Alma de Castilla V #4
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V #4

Aquel desafío duraría menos de cinco movimientos.

Espadas en alto, un choque vertiginoso de aceros que descargaron un chirrido agudo.

La hoja del malhechor fue a dar contra la adarga del almogávar, y éste trazó una tajadura en su pierna que lo hizo sangrar a mares e hincar la rodilla.

Después, Ruy le hundió la punta de su espada, casi un palmo, en la base del cuello, notando cómo se partía el hueso de su clavícula.

Al sacar la hoja liberó un chorro de sangre.

Un duelo sucio. El saqueador se desplomó sobre un charco mezclado de escarlata, barro y porquería.

Ruy observó la expresión de pánico en sus ojos abiertos, rígidos, sin pestañear, y se preguntó cuál habría sido su nombre, cuáles sus anhelos de joven y qué decisión mal tomada lo había llevado hasta ese final.

Lamentó que se desperdiciaran hombres así, tan necesarios en el sur, en la guerra de Andalucía.

* * *

En la lejanía, más ladrones a caballo consiguieron robar una docena de ovejas. Ruy limpió la sangre de su espada. Entretanto, los pastores, a cierta distancia, lo miraban suplicantes. El almogávar sabía lo que significaba esa petición silenciosa, pero no podía permitírselo.

«Lo siento», les dijo cuando pasó por su lado y regresó al lugar donde pastaba Bribón.

Junto a él estaba el infante, en actitud obediente y sumisa.

Todavía tenía restos de sangre en los guantes y en la loriga.

El chico, que lo miraba con respeto, hizo caso de todo lo que le pidió: coged los fardos, sujetad las bridas, poneos en marcha.

Ruy hubiese querido decirle que matar era sencillo, que no era gran cosa.

Nadie merecía ganarse el respeto por un acto tan vil.

Pero la gente idealizaba la muerte, desde críos; formaba parte de la propia naturaleza del hombre, que llenaba su tradición de mitos y leyendas de grandes gestas de caballeros.

En realidad, siempre era más fácil matar que perdonar.

Y mucho más complicado era ponerse de acuerdo con un enemigo.

Sin embargo, nadie guardaba respeto por los compasivos ni tampoco los recordaba.

Existía una devoción casi religiosa hacia toda justicia impartida mediante una violencia desbocada.

* * *

Llegaron a Talavera al caer la tarde, junto con muchos otros viajeros que se agolpaban en el camino en la última legua.

Ante ellos, la ciudad y el Puente Viejo, que se alzaba sobre las isletas del río Tajo a su paso por la comarca, con la base de sus columnas cubiertas de vegetación.

Talavera poseía un recinto bien amurallado, con torres, matacanes y postigos; bien pertrechado, fruto de las guerras, conquistas y reconquistas de los siglos anteriores.

Al igual que Toledo, habían pervivido entre sus habitantes comunidades árabes y judías que no llegarían nunca a agruparse en barrios, sino que convivían, desperdigados en sus callejuelas, entre los cristianos.

La ciudad estaba rodeada por enormes rebaños y cabezas de ganado, ruidos y olores flotaban en el ambiente.

Había burros, caballos, vacas, toros, cerdos, ovejas; piezas traídas de los confines de Castilla, todas presentes en aquella fiesta de la ganadería, la primera feria de Talavera, gracias al privilegio otorgado por el rey Bravo.

El ambiente festivo de la tarde contradijo la despedida del almogávar y del infante de los pastores, al inicio del puente.

–Que tengáis una buena feria –les deseó Ruy.

Ellos le estrecharon las manos con cierta frialdad.

–Id con Dios, almogávar.

Sólo cuando consiguieron una mesa libre en una posada abarrotada de gente, ya dentro de los muros de Talavera, Fernando se atrevió a preguntar por qué los pastores se habían molestado con ellos.

–Esperaban que me enfrentara a los otros dos ladrones y recuperara sus ovejas. Por eso se enfadaron conmigo.

–Si tanto querían sus ovejas, ¿por qué no fueron a por ellas?

El posadero sirvió dos cuencos con lentejas y dos vasos de vino.

El jinete comió, hambriento tras un día sin llevarse nada al estómago, aunque la cuchara le quemara la boca.

Sin embargo, el apetito no evitó que el infante mantuviera por completo la educación y la etiqueta.

Se limpió las manos con un paño y probó los bocados de uno en uno, sin hablar nunca con la boca llena.

Bebía con parsimonia y apoyaba el vaso de vino sobre la mesa con delicadeza.

A Ruy le hizo gracia verlo tan noble, tan formal.

Nadie reparaba en ellos. Eran dos extraños más en una taberna de desconocidos.

Estuvieron un momento sin hablar antes de que Ruy retomara la conversación.

–No todos los pastores son hombres de armas. No es sencillo luchar contra otro hombre a sabiendas de que se puede perder la vida. No se debe culpar a nadie por temer a algo así.

–Pero habéis sido valeroso.

–¿A vos os lo ha parecido? El valor es una gran virtud.

