V #6
Seis meses antes, aquel hombre de mirada calma había hecho su aparición en el sur con treinta caballeros de armas pertenecientes a la Hermandad de Talavera.
Se habían alistado a las órdenes del rey Bravo y la reina María para la campaña del Estrecho.
Ruy, como muchos otros, tuvo sus dudas por primera vez al verlos allí, en Torregrosa.
Una partida tan grande de caballeros significaba roces, orgullo, mala convivencia, problemas de jerarquía y de mando en la mesnada.
Sin embargo, Alfonso de Galcerán era capaz de convencer a los demás con su templanza y su don de gentes, de esas personas cuya risa generaba confianza.
A Ruy le sorprendió que fuera tan listo como un abad; un hombre lúcido que sabía manejar el orgullo de sus hombres como un buen jinete que conoce la doma de caballos: les hablaba con autoridad, pero con respeto, y nunca elevaba el tono de voz.
¿Cómo no iban a respetarlo? Con el tiempo, Ruy supo que su padre lo obligaba a leer libros y cantares de gestas, y que su familia poseía un estribo en su blasón.
Sus caballeros confiaban en él porque era honesto y porque para él el credo de su hermandad lo era todo, siempre por delante de cualquier beneficio personal.
Galcerán creía en lo que hacía. La Hermandad de Talavera había llegado al Estrecho con ganas de demostrar su valía.
Y, en silencio, lo hizo. Y Ruy no tardó en descubrir a un hombre de profundas convicciones religiosas, de una moral intachable, un buen compañero con quien compartir el aislamiento que acarreaba la autoridad.
Abrieron la cerca de la torre, y el atajador entró al galope.
Se trataba de uno de aquellos jinetes que cabalgaban de puesto en puesto para dar información.
Solían ser muchachos delgaduchos, buenos jinetes, capaces de recordar un mensaje y que dormían y comían poco.
El mozo alzó la voz antes de desmontar siquiera:
–¡Se ha avistado una partida de benimerines al norte del valle, en lo alto de los miradores! –gritó para que lo oyeran.
Galcerán, en pie, dio una orden a sus caballeros con la mano. Eso fue suficiente. Ruy, adalid de los jinetes, fue a preparar a su montura para acudir con ellos en primer lugar.
* * *
La treintena de caballos resonaron al unísono por las montañas del Estrecho en busca de la partida de benimerines.
Galcerán alzó la mirada, con una mano a modo de visera, y se maravilló al contemplar el horizonte hasta el mar.
No era para menos. La magnificencia de Tarifa recortando el amanecer de Castilla colmaba su alma de caballero cristiano.
–Mirad cómo se yergue hermosa la ciudadela, como una gran señora que alza el pendón frente a Algeciras y señala el camino a su hueste hacia la victoria. La victoria cristiana.
Su hijo Esteban, uno de sus jinetes, se vio inundado de valor ante estas palabras.
A Ruy le parecía un muchacho honrado que tenía miedo, como muchos allí, para qué negarlo, pero que estaba dispuesto a demostrar su valía por encima de sus temores.
No debía de tener más de diecisiete años.
En el camino hacia los miradores, Galcerán y Ruy le hablaron a Esteban acerca de las victorias del rey Sancho y de la última campaña.
Los Galcerán eran, sin duda, una estirpe de jinetes que se remontaba a los tiempos del rey Alfonso VI, allá por 1085.
Desde temprana edad, habían oído las historias de un primer Galcerán que había estado presente en la derrota de Al-Qádir y en la reconquista de Toledo, del mismo modo que un miembro de la familia había batallado en las Navas de Tolosa, en 1212.
Doscientos años de oficio con las armas, al servicio de los reyes de Castilla.
Y ahora Galcerán y su hijo eran el presente y el futuro de la familia.
Ruy sentía admiración por el primero, y también admiraba su modo de ejercer de padre.
Él recordaba al suyo siempre con el semblante serio, hombre esforzado y trabajador que nunca tuvo el tiempo suficiente para compartir nada con él ni con sus hermanos, mucho menos una chanza o un consejo afectuoso.
Esteban tenía los ojos oscuros de su madre, doña Blanca.
Una noche, el caballero le contó a Ruy que ella era la quinta hija de un noble y que no había dudado en desposarla al poco tiempo de conocerla.
