IV #2
–El rey está en sus aposentos bajo la custodia de la guardia real, en compañía únicamente del maestre Nicolás, su preceptor y el aya. No tardará en presentarse el infante Enrique solicitando de nuevo la presencia del rey.
–No permitiré que vuelva a suceder algo como lo de esta mañana. Ha sido indignante, una declaración de intenciones.
Apartar al infante heredero de la reina había sido una forma de humillarla, un intento de mostrarle cuál era su verdadera posición en el nuevo reinado.
Había que actuar deprisa, con sensatez, pero María no estaba ni para una cosa ni para la otra.
Su hermano Alfonso le expuso los problemas, y también insistió en tutelar al joven, para lo cual debía de pasar horas con él.
Además, entre los muchos asuntos, debían constituir una nueva casa del rey, con su almojarife, despensero, especiero, posaderos, porteros, acemileros, alguaciles, estableros, camarero, cocineras, panaderas, lavanderas...
, y eso significaba ratificar cada uno de los cargos.
Si los nobles encabezados por el infante Enrique se hacían dueños de la situación, serían ellos quienes establecieran estos nombramientos con gente afín a su causa.
Ése era el motivo por el que en el alcázar se respiraba un ambiente tan adverso.
Nadie estaba seguro de mantener su lugar en la compaña del rey. Al fin, Alfonso de Molina concluyó:
–Debéis sacar a don Fernando de la corte. Los nobles esperan a ver nuestro próximo movimiento en el tablero. Yo digo que escondamos esa pieza, debemos ganar tiempo. Llevad al infante al norte, bajo la custodia del padre Leyva, que siempre ha sido fiel a la causa de nuestra familia.
La reina se quedó en silencio. Le molestaba que su hermano lo resumiera en «piezas» y «tableros». Hablaban de Fernando, de su hijo de diez años.
–Su reinado pende de un hilo –prosiguió Alfonso–. Aunque Toledo y sus nobles lo hayan vitoreado por las calles, don Fernando no será rey hasta que convoquéis las Cortes y los concejos de las villas negocien con él su corona. Habrá que pactar.
Ante estas palabras, se formó un corrillo en el seno de su séquito. Uno de los secretarios se acercó a la reina y le habló al oído:
–Uno de los donceles dice haber acompañado a don Enrique al encuentro de un mensajero de Juan Mathe, y asegura que se halla en los calabozos del alcázar. Dice que don Enrique ha ordenado que se le practique tortura.
A la reina le cambió la expresión. Todo lo que pudiera ofrecerle Juan Mathe en ese momento sería bienvenido.
–Ocupaos de ese asunto con mi hermano, con rapidez y discreción –ordenó la reina.
Luego paseó la mirada por el resto.
–Anunciaré nueve días de luto. Nadie se acercará a Fernando, cerrad las puertas del alcázar. Es el tiempo que tenemos para sacarlo de Toledo. Escribiré una misiva al padre Leyva. Cuando cese el luto, convocaré a las Cortes en Valladolid, para dentro de dos meses.
Alfonso de Molina hizo un gesto de conformidad y de alivio.
A María le molestó esto último; no solía tomar decisiones a la ligera, y tampoco era intransigente, aceptaba los consejos de su círculo, sobre todo los de su hermano.
Aunque no le hiciera gracia separarse de su hijo, era consciente de que debía hacerlo por su propio bien y el del reino.
–Hay otro asunto –anunció su hermano antes de retirarse.
–¿Qué sucede?
–Los nobles y caballeros que han venido al funeral han pedido audiencia con vos. Todos desean jurar lealtad a Fernando, y a vos, como reina regente.
Agotada, aceptó enfrentarse a las exigencias de todos esos nobles que la tenían por mujer inexperta y consorte de adorno.
Sabía que uno de los primeros iba a ser Alfonso de Galcerán, caballero de la Hermandad de Talavera, un hombre de probada honradez, que puso a disposición del nuevo rey a los caballeros de su orden militar.
Luego juraría lealtad a la reina y haría sus peticiones, como todos.
Era el inicio de un nuevo tiempo.
La reina escondió las manos bajo el manto y sacó el anillo de su abuela.
No la había conocido, pero eran tantas las cosas que se narraban de ella que incluso su apodo se le quedaba pequeño.
Berenguela de Castilla fue mucho más que sabia o santa, no por nada se la llamó «la Grande».
María presentaría batalla, como lo había hecho ella, ante un reino resquebrajado y despertaría la llama de esa estirpe que yacía en su corazón.
El último destello luminoso de una Castilla abandonada a su suerte.
El infante Enrique entrelazó los dedos de las manos con aire reflexivo.
Sentado en una de las salas del alcázar, el anciano contemplaba los techos sin dejar de pensar en lo que venía.