–Podríais haber acabado con los otros ladrones con facilidad, lo sé bien. Yo mismo he presenciado cómo los caballeros de mi padre se baten en torneos de espada. Sois el mejor que he visto.

Ruy entornó los ojos. Luego se limpió la boca con un trapo. Dibujó una sonrisa.

–No podía enfrentarme a esos ladrones –dijo.

–¿Por qué no?

–Por vos.

Fernando bajó la mirada, y el jinete se dio cuenta de que el niño se veía obligado a madurar a pasos agigantados.

No le hizo falta explicar nada más; el mozo desvió la mirada hacia la ventana que daba a la calle, y en sus ojos se reflejó la crudeza de su nueva realidad.

Dependía de aquel hombre para llegar a un monasterio en el norte, un caballero cuya lealtad hacia la reina estaba por encima de la nobleza.

Si éste moría, ¿qué sería de él? El rey de Castilla perdido en la inmensidad de su reino, sin tan sólo monedas para pagarse una noche en una posada.

Aunque el caballero hubiera podido acabar con aquellos ladrones, no podía jugarse la vida por el riesgo de dejar a Fernando a su suerte. Ruy miró a Fernando con atención.

–La inteligencia y la prudencia deben ir por delante del orgullo y la espada –afirmó.

* * *

Hicieron morada dos días más en esa posada, el tiempo necesario para que Ruy se curara las heridas.

Su preocupación pasó a ser Bribón. El caballo árabe necesitaba nuevas herraduras desde antes de su llegada a Toledo, y el viaje hasta Talavera no le había hecho ningún bien, así que recorrió la ciudad y el campo de la feria en busca de un herrero que pudiera hacerle el trabajo por poco dinero.

Pocos se detenían a escucharlo. Las miradas lo rehuían.

Sólo un salmantino estuvo dispuesto a ayudarlo.

El hombre se había instalado en un entoldado a las afueras de Talavera, en aquella suerte de barrio improvisado con motivo de la fiesta, pegado a las murallas.

Hablaron casi a gritos entre el ruido de la muchedumbre y de las bestias.

Su nombre era Juan Garcés. Venía del norte, sabedor de que sus servicios serían requeridos.

Escuchó con atención la historia del almogávar y su largo camino desde Tarifa en compañía de su paje.

El jinete era uno de los muchos héroes anónimos de Castilla, de eso no cabía duda. El herrero los examinó a ambos.

–Me parecéis una buena persona y un buen cristiano. Las herraduras no las cobro, porque trae mala suerte, pero sí el trabajo. Al menos cuatro días.

Ruy no podía permitirse tantas jornadas.

–Las monedas me las quedo, pero a cambio os pagaré con tres días de trabajo mío y otros tres de mi paje.

El herrero miró al infante. El niño había desviado la vista hacia el jinete, en busca de alguna explicación.

–¿Qué sabe hacer? –preguntó el herrero.

–El crío puede limpiar, ir a por agua y poner paja a las monturas. Además, es obediente. Trabajaremos los dos durante tres días, y vos pondréis las herraduras a mi montura. ¿Os parece un trato justo?

El herrero aceptó. Las monedas con las que contaba Ruy servirían para pagar la posada y comprar algo de provisión para el viaje. Ruy apartó a Fernando del gentío hasta un hueco de la muralla en el que pudieran hablar a solas. Una vez allí, hincó la rodilla para mirarlo a los ojos a la misma altura.

–No quiero trabajar –dijo el niño.

–Atended a lo que os digo: no tenemos alternativa, sencillamente porque no puedo pagar las herraduras de mi caballo. Tenemos que trabajar, como todo el mundo. Tres días y nos vamos.

Aquella explicación tan simple habría bastado para cualquier viajero, pero no para el futuro rey de Castilla, un niño que acababa de ver despertar su consciencia.

En los últimos tres días, Fernando había aprendido mucho.

Ya comprendía que la vida más allá de la corte era muy diferente a lo que él había vivido hasta entonces, pero pasar de eso a tener que labrar como un jornalero era demasiado para él.

No estaba dispuesto a trabajar con las manos y a sudar.

Suficiente tenía con andar. Ruy no quiso decirle que, con su aspecto, era muy difícil convencer a nadie para que les diera trabajo.

La gente, en general de naturaleza simple, entendía que las marcas de su rostro eran las de un malhechor, y nadie en su sano juicio quería rondar a la mala gente, por mucho que él se esforzara en ser amable y hablar bien.

–De acuerdo –resolvió Ruy–. Si no trabajamos, pagaré las herraduras con las monedas que me quedan y nos iremos.

–¿Y qué vamos a comer en la travesía? –preguntó el infante.

Ruy alzó las cejas.

–Nos las apañaremos. No nos queda nada. Tendremos que pedir limosna o robar por el camino.

Fernando lo miró con desesperación.

–¿Robar? ¡Soy el rey de Castilla! ¿Es que no podemos yantar en alguna de las villas de mi padre o de mi madre?

–Si hacemos eso, toda la corte sabrá en menos de un día dónde os encontráis, y todo el plan trazado por vuestra madre y su hermano se habrá deshecho por una insensatez.

–¿Cómo pueden saber dónde estamos?