Alma de Castilla VI
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El caballerizo

El castillo dominaba las llanuras que se extendían hacia el horizonte infinito de la Tierra de Campos.

Gruesos y altos muros, con cuatro enormes torres en los vértices y una imponente torre del homenaje.

La primera vez que Ruy lo divisó fue desde un vado, cuando se detuvieron para que los caballos bebieran en un arroyo, a la sombra de unos sauces.

El niño que era por entonces elevó la vista y observó aquel bastión que le pareció diminuto en la vastedad.

Luego, a medida que el galope los acercó, la mole de piedra le encogió el corazón.

La brisa de esa tierra olía a trigales y a lavanda.

Todo parecía transcurrir según el tiempo que marca la naturaleza, en amarillo y ocre.

La luz se fundía en el aire como si de oro en polvo se tratara y el calor apaciguaba las palabras.

Ruy tenía la misma edad del infante Fernando cuando su padre, Ramiro Castro, lo llevó por primera vez al servicio del señor de Montealegre.

En las tierras de los Castro se habían quedado los hermanos y hermanas de su padre con las ovejas, la lana y el lino.

También sus hermanos mayores. Debían permanecer allí para hacer lo que siempre habían hecho desde que el mundo era mundo; es decir, pastorear un enorme rebaño en la temporada de trashumancia y luego esquilar a las ovejas merinas con sus cuchillos afilados.

Aprovecharían los largos días estivales para dejar secar la lana y obtener así un color blanco radiante.

La escarmenarían y la cardarían bajo la brisa caliente para que, después, madres e hijas confeccionaran el hilado en aquella danza ancestral que practicaban las mujeres con los ovillos, moviendo las manos como en un lenguaje arcaico, en esas tardes templadas en las que no se ocupaban de los animales y aprovechaban para contarse líos e historias.

La lana acabaría teñida de diferentes colores y tonalidades en tenerías, sería llevada a los mercados y ferias más importantes del reino, y luego viajaría a Francia o a Inglaterra, a vestir quizás a un gran señor extranjero.

Eran muchos los villanos o hidalgos que continuaban dedicando su vida a la tierra y al ganado, más que nada porque un título de baja nobleza abrillantaba un nombre, pero no rellenaba escudillas.

Muchos de esos caballeros eran pobres. Había que sacrificarse, como cualquier artesano, alfarero, ladrillero, cisquero o labriego.

«La tierra es de quien la trabaja», recordaba siempre que podía el padre de Ruy, un hombre que había pasado hambre de niño.

Con algo había que ganarse la vida. Sin embargo, debía cumplir con su deber de servir a su señor natural, como era el caso de Ramiro Castro, que estaba al servicio de los Téllez de Meneses y que esperaba que su quinto vástago, Ruy, aprendiera y sirviera a los señores como paje, criado o doncel.

Ruy era un niño atento y solitario como un zorro.

Casi nunca hablaba, pero obedecía, vaya si lo hacía.

Detestaba que le llamaran la atención o que pensaran mal de él.

Siempre tuvo conciencia del valor de su nombre porque así lo vivió desde siempre a través de sus abuelos, sus tías, primos y hermanos.

«No se han de dar motivos para estar en boca de los otros», decía su abuelo.

Aunque su padre era un hombre severo, sólo le había pegado en una única ocasión, cuando el chico se atrevió a tocar las bridas del caballo de otro señor y se había visto en la obligación de disculparse y prometer un castigo riguroso para el niño.

«Jamás se toca la brida de otro hombre».

Claro que por entonces Ruy no lo sabía, pero los caballeros castellanos eran orgullosos hasta las entrañas y cualquier cosa o impulso irracional era motivo para un desafío.

Por la honra. Por el nombre. Todo el mundo se ofendía con facilidad, no había quien no quisiera demostrar su valía con el acero y ganar en reputación y fama.

Y por esa razón los duelos se sucedían en las villas en las que sus fueros lo permitían, anunciándose a voces con un plazo de una semana durante la cual ambos contendientes no debían batallar, sino someterse a la misericordia de Dios.

Hasta el día anunciado. Toda la villa y a veces la comarca entera se enteraba del desafío.

La gente hablaba de ello como si se tratase de algo de suma importancia, algo trascendental.

Tomaban partido, elegían bandos, algunos acudían de villas a varias leguas, incluso se pedían permisos especiales al señor para poder vender mercancía, como en un mercado regular.

Los caballeros se batían en duelos poco vistosos, armados con sus cotas de malla de cuerpo entero en los que apenas podían ver nada y tenían poco movimiento.

Así que se conformaban con alzar las espadas y darse de mandoblazos amparados en su verdad y en que el juicio de Dios iba a ser benévolo con ellos.

