Alma de Castilla V #5
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V #5

–Cualquiera está deseoso de ganarse una moneda sólo por abrir la boca. En la corte, los enemigos de la reina tienen espías por todo el reino.

El infante se mantuvo en silencio durante unos instantes.

–Los espías deben morir... –repitió luego Fernando como para sí.

–Todos los espías deberían morir, desde luego.

Se formó un silencio cauto, mientras cada uno asimilaba su situación y las circunstancias.

Al ver que la actitud del niño cambiaba, Ruy se sorprendió de su capacidad para aceptar aquel exilio impuesto por unas circunstancias dolorosas.

«No hay hombre en esta vida al que no le haya sucedido antes; perder la niñez de un día para otro.

Así, sin más. Porque la infancia se separa a golpes, como el lino.

Basta un instante, un solo momento, en el que se es consciente, por primera vez, de estar ante un problema propio.

Nadie lo hará en nuestro lugar. La crudeza de madurar por imposición.

Porque, al igual que la lana que pasa por la carda y se convierte dolorosamente en hilo, un infante se vuelve hombre después de escarmentado».

De repente, se sintió reflejado en la soledad y el sufrimiento de aquel muchacho que, con angustia, dejaba atrás su cándida inocencia.

Los niños correteaban por la ladera y bajaban a la orilla del río a tirar piedras.

Un coro de gritos y risas provocó el vuelo de una bandada de pájaros sobre las copas de los árboles de la ribera.

Algunos jugaban a salpicarse barro y otros luchaban con palos, como caballeros de alguna orden militar de un reino inventado.

Las niñas solían hacer rondas, siempre de las manitas; giraban en círculos y se detenían de improviso, al tiempo que estallaban en risas.

Muchos hombres y mujeres habían hecho esos juegos en la infancia.

Los niños jugaban siempre que podían, incluso sin conocerse.

El cielo exhibía un hermoso atardecer anaranjado cuando Ruy vació un cubo de desechos en el río.

A su regreso, observó que unos críos hablaban con Fernando, que lo esperaba en lo alto de la ladera.

El infante cuidaba de un carro de paja limpia.

En cuanto llegó a su lado, los chicos bajaron de vuelta para jugar con unos palos.

«¿Qué querían?», quiso saber el almogávar.

Fernando los miró a lo lejos sin responder y se dispuso a ayudar a Ruy a tirar del carro.

Durante un momento, su rostro pareció el de un chico mayor; estaba agotado, con la cara, las manos y los brazos llenos de tierra y pequeñas heridas, como un labriego.

Habían trabajado durante dos días sin descanso, como toda la gente de la feria, y el chico había demostrado que era capaz de hacer esfuerzos físicos más allá de su condición de noble.

De rey. Desde que habían hablado, el infante no se había quejado ni una sola vez de su situación.

–Podéis ir a jugar con ellos si queréis –le dijo Ruy.

Fernando desvió la vista hacia el grupo.

–Pero no sé quiénes son.

–¿Acaso importa? –le preguntó, sonriente–. Si vais, lo sabréis. Así es como se ha hecho toda la vida.

El infante volvió a mirarlos, vacilante, una vez más.

–¿De veras? ¿Puedo ir?

El jinete lo despidió con un gesto con la mano.

–Yo estaré en los establos.

El chico se alegró de librarse de la faena por un rato y bajó la cuesta al trote.

Los desconocidos muchachos lo saludaron, y uno de ellos le dijo el nombre de todos los demás.

Eran niños de la feria, hijos de campesinos y de otros oficios, cada uno de un pueblo diferente.

Luego uno le explicó en qué consistía el juego con los palos.

Ruy lo observó en la lejanía, con detenimiento, mientras tiraba del carro de paja hacia los establos del herrero. «Sed una aguja en un pajar», le había dicho la reina. ¿Qué lugar mejor había que aquella ribera llena de críos embarrados para esconder a un niño rey?

* * *

Mantuvo todo el rato un ojo en el infante, como buen vigía, desde la distancia.

Cuando, al caer la noche, Fernando regresó sudoroso, Ruy lo halló con una sonrisa de oreja a oreja.

Iba en compañía de dos muchachos de su misma edad, que le estrecharon la mano al despedirse de él.

El almogávar no le dijo nada, tan sólo hizo un ligero gesto con la cabeza a modo de saludo.

Recordó aquellas primeras amistades forjadas en los juegos de la infancia.

–¿Puedo ir con ellos mañana?

–Si acabamos con las labores, sí.

