, su madre, quien le explicó la realidad en ese momento y la importancia de aquel viaje para su futuro y el de su familia?

¿Cuál fue la razón de un cambio tan drástico?

Mucho tiempo después, el almogávar recordaría la travesía hacia Valladolid con dolor y desilusión, mientras la comitiva recorría las calles empedradas, con pórticos a ambos lados, llenas de talleres, comercios y posadas de dos alturas que iban hacia el palacio: «No hay peor herida que la del desengaño; la decepción de saber que somos el descarte de alguien que se cansó de nosotros al cabo de un tiempo...

Cargar, a lo largo de nuestra vida, con la certeza de que hay una persona que pensó que podría hallar algo mejor que nosotros, que ya no somos los favoritos, sin importar la magnitud de nuestro sentimiento.

La gente cambia, pero a algunos los obligan a cambiar».

Muchos habían sido los años y los veranos en los que una joven María probara los labios de aquel caballerizo como un juego inocente, en los que ambos entrelazaban los dedos y arriesgaban en intimidad acariciándose el rostro.

Contaban con catorce, quince años. Ya no eran tan niños, y esa suerte de magia primigenia con la que se empieza a descubrir el mundo los hacía vibrar como dos cuerdas de laúd.

Ruy no era tan mayor como para hacer planes de vida aún; aún creía que Dios le brindaría prosperidad, siempre que fuera un buen cristiano, así que iba a misa y, mientras oía las plegarias en latín, pensaba en sus hermanos y en el rebaño que había dejado atrás y en que pronto llegaría el verano y regresaría al pueblo.

Porque así dejaría de sentirse tan culpable por su marcha.

Ayudaría a labrar el campo con los bueyes, esquilarían las ovejas.

Cuando se lo dijo a María, ésta se entristeció.

A ella la complacía tenerlo cerca, contarle todo acerca de su familia, y él le relataba historias y leyendas que atesoraba sólo para compartírselas.

A veces preguntaba a los hombres de la guardia del castillo para que le hablaran sobre mitos de sus pueblos, y luego se los narraba a María.

A veces, simplemente se inventaba las historias.

Luego, si nadie los veía, se miraban durante horas sin decir una palabra.

«Me gusta esa línea que se dibuja junto a vuestra boca cada vez que sonreís», susurraba ella para romoper el silencio.

Ruy tenía la certeza de que tras el verano volverían a encontrarse y de que, con el tiempo, aquella dama sería su esposa.

Habían construido un sentimiento en la distancia, a la par y en silencio, y aunque se habían besado como un encuentro fortuito de dos seres, aquello que eran ambos estaba más hecho de ilusiones y de anhelos que de otra cosa. Ruy la respetaba por encima de todo.

«La línea que se dibuja junto a mi boca».

Tantas veces había rememorado esas palabras envenenadas que nunca consiguió olvidar la voz de María.

Pero aquel rasgo del que ella hablaba ya no existía en su rostro, desdibujado bajo la cicatriz, y aquella luz con la que se miraban había desaparecido del visaje de ambos hacía tiempo.

Ruy desconocía las razones por las que María eligió distanciarse de él.

Con el tiempo, le pareció más fácil defender Tarifa que escudriñar el corazón de la dama, porque, aunque los años pasaron, Ruy nunca se fue del todo de Montealegre.

A veces, durante las noches heladas en Torregrosa, en aquel bastión defensivo frente al valle que conducía a Algeciras, cerraba los ojos y podía sentir la brisa caliente del páramo y la presencia tranquilizadora de María a su lado.

* * *