Alma de Castilla VI #2
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VI #2

Esa mañana la vio montar en círculos por el patio de armas, oyó su voz y su risa, y una punzada se le clavó justo en el centro del pecho.

Ella rehuyó volver a intercambiar ninguna mirada con él, tal vez porque se había dado cuenta de que aquel niño desconocido no apartaba la vista de ella, incapaz de mirar a otra cosa.

A Ruy ella le semejaba una nueva especie de flor que jamás hubiera visto en el bosque.

Tuvieron que pasar dos años para que la joven le dirigiera la palabra por primera vez.

Por entonces, Ruy había cumplido los doce, se manejaba bien en el castillo y ya no era tan inocente como cuando había sacado a los ponis al patio.

Ahora conocía bien su trabajo, sabía cuándo permanecer en silencio y cuándo podía hablar.

Había regresado a su pueblo unos meses durante el último verano para trabajar con las ovejas junto a su familia, y eso lo había hecho crecer y ganar en fuerza y altura.

Aquel viaje, además, le había hecho ver cuánto había cambiado desde que se había ido: ya no era tan niño y sí un mozo de brazos fuertes.

Una tarde soporífera de principios de septiembre, Ruy se encontraba en los establos cepillando una yegua cuando una voz proveniente del umbral lo apartó de su letargo.

–¡Caballerizo! –lo llamó alguien con autoridad.

Tras la nube de polvo apareció ella. Había ganado casi una cabeza en altura y su voz era firme, de dama experimentada. Sus cabellos como el trigo, ahora oscurecidos, le daban un aspecto más regio.

–La señora quiere una montura en el patio ahora mismo –le dijo antes de volver a marcharse.

De esta manera apareció Ruy en el patio de armas, tirando de la yegua de la señora, un soberbio ejemplar, un caballo bellísimo y reluciente que él mismo había cepillado.

Detrás iba Félix, el otro servidor, con la escalerilla de madera.

No obstante, no fue doña Mayor la que montó, sino su hija, doña María.

La acompañaban como siempre su ama, doña María Fernández Coronel, y su doncella y amiga, Constanza Salvatierra.

–Iremos con la dama hasta el camino de Meneses y luego regresaremos dando un rodeo –dijo doña Mayor, y uno de los caballeros del castillo, atento a sus palabras, dio algunas voces para que dos hombres de armas escoltaran a las damas.

Así salieron de Montealegre y bordearon la cornisa del terraplén que rodeaba el castillo, y su foso, hasta que cruzaron el puentecillo que conducía hacia Meneses.

Siguiendo las instrucciones del maestre, Ruy había escogido a la yegua más mansa de los establos.

Pasado un rato, doña Mayor le preguntó algo a Constanza e hizo detener al mozo para que la niña montara detrás de su hija.

Félix se apresuró a colocar la escalerilla, y ambas quedaron encajadas en la silla de montar.

Atento y servicial, Ruy reanudó la marcha con parsimonia.

La yegua iba al paso, lenta, con la calma propia de los paseos estivales.

Detrás marchaban cogidas del brazo doña Mayor y el ama de las niñas.

Por delante, Ruy iba henchido de orgullo, con una mano en las bridas, dirigiendo la ruta, sintiéndose por aquel honor como un alférez de compaña que porta los emblemas del rey, o, en ese caso, a una pequeña reina.

María lo miraba de tanto en tanto, comentaba algo con su amiga, y ambas reían por lo bajo.

En aquel tiempo, el chico sólo aspiraba a criar los caballos de los señores de Montealegre, a que la señora viera en él a un muchacho mayor y dispuesto a servirla.

Le gustaba ese lugar, la Tierra de Campos, los páramos, las llanuras.

Él ya conocía de sobra todos los caminos y senderos que rodeaban el castillo.

Podía decirse que los había hecho suyos.

Se sabía cada piedra, cada árbol, cada arbusto que crecía en esos pagos.

Félix y él, junto con otros niños del castillo y de la pequeña aldea que se esparcía por los alrededores, jugaban en aquellos campos de trigo y saltaban en las acequias, se reconocían en cada colina y cada recodo de aquella llanura infinita.

Montealegre era su reino. Le bastaban sus caballos y el anhelo de ver una vez más a aquella dama a la que lo llenaba de orgullo escoltar.

Durante años ahondó en sus sentimientos para discernir lo verdadero de lo falso.

«¿Qué diferencia hay entre el amor más puro y la lealtad más virtuosa?

». Los años lo aplacaron todo y le soplaron los recuerdos de la mente como si no fueran más que cenizas.

Pero la carta de Juan Mathe de Luna y regresar a la corte en Toledo le habían hecho revivir aquellos episodios escondidos en lo más profundo de sus recuerdos.