El almogávar había desaparecido de la celda, y eso significaba que la reina tenía en su poder el mensaje de Juan Mathe de Luna.
Pero no sólo eso. Doña María había ordenado al menos nueve días de luto por la muerte del rey, días y noches que tenía intención de pasar en el alcázar de Toledo, sin que ningún vasallo, noble o consejero invadiera su intimidad ni la de los suyos.
Eso incluía al nuevo rey, a don Fernando.
Y él sabía que eso no era así. Él tenía a sus espías.
«Habéis apostado por una jugada arriesgada, alteza».
Desde siempre, en todos los reinos y reinados había habido gente como el infante Enrique de Castilla; hombres mezquinos, ambiciosos, cuyos anhelos casi siempre estaban por encima de la moral.
No obstante, el infante era un hombre que se consideraba tan inteligente como astuto.
Por eso se posicionaba como el primer aliado de la reina María, como el tutor necesario para su hijo Fernando. Él era la voz de la experiencia.
¿Para qué engañar? Todos los que conocían los entresijos de la corte y de la compaña del rey sabían que sus intenciones estaban íntimamente relacionadas con atesorar el poder regio.
Tal había sido su objetivo desde que volviera de Italia tras pasar veinte años en una prisión.
Desde antes de la muerte de Sancho, no había nadie que no hablara de eso en la corte, y bien sabido era que quien obtuviera la tutoría o la custodia del rey tendría el poder en sus manos. Hacia allí iba Enrique.
Frente a él, había un caballero que había jurado lealtad a la reina y al rey el día anterior.
Su cota de malla y su simbología le hacía recordar a los años de Berenguela la Grande, a 1212, cuando el Papa había hecho un llamamiento a la cruzada.
Cientos de caballeros como aquél, venidos de todos los confines de Europa, habían acudido a la cita.
La última gran batalla para vencer a los musulmanes.
Toledo se había llenado de bárbaros cristianos que no comprendían que los reyes del lugar permitieran la convivencia entre religiones.
Consideraban aquella mezcla de cristianos, judíos y musulmanes una aberración.
Tras la batalla y la victoria cristiana, muchas partidas de estos hombres del norte vagaron por la zona; sin embargo, no eran gentes que hubieran ido a poblar y a trabajar la tierra.
Sólo conocían un modo de ganarse la vida: la espada y el pillaje.
Así, durante décadas, muchas de estos grupos de malhechores llenaron los caminos en aquella extensión conocida como tierra de frontera.
Crueles y sanguinarios, no les importaba violar, matar y quemar aldeas con tal de conseguir un botín.
Se unieron en bandas de mercenarios sin honor para asegurarse el éxito de sus ataques.
Con el tiempo, los hombres honrados también se congregaron y fundaron hermandades para combatirlos.
Las más conocidas eran la Hermandad de Toledo y la de Talavera.
Alfonso de Galcerán había aprendido de su padre el arte de rastrear a los proscritos; sabía cómo se movían los almogávares y las partidas de hombres dedicados al robo y al pillaje, y les daba caza.
Nunca se cansaba de impartir justicia y de velar por la paz cristiana del reino, ajeno a las intrigas políticas.
El infante suspiró. Sabía que aquel hombre de honor era preciso para la misión que estaba a punto de encomendarle.
–Es un almogávar y conoce mejor que nadie los caminos del norte. Van hacia la Tierra de Campos. Debéis encontrarlo antes de que llegue al monasterio de Villar de Duero. Carga con algo muy preciado para todos nosotros.
–¿Qué es lo que porta consigo, alteza? –preguntó el caballero.
El infante y su facción lo habían alzado, vitoreado y proclamado rey por las calles de la ciudad.
Su prima, la reina, pretendía conservar el poder a través de Fernando; convocaría a las Cortes en Valladolid y sería nombrada regente y tutora.
Pero esa mujer había ido demasiado lejos.
Enviar al infante con un mensajero desconocido...
El reino estaba en manos de un almogávar.
–El almogávar viaja con el futuro rey. Alguien ha aconsejado mal a nuestra joven reina y le ha hecho ver que entregar al niño a un extraño podía ser una decisión acertada.
Dad caza al jinete y traed a don Fernando ante mí.
Sé que cumpliréis con vuestra misión, Galcerán.
En nombre de vuestra estirpe y de vuestros antecesores, por lealtad a la corona.
–¿Cómo podré reconocerlo?
–Porta una enorme cicatriz en el rostro. Lo reconoceréis.
Esa tarde, los cascos de treinta jinetes resonaron en la serranía de Toledo como tambores de guerra. Impetuosos, en una unidad arrolladora, cruzaron el puente y dirigieron su galope a través de una vieja senda. En busca, esta vez, de un único jinete.