Esparcieron paja sobre el suelo donde estaban los animales del herrero, en silencio, bajo la última luz del crepúsculo.

A esas horas, las callejuelas improvisadas de la feria comenzaban a bañarse de la lumbre de las antorchas, y las voces, la música y los ruidos de los animales pronto llenaron la noche de un ambiente festivo.

Acababan las labores y de guardar las herramientas en el carro cuando Fernando tiró de la manga de Ruy con aprensión.

Le señaló el entoldado del herrero, de manera disimulada, con la protección de los fajos de paja que tenían delante y las sombras que impedían que pudieran ser vistos.

Ruy entornó la mirada. El herrero estaba siendo interrogado por un caballero, con el que iban otros dos hombres de armas.

Uno de ellos llevaba sujeto de las bridas a Bribón.

Poco después, el herrero señaló con el dedo la dirección en la que ambos se encontraban.

Rápidamente, Ruy y Fernando se cubrieron tras el carro.

–Vamos.

Se arrastraron y se perdieron entre el gentío de una de las callejuelas de la feria. El almogávar se giró para observar la situación.

–¿Quiénes son? –preguntó el chico en un susurro.

El caballero y sus hombres se hallaban ahora junto al carro de paja, mientras otros cuatro hombres preguntaban por el jinete y por su paje, que en ese momento acababan de desaparecer. Entonces Ruy lo reconoció, del mismo modo que aquel hombre debía haber reconocido su montura.

Era Galcerán.

* * *

Después de casi dos años, aún recordaba el olor a podredumbre del cobertizo de aquella granja maloliente.

Saqueo, violación y muerte. La guerra en el sur, inolvidable en el tiempo.

Comenzaba el invierno de mil doscientos noventa y tres, y el frío barría las laderas y montañas que se esparcían por el territorio antes de alcanzar la costa del Estrecho.

Desde algunos puntos más altos, donde el viento cortaba la cara, podían verse la bahía de Algeciras, Gibraltar y la fortaleza de Tarifa en los días claros, esos en los que la bruma no privaba al buen vigía del paisaje.

Lo mismo sucedía con el mar; a lo lejos, como la silueta de una hoja mellada, se adivinaba la línea oscura de la costa africana.

Ruy y Galcerán oteaban el horizonte fuera de Torregrosa, una inmensa torre almenara que formaba parte de la línea de vigilancia hasta Tarifa, junto con la torre de la Roca del Ciervo y la torre del Rayo.

Desde allí se divisaba el río Almodóvar, que era la entrada y salida del valle que conectaba con la bahía de Algeciras, un punto estratégico de suma importancia para la defensa cristiana.

En aquel paraje, los días eran fríos en esa época del año y tórridos en verano.

Más que una torre del homenaje, Torregrosa era una suerte de castillo donjonado.

Contaba con una gran sala principal, caldeada por un gran fuego, algunas pocas estancias y un terrado de vigilancia.

Alrededor de la guarnición había establos, cobertizos, almacenes de madera, un cuartelillo, un corral para animales y una cerca de madera.

En ella podían llegar a pasar el invierno más de un centenar de hombres entre torreros, vigías y atajadores.

La tarde anterior, los fuegos de las almenaras se habían encendido por toda la línea defensiva, y desde el terrado habían divisado la señal que indicaba que una partida de benimerines merodeaba el valle y las montañas. La mesnada estaba en alerta ante cualquier aviso.

Ruy comentó que iba a llover otra vez. Galcerán se echó a reír, porque decía que su compañero afirmaba lo mismo cada vez que miraba al cielo.

El jinete esbozó una sonrisa. Apreciaba su compañía.

Llevaban muchos meses metidos en aquel valle y en aquella torre y se conocían bien.

Ruy era uno de los exploradores más avezados y respetados de la mesnada en Torregrosa.

Había obtenido buenos cargos de parte de don Alonso Pérez de Guzmán y de don Juan Mathe de Luna, hombre próximo al rey Sancho.

Muchas veces había actuado como mensajero de estos grandes señores, porque conocía el territorio y sabía mejor que nadie cómo se movía el enemigo.

El haber estado al servicio de una partida de almogávares le había ganado la fama.

Los hombres de las almenaras lo llamaban así: «el almogávar».

El que se interna. El que saquea. Cuando Galcerán apagó la risa, el vigía en lo alto del terrado alzó la voz.

Un atajador venía desde la torre de la Roca del Ciervo.

Los serenos dieron gritos de alarma. Ruy observó a su amigo y volvió a sonreír.

El caballero toledano era el más tranquilo de todos.