Alma de Castilla V #2
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V #2

Ruy señaló un arroyo, junto a una quebrada.

La cría de ciervo que bebía del agua fresca del afluente alzó la cabeza y los contempló con sus ojos oscuros, en espera de algún movimiento.

El infante la miró sin decir nada. El jinete buscó en derredor a más ejemplares, pero, al volver la vista, el ciervo ya no estaba.

Tiró de las bridas y regresó al sendero al galope.

Cota de malla sobre la loriga, almófar bajo el yelmo. Adarga, lanza y espada. El almogávar montaba a la jineta su caballo árabe, con los estribos altos y las rodillas recogidas, acostumbrado a marcar la dirección con los talones.

Habían salido de Toledo al alba por el puente de Alcántara, y cabalgaron primero un tramo hacia el oeste, hacia el atardecer leonés.

Para evitar el camino más concurrido, Ruy decidió seguir el trazado de la ribera sur del río Tajo.

Debían ir al norte, a la Tierra de Campos, pero había optado por tomar un sendero que los condujera a través de la vieja Vía de la Plata, para que nadie supiera donde estaban ni qué ruta habían escogido.

Tenía la extraña sensación de que alguien seguía sus pasos.

El infante montaba delante de él. Incómodo y adolorido, se lo había hecho saber en repetidas ocasiones, pero Ruy hizo oídos sordos.

Era necesario recorrer varias leguas, al menos hasta Talavera; poner tierra de por medio entre ellos y Toledo, la corte.

Desmontaron al caer la tarde. Bribón, su caballo árabe, pese a su fortaleza y resistencia, había acabado más agotado de lo habitual.

Ruy lo sostuvo de las bridas y continuaron la marcha a pie, a paso lento, por un sendero de pastores poco frecuentado.

–No quiero andar –repitió el crío por enésima vez–. Subidme a la montura.

Ruy desvió la vista hacia él sin decir nada.

El infante era un hijo de la nobleza; es decir, un niño mimado y pusilánime que hablaba con educación, pero con un aire de altanería.

Aunque su ayo lo había vestido con ropajes de cuero como al hijo de un comerciante, podía distinguirse su alta alcurnia en la forma de caminar, en la manera de mover las manos y de hablar.

Ruy pensó que iba a ser difícil que pasara desapercibido incluso callado.

El niño se detuvo en mitad del camino y se cruzó de brazos, harto del jinete y de su silencio.

–¿Quién sois? Ni siquiera sé quién sois. ¿Quién os hizo esa marca en la cara? ¡Hablad! No daré un paso más hasta que no me digáis quién es el escolta del rey.

–Escolta del rey... –masculló Ruy con poca paciencia.

Lo agarró del hombro y lo obligó a ponerse en marcha nuevamente, a la fuerza.

–¡Soltadme! ¡He dicho que me soltéis! ¡Os lo ordeno! –Y se apartó de él con brusquedad.

Ruy lo miró un instante sin decir nada. Niño orgulloso, tenía la misma expresión en los ojos que su padre, el Bravo.

No estaba dispuesto a discutir con él, así que tomó las bridas de Bribón y echó a andar.

El niño permaneció en medio del camino de brazos cruzados, sin moverse.

Caía la tarde y una luz púrpura recortaba el horizonte.

Unas cien varas separaban al infante del almogávar, cuando oyó ruidos en la espesura de los campos y echó a correr hacia él.

–¡Esperad! ¡Esperad!

Ruy se detuvo, sin girarse a mirarlo.

Fernando llegó hasta él casi sin aliento.

–Pero ¿quién os habéis creído? ¡No podéis abandonarme!

–Me encomendaron cruzar el reino hasta el norte. No voy a discutir todo el viaje con vos.

–¡Soy el rey de Castilla!

–Ya.

Ruy echó a andar de nuevo.

–¡Que no voy a caminar! ¡Os ordeno que me subáis a vuestra montura! ¡Cerdo desfigurado!

Con un rebufo, Ruy se armó de paciencia y se volvió hacia él.

Sentía, en parte, lástima por ese pobre chico que acababa de ser apartado de su infancia, arrancado de raíz como una hortaliza y sin ser siquiera consciente de ello.

Su futuro era incierto. Su vida estaba en el aire.

¿De qué manera podía estar preparado un niño así para reinar?

El jinete lo miró con los ojos entornados antes de hablar.

–Aquí fuera no sois nadie. ¿Creéis que alguien reconocería vuestro rostro?

Mirad a vuestro alrededor. Aquí no sois más que un crío que lloriquea en medio del camino porque no quiere andar, pero nadie va a llevaros a cuestas.

Si no movéis los pies, alteza, no llegaréis a Talavera y pasaréis frío por la noche.

Probablemente os congeléis y os coman los lobos, quién sabe. Se os quedará la cara como a mí.

–No llegaremos, querréis decir.

–Si queréis quedaros aquí, será vuestra decisión.

Yo no voy a oponerme, y mucho menos a esperaros.

Tengo la intención de sentarme frente a un hogar y hacer morada en alguna posada donde probar un puchero caliente.

