V #7
De madrugada, Ruy se escabulló hacia la posada en la que se habían hospedado hasta entonces para tomar prestados algunos alimentos para el viaje: legumbres, higos secos enrastrados.
Dejó sobre la mesada de las cocinas una pequeña cantidad de dinero como pago.
Al salir de nuevo al exterior, vio a dos caballeros de la Hermandad, y rápidamente se perdió de vista entre las sombras de un callejón.
Apenas pegaron ojo esa noche. Con las primeras luces del alba, casi antes de que abrieran las puertas de la ciudad, estaban listos para partir.
El jinete le pidió al chico que lo esperara escondido al inicio del Puente Viejo y corrió hacia el establo para sacar a Bribón.
No vio a nadie. Todavía no había amanecido el herrero.
Lo lamentó por él. Le debían un día entero de trabajo.
Saludó a su caballo con una caricia y ya lo sostenía de las bridas cuando oyó una voz proveniente en lo alto de las murallas, por encima de aquella herrería improvisada para la feria.
–Ruy Castro de Roda.
El almogávar alzó la mirada.
Ahí estaba su viejo amigo. Galcerán estaba montando guardia frente al puesto del herrero, y Ruy supo que se habría quedado despierto toda la noche, en espera de verlo aparecer.
–Sabía que vendríais a por Bribón.
Ruy comprobó el adarve. Galcerán estaba solo, o eso parecía.
–¿Qué queréis?
–El tiempo ha pasado... Tenemos un asunto pendiente, bien lo sabéis. Nadie puede huir de su pasado y hacer como si nada, almogávar. Creedme si os digo que yo no lo he olvidado.
Ruy no respondió. Había pasado el tiempo suficiente como para dejar atrás las viejas afrentas que no los conducían a ninguna parte. Él mismo sentía que ya había pagado suficiente con las heridas de su rostro.
–He venido a por el niño –dijo Galcerán al ver que Ruy no tenía intenciones de contestar–. Podemos hablar, como dos viejos compañeros de armas, aunque dudo de que tengáis el valor de hacerlo. Habéis demostrado sobradamente vuestra cobardía.
Ruy miró hacia un lado y luego otro, desconfiado. Así que alguien los perseguía. Se guardó el orgullo por el bien de su cometido. No podía caer en la trampa.
–Vos y yo no tenemos nada que decirnos, caballero. Id con Dios –lo despidió con sequedad.
–¿Dónde está? –La voz de Galcerán lo obligó a detenerse.
El jinete y el caballero se desafiaron con la mirada.
–No es asunto vuestro –le espetó Ruy.
–Tengo un cometido. No me detendré hasta lograrlo.
–Y yo tampoco.
Galcerán lo contempló alejarse hacia el puente. El jinete cabalgó, consciente de que aquél no sería el único encuentro con los caballeros de la Hermandad. Iban a darles caza. ¿Quién sería el más astuto? ¿Sabrían cuál sería su ruta, cuál era su destino?
Fernando había observado atento la escena desde la lejanía.
Todo había tomado un cariz mucho más oscuro.
Aquellos hombres iban a por él, lo querían secuestrar para que otros señores lo usaran en su propio beneficio.
En aquella circunstancia tan adversa, sólo contaba con el apoyo de Ruy.
Cuando éste se aproximó a él, estiró los brazos y, con impulso, subió a la montura.
El almogávar lo cubrió con un manto para que se protegiera del viento.
–Lo siento –dijo el chico de improviso.
–¿El qué sientes?
–Haberos insultado el primer día. No debí llamaros «desfigurado».
–No tiene importancia –reconoció Ruy.
El niño negó con la cabeza y giró el rostro para mirarlo.
–Quiero aprender de vos –dijo.
Ruy se detuvo un instante y entornó la mirada.
–¿Cómo decís?
La voz de Fernando parecía otra, dotada de un peso y un timbre distintos.
–Quiero que me enseñéis el arte de la espada.
Quiero ser un caballero como vos. Quiero saber montar y aprender a enfrentarme a mis enemigos, pues eso es más importante que todas las lecciones que puedan darme los preceptores en la corte.
Esos hombres vienen a por mí, ¿verdad? ¿Vais a enseñarme a sobrevivir como un almogávar? ¿Vais a ayudarme?
Ruy permaneció un momento en silencio. Aquella petición significaba tantas cosas...
Mendo debía tener la misma edad de Fernando en ese momento.
¿Sabría quién era él, su padre? ¿Podría, acaso, reconocerlo?
El camino de la caballería era algo más que simplemente saber montar y blandir una lanza.
Se sustentaba en unos valores y una responsabilidad frente a uno mismo.
Pensar en su hijo pronunciando esas mismas palabras le hizo sentir una punzada en el corazón.
–Convertirse en escudero es un compromiso, día y noche, para toda la vida. No lo aceptaría si no viera en vos la humildad y la fuerza necesarias para serlo. ¿Realmente estáis dispuesto a tal sacrificio?
El joven rey apretó los labios y asintió.
De pronto, había dejado de ser un niño y se había convertido en un muchacho.
Algo grande había cambiado en él, como si hubiera alterado el cauce de su río.
Se sujetó con fuerza a la silla del caballo, y Ruy tomó las bridas y azuzó a Bribón.
A lo lejos, los caballeros de la Hermandad dieron voces, al tiempo que ensillaban sus monturas, como una hueste que se preparaba para la guerra. Para la inevitable persecución.