Blanca Díaz era una muchacha castellana, tímida como la cría de un ciervo, pero juntos, con la ayuda del tiempo y de las circunstancias, habían aprendido a amarse y a respetarse, y pronto se había convertido en la gran dama de su casa.
Diecisiete años habían transcurrido, y desde aquel día, doña Blanca le había brindado a Galcerán un hijo primogénito y siete hijas.
–Siempre es más fácil fiaros de un hombre con familia –le decía Galcerán a Ruy, sonriente–. Un sujeto con ocho criaturas que mantener no tiene tiempo para conspiraciones ni historias. Está obligado a portar riqueza en el hogar. Son muchas las bocas que alimentar.
Ruy le respondía que bastaba con acercarse a la corte para ver a nobles con familia cuyo único oficio era formar corrillos y tramas políticas en función de sus intereses. Pero Galcerán nunca caía en su juego y acababa por acallarlo con un gesto sonriente.
* * *
–Sois la autoridad en Torregrosa. ¿Qué ordenáis?
Las palabras y el tono de Galcerán hacia Ruy estaban cargados de responsabilidad.
Él y sus jinetes de la Hermandad confiaban ciegamente en el almogávar.
Habían cabalgado tres días por la serranía hasta hallar una aldea saqueada y quemada por los moros.
A lo lejos apenas se veía una especie de enorme mancha oscura a las faldas de una ladera.
Los cuerpos carbonizados habían quedado esparcidos por el camino y por la plaza.
El paisaje era desolador. La evidente violencia del relato indicaba que aquel ataque enemigo había sido diferente a los anteriores.
–Quizá, hombres del sultán de Tánger, gentes del desierto –murmuró Ruy.
Esteban dio una voz de alerta.
–¡Mirad! ¡Al este!
Había avistado a la partida de benimerines en la lejanía, en uno de los valles al norte de Algeciras. Iban a caballo, se movían con rapidez. Algo más cerca, una granja. «La dichosa granja».
Ruy discutió unos momentos con Galcerán.
Luego se acercó el joven Esteban, a quien su padre miraba con anhelo porque aprendiera lo que era la responsabilidad del mando.
Los tres echaron un vistazo al horizonte, como trazando todas las posibilidades.
Estaban lejos de la granja y mucho más del valle donde habían visto a sus enemigos cabalgar.
Ruy estaba dispuesto a arriesgarse más allá de esas colinas, pero Galcerán le aconsejó que no lo hiciera.
Demasiado lejos. Y era cierto. Tras considerar sus palabras, Ruy ordenó regresar a la torre almenara, sin saber que su destino estaba ligado a esa granja, donde más adelante todos hallarían el infierno.
* * *
Esa noche en Talavera, casi dos años después de aquellos sucesos, Ruy recordaba con amargura sus días en Torregrosa y la tarde en la que Esteban había avistado la granja.
No quería huir de Galcerán, no tenía por qué hacerlo.
No temía mirar a su pasado a la cara. Pero su deber ante la reina quedaba por encima de todo, y el destino de Fernando estaba en juego.
Eso significaba no dejarse ver, pasar desapercibidos y alcanzar el norte sin demora.
Se preguntó qué querría Galcerán de él. ¿Remover el pasado?
¿O su presencia allí tendría que ver con Fernando?
Se preguntó entonces quién podría haber pedido los servicios de Galcerán y de la Hermandad de Talavera.
Sólo había una persona que anhelara tanto hacerse con la custodia de Fernando y, por tanto, con la regencia: el infante Enrique, ese infame anciano tan ansiado de poder.
Ruy y Fernando se internaron en la ciudad y se perdieron entre las callejuelas de Talavera.
–Es posible que esos caballeros sean una amenaza para vos.
Fernando miró al jinete sin comprender del todo lo que había querido decir.
–Buscan usaros como una moneda de cambio en la corte, para que otros hombres colmen sus ansias de poder.
–¿Y quién los envía?
Ruy negó con un gesto.
–No lo sé, pero no estoy dispuesto a poneros en peligro, y os defenderé con mi vida si hiciera falta.
El infante aún tenía reciente el suceso de los ladrones de ovejas, lo que lo posicionaba del lado del almogávar.
–¿Confiáis en mí? –le preguntó Ruy, y la expresión del niño reflejó un profundo convencimiento.
Encontraron refugio en una iglesia.