Alma de Castilla V #3
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V #3

–Un reinado no se basa en sus hombres de armas, sino en su gente, en aquellos que trabajan la tierra y en los que cuidan de los rebaños.

También en los comerciantes y en los monasterios.

¿Cómo pensáis pagar a vuestros caballeros sin ellos, acaso?

¿Con qué riqueza pagaréis sus caballos y su acero? Apostaría a que no lo habíais pensado.

–Podría tomarlo por la fuerza. Soy el rey.

–Si hacéis eso, os ganaréis el odio de vuestro pueblo.

Se rebelarán contra vos, y algún otro noble apoyará su causa para apartaros del trono.

La historia se repite una y otra vez. Desde siempre ha habido reyes que han sido odiados y temidos, y luego derrocados.

No podéis reinar como un tirano; de lo contrario, os usurparán la corona antes de que os deis cuenta.

Recordad que todos ansían el poder en la corte, desde el último doncel hasta vuestros tíos y allegados.

Todos esperan un tropiezo vuestro para hallar su oportunidad.

El niño infante reflexionó un momento.

–Pero el infante Enrique es de nuestra familia.

Ruy lo miró un instante antes de volver la vista al fuego.

–Deberíais fiaros únicamente de vuestra madre.

La noche permanecía tranquila a la espera del amanecer.

Fernando estuvo en silencio un rato. Los pastores hablaban entre ellos, en voz baja.

A su alrededor, se esparcía la vegetación oscura; al fondo, un bosque oscilaba con el viento y su silueta creaba formas siniestras.

Una ligera brisa apaciguó las llamas de la hoguera.

El infante se había tumbado y contemplaba las estrellas, pensativo.

La manta y el fuego habían hecho efecto y ya no tenía tanto frío.

–¿Cómo habéis dicho que se paga a los caballeros? –preguntó de repente al jinete.

–Con impuestos y tasas que los agentes del reino cobran a los campesinos, a los comerciantes, a las villas, a los monasterios...

–¿Y cómo he de hacer eso?

Ruy devolvió la mirada al infante una vez más.

–Lo más importante es que aprendáis que la vida de ellos no os pertenece y que debéis ayudarlos a salir adelante.

La vida es más dura que este suelo en el que vamos a pasar la noche.

Si a ellos les va bien, se mostrarán dichosos de pagar al rey.

Pero, para que eso ocurra, debéis conocer a vuestro pueblo.

¿Qué los aflige? ¿Qué precisan? Por eso siempre será más sabio el rey que converse con unos pastores necesitados en el camino que con sus consejeros aduladores en la corte.

Fernando cerró los ojos. Nunca antes se había planteado ninguna de esas cuestiones.

El jinete lo observó en silencio; no entendía que a un futuro rey no se le explicaran los asuntos de forma directa.

¿Es que sus preceptores pensaban que iba a ser un crío toda la vida?

¿De qué manera iba a crecer si no le daban las armas para defenderse y entender el mundo real en el que vivía?

* * *

Ruy lo vio hecho un ovillo. Temblaba de frío.

Se había arrastrado hasta las brasas, que ya se habían consumido y apenas daban algo de calor.

Un rayo de sol le bañó el rostro y lo despertó.

Fernando tosió, y Ruy se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos.

Orgulloso, trataba de disimularlas. Dormir en el suelo, al raso, lo había destruido; en su memoria rondaban todas esas noches en las que los camareros le habían preparado el lecho con sábanas limpias y perfumadas, cada vez que un paje había subido a su alcoba algo de comida o bebida y él la había rechazado.

Ahora estaba sucio, cansado, adolorido, con los huesos calados.

Nadie iba a consolarlo. ¿Acaso así era la vida de la mayoría de las gentes?

«Con la caminata entrarás en calor, muchacho», pensó el jinete.

La compasión hacia él le venía, en parte, porque notaba su lucha interna en aquella actitud de resignación.

Ya no quedaba nada de ese niño del día anterior que no quería caminar; le había bastado un par de horas para darse cuenta de que su vida había cambiado para mal, que no había marcha atrás.

Si no andaba, nadie iba a hacerlo por él.

Si no se ponía en pie, nadie iba a levantarlo.

Estaba solo. Y no quería que unos extraños lo vieran llorar.

Así que se incorporó en silencio y le devolvió la manta al almogávar, que estaba atando los fardos en la montura.

Todos estaban listos para seguir el viaje, incluso los pastores.

Aprovechó el infante para preguntarle si tenía algo de comer.

Ruy negó con un gesto. Tendrían que esperar unas horas a llegar a Talavera para llevarse algo a la boca.