María era su niñez y juventud; volver a Montealegre lo enfrentaba al joven de rostro claro y ardor en la sangre que había sido una vez.

Descubrir que aquella niña que no era nadie, jovial y antojadiza, había acabado siendo la reina de Castilla le había dado la vuelta a su mundo.

Quién era él o quién no iba a ser. Apuesto caballero sin identidad.

Sería un adalid en Andalucía, defensor de Tarifa. Un almogávar de frontera sin rostro.

* * *

«Caballerizo». María siempre lo llamó así.

De niños, la figura del doncel pasó a ser familiar en los juegos, en los paseos, aunque eran muy pocas las ocasiones en las que podían verse o hablar a solas.

María siempre estaba acompañada por algún preceptor o por su ama, siempre con un rosario y un libro de horas en las manos.

Una de las pocas veces que hablaron sin la presencia de otros ojos, ocurrió algunos meses después de la muerte de don Alfonso de Molina, el padre de la joven.

Doña Mayor permitió a las niñas salir a jugar fuera del castillo, sobre la colina, aunque sin asomarse al foso.

El ama se sentó en una silla de mimbre al sol y tejía lana con palillos mientras los niños correteaban.

Era una tarde primaveral, sin nubes, y un cielo enorme y despejado permitía ver hasta el horizonte. Tenían doce años.

Ruy se había sentado a la sombra de un fresno a contemplar el horizonte, y al poco rato apareció María y se sentó a su lado.

Quiso enseñarle un anillo que le había entregado su madre hacía unos pocos días.

En realidad, era un obsequio de su padre, una sortija que había pertenecido por generaciones a su familia y de la que ahora ella sería la custodia.

Hablaron mucho, mientras ella jugueteaba con la alianza en las manos. Era un cometido importante. Solemne.

–Cuando sea mayor, podré ponérmelo en el dedo –le dijo.

–Cuando eso pase, seréis la señora de Montealegre, como vuestra madre –respondió Ruy, sonriente.

–Y vos, caballerizo, ¿qué seréis? –quiso saber María.

Ruy miró otra vez al horizonte.

–Yo seré un caballero, un lancero del rey Sabio.

María sonrió dulcemente al imaginarlo con su armadura y su pendón.

–¿Me protegeréis, pues?

–Juro que daré mi vida por vos –dijo él.

Entonces ella se incorporó, antes de irse, y lo besó en la mejilla.

Aquel juramento inocente bien podría haberse perdido en la memoria de cualquier otro hombre, pero no en Ruy, cuyo amor crecía a la par que su espíritu. Procuró no olvidarlo nunca.

* * *

«¿Cuándo mi compañía se tornó una distracción comprometida para vos?

¿En qué momento desapareció mi nombre y mi recuerdo de vuestro pensamiento?

¿No erais vos, acaso, el gran baluarte de la memoria de los vuestros?

¿Dónde han quedado los días de Montealegre, la tarde en la que juntos fuimos a contemplar el horizonte?

». La voz de Ruy ahora resonaba con la promesa de ser adulto pronto.

Martín Téllez, su mentor, que además le había proporcionado un hermoso caballo, un potro de raza árabe, y una espada de acero toledano, acababa de nombrarlo caballero.

Ruy se había convertido en un muchacho apuesto.

De carácter reservado, hombre de pocas palabras, como todos los del páramo.

Era mejor jinete que lancero, pero dominaba los códigos de la nobleza y de la caballería.

De rodillas, en presencia de la pequeña corte de Montealegre, Ruy recibió su golpe de guante, la última afrenta que habría de soportar como doncel.

De allí salió caballero. Todavía quedaban algunos años para conocer a los almogávares que se lo llevarían al sur y lo convertirían en el gran jinete que estaba destinado a ser.

Pero aquel día todavía era ese joven castellano de la Tierra de Campos lleno de ilusiones y anhelos que soñaba con un amor que nunca sería correspondido.

La dama ni siquiera lo miraba. Permanecía junto a su madre, doña Mayor, recluida en su silencio.

«¿Cómo habéis podido ser tan ingenua?».

Cuando Ruy pensaba en esos tiempos, atesoraba el recuerdo de un día que se miró en un espejo y se vio a sí mismo joven y lúcido.

«Qué diferente era en aquel tiempo, casi quince años atrás.

Con la cara despejada, sin marcas en la piel ni esta barba desaliñada, con el cabello corto, vestido con ricas prendas de lino y calzas rojas, con la mirada brillante, siempre sonriente.

Me desapareció la sonrisa... La juventud regala luz y brillo al semblante.

La guerra y las penurias nos cambian la expresión del alma, la opacan, la oprimen.

Los años me han tornado tan distinto que nunca más supisteis reconocer mi rostro».