Alma de Castilla V
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El niño y el jinete

No podía olvidar su mirada. Unos ojos enormes como dos perlas pulidas, de una profunda negrura, que reflejaban una silueta agresiva.

Una presa a merced de su voluntad que le devolvía su propia figura a través de esos cristales húmedos que apenas pestañeaban.

Los músculos tensaron la carne, dispuesta a huir ante la primera ocasión.

Un instante detenido en el tiempo. Un bufido. El vaho quieto, suspendido en el aire.

La primera vez que Fernando había visto una cría de ciervo fue con su padre, en un vado cercano a una ciudad que llamaban Burgos, un día en que la niebla había cubierto grandes extensiones de bosque con su manto etéreo y la hierba mojaba y embarraba las botas.

Al clarear, el patio de armas se había llenado de caballeros agitados –vestidos con armaduras de anillas–, de guardias, ballesteros y donceles de la compaña, de escuderos y pajes del alcázar, de palafreneros, halconeros y una jauría hambrienta y ansiosa de echarse a los caminos.

En las cocinas, alguien horneaba pan. Daba hambre.

Relinchos de montura, un coro de ladridos, voces rasposas, toses y aleteos de aves llenaban el aire frío del crepúsculo matutino, uniéndose a la estridencia de las armaduras de metal que sonaban como láminas de hielo que se resquebrajaban en el suelo.

Cada vez que Sancho salía de caza, en la comitiva participaba más de un centenar de personas.

Los caballeros que ocupaban un lugar preeminente en el reino cabalgaban junto al rey, e incluso, a veces, eran invitadas algunas damas.

Ese día, su tío, Alfonso de Molina, el hermano de su madre, sacó a Fernando del calor de la estancia en la que descansaba con sus hermanos menores y pidió al camarero que lo vistiera con una túnica gruesa, unas calzas de lana y un manto.

El frío del alba cortó al pequeño la respiración.

Había llegado el día en el que cabalgaría junto a su padre y los demás caballeros. El rey había ordenado llevarlo de caza.

Aún dos años después, Fernando cargaba con un sentimiento pesado al cual no le había dado forma ni tan siquiera nombre, pero que le provocaba repulsa, desprecio.

Aquella mañana gris, el sendero de la cañada retumbaba bajo el estruendo de los cascos, como una partida de jinetes de la frontera.

En vanguardia, un caballero portaba un estandarte bordado, viejo y deshilachado, con las armas cuarteladas de Castilla y de León, símbolo de Sancho.

Fernando no recordaba haber hablado nunca con su padre.

El rey era el hombre más grande y fuerte de cuantos componían la compaña, un portento alto como un pendón, bravo y agresivo.

Fernando lo temía, pues no había nadie que no lo hiciera.

Al rey apenas se le distinguía el rostro escondido entre la cofia, la malla de acero y el yelmo, pero le bastaban los ojos para presumir de valor.

Uno de los halconeros dio una señal con un silbato, y los perros corrieron en una dirección concreta hacia un bosquecillo.

Fernando cabalgaba sujeto a un paje de su tío, que no separaba su montura de la de él.

Temía caerse del caballo ante la violencia del galope.

Al llegar al claro, lleno de perros, vieron a Sancho junto a un halconero que examinaba una presa.

–Acercad al infante.

La orden resonó con el tono de una sentencia.

Su tío lo ayudó a desmontar y lo acompañó hasta el lugar, donde en un instante se habían congregado los caballeros más fieles a Sancho, nobles que no le quitaban ojo al segundo hijo del Bravo desde sus monturas.

A Fernando se le revolvió el estómago. ¿Por qué lo observaban de aquella manera?

¿Qué pretendían juzgar? El niño desconocía los verdaderos motivos.

Y es que los más viejos del lugar querían ver las señales del futuro rey.

Valor, ambición. Una prueba de su hombría.

A los pies de su padre se removía una cría de ciervo malherida.

Uno de los mastines le había destrozado una de las patas delanteras.

Fernando sintió una agitación. Nunca había visto nada parecido, tan violento e injusto, jirones de carne roja que dejaban a la vista un hueso astillado.

Le pareció que una parte muerta estaba unida a algo vivo.

Entonces alguien le tendió una hoja afilada, y cayó sobre él la mirada fría y vigilante del rey.

Fernando la empuñó con una mano temblorosa.

Los ojos oscuros del animal se posaron sobre los suyos y, durante un instante, sintió que mantenía un diálogo silencioso con aquella criatura. «La muerte nos ha unido». Sintió miedo.

La orden de su padre fue clara, aunque nunca la recordaría.

Pasado un momento, Fernando sabía lo que tenía que hacer, pero era incapaz.

Se había quedado paralizado. Una docena de caballeros aguardaban a que diera la talla, hombres que deberían sentir el mismo respeto por él que lo hacían por su padre lo acusaban con la mirada.