El camino, como la vida, estaba lleno de peligros.

Ruy sabía que algunos lugares del reino eran más arriesgados que otros para la trashumancia y que viajar con un gran número de cabezas era tentar a la suerte.

Las bandas de saqueadores y malhechores abundaban al sur de Toledo.

Por allí, los pastores se jugaban el pellejo.

Castilla no era una tierra demasiado poblada.

Fuera de las villas o de las ciudades era difícil encontrar grandes multitudes; en realidad, tan vasto territorio estaba prácticamente deshabitado.

Ésa era la razón de que la gente viajara en grupos y de que, cuando los peregrinos o los comerciantes se encontraban por los caminos, optaran por compartir la travesía: se protegían los unos a los otros.

Pero un viaje largo con un rebaño tan numeroso era un asunto bien distinto. Ruy lo sabía bien.

Después de servir a un señor en su juventud, el jinete había regresado a su hogar para dedicarse al ganado, y fue en esos años cuando viajó a lo largo de la península, de cañada en cañada, a lomos de Bribón, con una jauría de ovejeros que cuidaba del ganado.

Los pastores mejor preparados cruzaban Castilla de punta a punta.

Ruy había aprendido de su padre que, desde el norte, más allá de Toledo, o Badajoz, descender por la vía de la Plata era arriesgado.

Los robos y saqueos eran frecuentes en esa zona y, aunque algunas hermandades de caballeros, como las de Toledo o Talavera, recorrieran las sierras en busca de los bandoleros, eran incapaces de abarcar todo el territorio.

Ruy los reconoció en la lejanía.

El infante y el jinete iban rezagados en el grupo, pero aun así alcanzaron a ver como una banda de saqueadores rodeaban con sus monturas a un grupo de ovejas para apartarlas, un movimiento habitual que servía para dispersarlas y quedarse con algunas de ellas.

Al mismo tiempo, dos hombres armados se abalanzaron sobre dos pastores, que sin dudarlo les hicieron frente y tiraron a uno de ellos al suelo con violencia.

Ruy tardó poco en reaccionar. Montándose sobre Bribón, le pidió a Fernando a gritos que se escondiera en la espesura del camino.

Sostuvo su lanza y adarga, golpeó con los talones e inició el galope.

En el camino, se levantó una polvareda. Tantas veces había cargado contra docenas de hombres en la frontera que se animó al notarse imbuido por el espíritu de combate.

Los dos maleantes ya habían desmontado un caballo y daban golpes a uno de los pastores, mientras el otro trataba de forcejear.

Ruy apareció como una exhalación, de pie sobre los estribos, y atacó feroz.

La lanza se clavó en el hombro de uno de los asaltantes, que se retorció de dolor.

Bribón siguió su carrera, excitado por la algarabía y el olor a sangre, y giró a las pocas varas, como en un torneo de justas, para enseguida regresar a la carga.

Para entonces, el otro asaltante se había librado del pastor y había subido a su caballo.

Ruy cargó contra él, de nuevo con la lanza en ristre, dispuesto a clavarla en su adversario.

Pero éste desvió la lanza con su espada y emprendió la huida al galope.

Sólo quedaba uno. Empuñaba una espada, en pie delante de los dos pastores, que llevaban cuchillos y un palo, muy juntos ellos para procurarse una buena defensa.

Ruy desmontó y golpeó a Bribón en las ancas para que se alejara por el sendero en dirección a Fernando.

Aprovechó para desenvainar la espada. No iba a arriesgar la vida de su caballo árabe frente a un adversario armado con una hoja ancha.

–¡Eh! –gritó.

Era un hombre de piel morena, de espesa barba, cejas espesas y mirada de buitre.

Le sacaba una cabeza en altura. Llevaba una camisola de anillas por encima del jubón.

Ruy conocía bien a ese tipo de soldado, antiguo hombre de armas de algún señor que, por una u otra razón, había dejado de necesitar de sus servicios y que ahora se ganaba la vida robando cabezas de ganado.

Era mucho lo que estaba en juego. El pan de cada día. La vida, sin ir más lejos.

Se veía ante el tipo de canalla que había tomado la decisión de arrebatarle el trabajo diario a otro cristiano y quitarle la vida si era necesario.

El camino más fácil para los holgazanes y todos aquellos que no se sometían al trabajo duro del día a día.

Qué difícil era sacar la vida adelante, alimentar a unos hijos, sostener una casa, para que ahora vinieran tres o cuatro maleantes a arrebatar meses y meses de sacrificio. Ruy no estaba dispuesto a permitirlo.