Escribiré a la reina narrando los hechos de cuando su hijo decidió quedarse en mitad del camino entre Toledo y Talavera como un bobo.

El niño abrió mucho los ojos.

–¿Me habéis llamado bobo...? –No se creía que hubiera podido ofenderlo de tal modo.

Sin que se lo esperara, Ruy y Bribón echaron a andar nuevamente. Al poco rato lo oyeron gritar y ponerse en marcha, a regañadientes, mientras daba patadas a las piedras del sendero.

* * *

Antes de que cayera la noche, fueron a dar con más de un centenar de ovejas esparcidas a ambos lados del camino.

Dos perros ovejeros mantenían unido al rebaño correteando de un lado para otro con oficio, persiguiendo a las ovejas más descarriadas.

Uno de ellos se acercó a olisquear a Bribón y ladró a Ruy antes de alejarse a la carrera.

En cuanto divisaron a los pastores en la lejanía, el jinete se cubrió con la toca, el yelmo y el almófar para ocultar parte de su rostro.

El aire olía a estiércol de oveja. Eran gentes de la comarca.

Dos hermanos con sus hijos y algunos allegados.

Ruy estrechó las manos a todos. Se presentó como un hombre de armas que volvía del sur y que viajaba en compañía de su paje.

Ellos le contaron que se dirigían a la feria de Talavera, donde esperaban vender algunas cabezas de rebaño y hacerse con dos o tres caballos y un toro.

«El buen rey Sancho otorgó privilegios el año pasado a Talavera para poder hacer una feria de comerciantes durante la fiesta de San Isidro. Vendrán ganaderos de todo el reino».

Ruy se dio cuenta de que Fernando cambiaba de expresión al oír el nombre de su padre.

Ninguno de esos hombres podía imaginarse quién era él, mucho menos los dos mozos que se acercaron al niño y le hicieron preguntas sobre el caballo árabe del caballero.

El infante no tenía la menor idea de caballos ni de monturas, y echó una mirada de socorro al jinete.

Ruy lo llamó para que fuera con él, y, cuando los muchachos se alejaron, le tendió las bridas de Bribón para que pudiera conducirlo mientras andaban.

En un susurro, el chico le preguntó durante uno de los silencios que por qué tenían que viajar todos juntos, y Ruy sonrió.

Fernando iba con las mejillas sonrosadas, el rostro sucio y sudado, el cabello revuelto, y le hizo gracia verlo tan desaliñado.

Le impresionó que fuera capaz de andar durante dos horas sin descanso.

Le demostraba que poseía esa pizca de pundonor imprescindible en un gran hombre.

Una vez más, se despertó la compasión en Ruy.

Ese chico no era culpable de su posición, tampoco de la instrucción que le habían dado sus preceptores.

Sólo era el resultado de las decisiones de otras personas. Un crío abandonado a su suerte.

Esa misma noche, cuando los pastores encendieron una hoguera junto al camino, Ruy sacó de la alforja algo de pan y queso, y no dudó en compartirlos con ellos.

Éstos, a su vez, les ofrecieron vino. El almogávar sacó unas mantas y tapó a Fernando con una de ellas.

El chico se sobaba las manos y temblaba de frío, pese a estar junto al fuego.

Sus ojos reflejaban el cansancio y el mal trago de aquel cambio de vida tan brusco.

Había pasado de dormir en la alcoba caliente de un alcázar a tirarse al suelo pedregoso y húmedo de un sendero rural.

«¿De verdad vamos a pasar la noche aquí fuera?

». «¿Por qué tenemos que hablar con esta gente?

». Cuando Ruy le dio un trozo de pan y de queso, el infante se lo llevó a la boca con desilusión, pero consciente de que no habría otra cosa.

El fuego crepitaba ante ellos. Arriba, un manto de estrellas.

–Nunca había visto el cielo así, tan claro –susurró Fernando.

Ruy desvió la mirada hacia las estrellas.

–Fuera de Toledo se ven mejor.

El chico parecía cautivado.

–¿Crees que todos los hombres del mundo ven el mismo cielo?

Ruy esbozó una ligera sonrisa por la ocurrencia y dejó pasar un rato en el que permanecieron en silencio. Cuando le dio algo más de pan y queso, se fijó en que el chico desviaba la vista hacia los pastores con incomodidad.

–Hay una igualdad inherente en todos los hombres, no importa cuál sea su origen –le explicó Ruy–.

Todos vemos el mismo cielo. Todos luchamos la vida, todos sufrimos, todos buscamos la felicidad de los nuestros.

A veces, a todos nos toca andar junto a la montura.

¿Veis a esos pastores? Esa gente ama a vuestro padre porque éste les dio permiso para poder vender su rebaño en una feria.

Sus preocupaciones son otras. Buscan trabajar para pagar a su señor y pasar un buen invierno.

Les da lo mismo quién sea el rey de Castilla.

–Y a mí me da lo mismo quiénes sean ellos –dijo Fernando.

Ruy alzó las cejas.

–No debería daros lo mismo.

–A un rey le bastan sus caballeros y un buen ejército –aseguró Fernando–. Es lo que me ha dicho el preceptor del infante Enrique.