Nada habría para él. Estaba petrificado.

La vergüenza estaba a punto de consumirlo.

Esos caballeros eran fuertes, capaces de sostener una cota de malla, sabían matar, cabalgar y fornicar.

Él no había hecho nunca nada de eso. ¿Cómo iban a respetarlo?

–Dejad de comportaros como una hembra y dadle muerte.

¿No se daba cuenta su padre de que nunca lo había hecho?

«Muerte». Recordaría alto y claro esa palabra pronunciada por el Bravo casi todos los días de su vida desde aquella mañana.

Como cuando, meses después, el rey le gritó a la reina que su compaña estaba llena de espías y que debía demostrar fortaleza y acabar con todos ellos, en especial con el conde de Haro.

«¡Los espías deben morir!», gritaba Sancho a sus consejeros, sin percatarse de que Fernando estaba presente.

Poco importaba. La muerte ya no era un secreto para él.

Ahí estaba la palabra que lo retraía una y otra vez a ese claro en el bosque, a los ojos oscuros del ciervo que aguardaba su final.

–Los espías deben morir –repetiría Fernando en otra ocasión, en el patio del alcázar, mientras su mano sostenía al gato blanco que había encontrado jugando con sus hermanos.

Había hecho resplandecer la hoja afilada que había ganado con orgullo y dolor esa mañana en el bosque después de que su padre, al verlo titubear, descargara en su rostro una violenta bofetada.

Fernando cayó sobre el barro con la nariz ensangrentada, sitiendo dolor en la cara y en el cuello.

Se había orinado en las calzas. Los caballeros reían sobre las monturas.

El infante guardaría durante años rencor a su tío, por no haberlo socorrido.

Fernando lloró sin llorar. De rabia. De impotencia.

Le sangraba la nariz, tenía el labio partido, el pómulo hinchado.

Se alzó como pudo, resentido y humillado, y tuvo el deseo de clavar esa hoja en el pecho gigante de su padre y acabar con él y con su reinado.

A ver quién se reía después de eso. Con inquina sostuvo la daga, armado de furia, e hizo una tajadura al animal.

Al ver el horror en la mirada del cervatilllo, sintió que lo único que podía hacer para acabar con las risas de esos hombres era matar a ese ser indefenso.

Iba a pagar por su desgracia. Así que alzó la hoja y se la clavó en el cuello con un grito y con toda la fuerza que pudo.

Las manos le temblaban, pero la hoja entró en la carne con más facilidad de la que había imaginado.

Qué sencillo era matar. Alzó la mirada hacia su padre, lleno de cólera y resentimiento, pero éste se había vuelto ya hacia su caballo con indiferencia.

Aquella mañana, Fernando aprendió que había hecho simplemente lo que debía, porque los espías deben morir, y matar significaba únicamente hundir una hoja afilada en la carne de alguien.

Así le había quitado la vida al gato en el alcázar.

Así su padre había matado al conde de Haro y a media nobleza.

Era la muerte. Aprender a matar para no dejarse matar.

Todo cambió el día en que su madre, la reina, lo convocó en los aposentos del rey.

El Bravo yacía moribundo sobre el lecho.

Fernando se sintió ultrajado. Había pasado semanas enteras sin verlo.

Los infantes nunca sabían nada; olvidados en patios cerrados, en estancias calientes con una aya o con un cuidador, eran los últimos en enterarse de lo que acontecía en la compaña.

¿Por qué nadie hablaba con ellos? ¿Por qué su madre o su padre nunca le explicaban nada?

Frente al lecho, tuvo que enfrentarse a su delgadez.

Tuvo miedo. Ante él se abría un pasaje desconocido.

Sancho había perdido sus músculos, su fuerza, su presencia.

Ya no era el hombre temible que cabalgaba en el centro de la formación y que arengaba a sus caballeros con ímpetu.

Ya no era el hombre que lo había abofeteado frente al ciervo.

Sólo era un conjunto frágil de huesos sostenidos por una piel que más bien parecía un pergamino mojado que se extendía a lo largo de sus extremidades, a punto de resquebrajarse.

Lo único que quedaba de él, en aquel rostro cadavérico, era su mirada furiosa y siempre insatisfecha. Y olía a muerte.

Sancho tosió sangre. Fernando recordó las gotitas rojas sobre el gato. ¿Significaba que a él también Dios iba a llevárselo de esa manera?

Cuando el rey murió, Fernando se sintió inmensamente vulnerable.

Esa muerte que él había presenciado nada tenía que ver con el acero, había dejado de ser algo que pudiera controlar.

«Matar para no dejarse matar». No, no era así.

La muerte era algo fortuito, un juego de dados.

¿Quién podía estar a salvo? No importaba la edad, no importaba la fe.

La muerte se burlaba de ellos, grandes reyes.

–Silencio.