La infancia de Ruy había transcurrido entre montes, prados y rebaños, y su niñez acabó de golpe el día que su padre lo llevó a Montealegre al servicio de los señores y lo dejó allí, abandonado a su suerte.

Jamás había visto una construcción como aquélla ni a tanta gente conglomerada en un mismo lugar.

Ruy era un niño del campo castellano; no estaba acostumbrado a las villas, sino a los tiempos de los pájaros y al viento que mecía los árboles y sacudía sus ramas como cascabeles.

En aquel castillo conocería la formalidad y el valor de la obediencia.

Casi sin palabras, se le asignó una litera y las tareas de criado.

Ramiro Castro le había enseñado el oficio de pastor, así que aún tuvo suerte, porque sabía cabalgar desde pequeño y conocía todo lo que se refería a los caballos y las monturas, y fue enviado a las caballerizas.

Obediente y obstinado, sacaba el estiércol de los establos, iba a por los fajos de paja y heno, ayudaba a ensillar y desensillar las monturas, pasaba el cepillo a los equinos, les cortaba las pezuñas.

Su padre se despidió de él cuando un caballero de la señora, Martín Téllez, lo acogió como paje al ver al niño tan esforzado.

Castro regresó a su tierra al día siguiente, y Ruy se sintió más abandonado que nunca, consciente de que ahora dependía de sí mismo para sobrevivir en el mundo.

* * *

El patio de armas de Montealegre estaba lleno de carros.

Ordenaron a los mozos, donceles y criados que sacaran con unas palas el estiércol que habían dejado los caballos y lo guardaran en sacos de esparto, pues más adelante serviría para abonar los campos.

Esa mañana hacía tanto frío que les salía vaho del esfuerzo por la boca.

En un momento dado, uno de los donceles avisó a otro con un gesto y le señaló la balconada del piso superior.

Un jirón deshilado de un estandarte azotaba el mástil con una violencia intermitente.

Allí estaba ella. Tan hermosa como un día claro en invierno.

Ruy permaneció unos momentos observándola, sólo pensando en que era una criatura demasiado bella, como un lince en la naturaleza que se asoma a otear a lo lejos.

Sus ojos perdidos en la nostalgia, el perfil de su rostro, sus manos sobre el pretil de piedra...

La dama portaba un manto de pelaje grueso para protegerse de las heladas, un collar, unos pendientes de perlas y un tocado con dos bandas y un barboquejo.

Jamás había visto nada parecido; un tocado que mantenía intacto su cabello dentro de la crespina, tan detallado que, en armonía con su cuello desnudo, emanaba distinción.

Esto último hizo recordar a Ruy a esas mujeres y mozas de su pueblo que cardaban la lana y trabajaban los telares, risueñas y esforzadas, con las pieles curtidas y arrugadas de tanto trabajar; mujeres que jamás iban a preocuparse de su aspecto ni llevarían zarcillos ni colgantes.

Esa dama pertenecía a otro reino, a un estrato distinto.

La mirada regia de la niña fue a parar al horizonte infinito de Castilla. Para cuando apareció su ama y la obligó a entrar, algo había cambiado en Ruy.

* * *

El final de su infancia se hallaba en las llanuras de los páramos, allí donde los caminos polvorientos permanecían atestados de grillos que colmaban la llanura con su estridencia, aturullados por el calor. A sus diez años, Ruy observaba a la niña desde lejos con admiración.

La primera vez que estuvo en presencia de la hija de la señora de Montealegre fue con el maestre de las caballerizas en el patio de armas.

Doña Mayor había pedido que las niñas montaran en ponis.

La tarde anterior, Ruy se había pasado varias horas con el cepillo acicalando a los animales para que estuvieran sin una mota de polvo.

Esa mañana estaban preparados, con sus sillitas de montar y sus faldones, con bridas y correas de cuero recién confeccionadas.

Doña Mayor pidió una montura para su hija, y Ruy avanzó hacia ellas tirando de un ejemplar con expresión solemne, porque, para él, se trataba de un hecho trascendental el cumplir un servicio directamente de la señora.

Habían dispuesto una pequeña escalerilla de tres escalones de madera para facilitar la monta a las niñas.

Espontáneo, Ruy tuvo el valor de ofrecer la mano hacia la dama para ayudarla a subir, pero rápidamente fue apartado por el maestre de cuadras.

Aun así, la niña intercambió por un momento la mirada con el chico, que permaneció serio y circunspecto a un lado, con la intención de demostrar que no estaba tan nervioso y que dominaba la situación, aunque en realidad se sentía humillado y avergonzado.