Alma de Castilla IV
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IV

IV

El rey

La camarera ya tenía preparadas sus prendas de luto.

Esa mañana nadie hablaba. Todos parecían flotar como un nenúfar sobre un plácido estanque.

La reina se incorporó del lecho y se sentó en el tocador.

Frente a ella, un pequeño espejo con empuñadura de marfil.

A su lado, dedales de latón, alfileres, un peine, agujas, bandas, tocados, una diadema y algunos anillos.

Para un día como aquél, sólo le servía el que llevaba puesto: el anillo de su familia.

–Los grandes del reino os aguardan para ofreceros sus condolencias –la interrumpió su hermano Alfonso, y su voz pareció resquebrajar el gélido ambiente de la estancia.

La reina, sin embargo, se volvió hacia él con toda la calma del mundo.

–No quiero recibir a nadie, y menos a esos hombres.

Alfonso, lejos de mostrarse cercano, la miró con frialdad.

–No tenéis elección, alteza. Así lo manda la costumbre.

El caballero, que iba ataviado con un pesado manto, se giró hacia la puerta y se marchó.

María suspiró. A su espalda se situó al momento Constanza Salvatierra, que comenzó a acicalar sus cabellos para colocarle las bandas.

Ambas cruzaron una mirada a través del espejito que sostenía la reina en las manos.

–Sois la reina –susurró Constanza–. No debéis hacer sólo lo que vuestro hermano ordena. Ahora vos estáis por encima de todos nosotros.

–Lo que Alfonso dice no nace de su deseo, sino del deber. Tengo que cumplir con lo que se espera de mí.

–Eso es demasiado para una sola persona.

María bajó el espejo y se volvió para mirarla directamente.

–Por eso soy la reina.

Los nobles, prelados y ricoshombres se habían apiñado en el alcázar para ofrecer uno a uno sus respetos a doña María, quien, estoica, recibió sus manos y sus miradas, luchando consigo misma por no desvelar su dolor.

Esa mañana fría, María se negó a subir la cuesta de la catedral en una mula, pese a la insistencia del arzobispo de Toledo y de su primo, el infante Enrique.

Siguió a la procesión que portaba el féretro del rey a pie, en compañía de sus damas, que iban detrás de ella, y de los grandes del reino, nobleza y clero, que le mostraban su apoyo.

En su memoria quedaría el llanto de Toledo y el reflejo de miles de miradas.

Toda la ciudad salió a las calles para contemplar el paso de la reina viuda, que arrastraba su manto por el empedrado aún con escarcha.

Sólo se oían sus pasos y el repicar de las campanas.

Los estandartes y las insignias de Castilla y de León flameaban con el viento.

Sancho iba envuelto en enseñas, vestido con un jubón bordado con hilos de oro y un manto.

Su rostro al descubierto resultaba tétrico y desagradable.

Había perdido toda expresión, demacrado y sin apenas musculatura, su piel se había pegado a su cráneo, y se le marcaban las sienes, los pómulos y las cuencas de los ojos.

Sobre su cabeza reposaba una corona de oro.

María se preguntó cómo alguien había podido vivir dentro de ese cuerpo.

La catedral lloró con la entrada del féretro, y alguien gritó «viva el rey Sancho».

La nobleza y la clerecía allí congregadas habían llegado las semanas previas, advertidas de la inminente muerte del rey.

Se habían oído rumores, se formaban facciones; incluso los más próximos a la reina empezaban a tomar partido por los candidatos al trono.

María se preguntaba en quién podía confiar, cuánto duraría la tregua, cuánto tiempo pasaría hasta que fueran a por ella.

La subida por la cuesta hasta la catedral y el frío de la mañana despertaron sus sentidos.

Se dijo con seguridad que esa persecución ya había comenzado.

La catedral estaba abarrotada, y a su paso, algunas manos rozaron el féretro entre los lamentos de las plañideras y de los dolientes, que se arañaban el rostro por el dolor.

María bajó la mirada; consideraba indigno que el rey de Castilla se viera rodeado de lastimeras y rezanderas en su entierro.

A su lado, el infante Enrique parecía exultante de felicidad.

Fernando permanecía a su lado. El anciano era su primo hermano y, a la vez, tío de Sancho.

Enrique apenas había dormido esa noche llena de encuentros secretos con otros miembros de la nobleza.

«Intentará hacerse con la tutoría y apartaros de en medio».

Aún le resonaban las palabras de su esposo.

«Mi ventaja es que creéis que no sé de nada, para vos no soy más que una pobre reina viuda.

Y, cuando un adversario se dispone a cometer un desliz, es mejor no interrumpirlo».

Sancho le había enseñado a moverse en el juego de la corte, para bien o para mal, y ese aprendizaje había supuesto la muerte de su inocencia.

El final de su fugaz historia de amor. Porque la mujer que llegó a la corte pensaba que aquel idilio casi prohibido con el futuro rey era lo más importante para ambos.

Al menos, al principio. Pronto se daría cuenta de que para aquel hombre su presencia no iba a ser más que una de las tantas piezas dispuestas en un tablero político.

En lo más íntimo de sus pensamientos, unos que jamás revelaría, ni siquiera a Constanza, se escondía el consuelo avergonzado de que Sancho la había querido a su manera, pero la realidad le había demostrado que, si quería sobrevivir como reina, tendría que dejar atrás a la niña de Montealegre y convertirse en una fría estratega.

«¡Real! ¡Real! ¡Larga vida al rey Fernando!

». Las voces llenaban la catedral y el espacio fuera de ella.

Sin Sancho, el reino pendía de un hilo. ¿Quién debía reinar?

¿Era legítimo entronizar a Fernando? ¿Quién debía ser el tutor y el custodio de un rey niño?

Ante esos obstáculos, los nobles, prelados y ricoshombres se apresuraban a ir nombrando a cada uno de los pretendientes al trono, haciendo uso de toda la simbología que tuvieran a su alcance.

Nunca una sucesión era limpia y, en el plazo de un siglo, podían vivirse mañanas como aquélla, mañanas extrañas, escritas en las crónicas con tinta de oro o sangre, según si el pueblo se asomaba al abismo de la anarquía o al vacío de poder.

Una mañana en la que cada acción podía convertirse en un hecho trascendental para el devenir del reino.

–Alteza, venid conmigo.

El hijo de María tenía apenas diez años. El infante Enrique, el senador, fue el primero en alzarlo sobre una de las escaleras del altar de la catedral de Toledo.

–¡Real! ¡Real! ¡Larga vida al rey Fernando! –gritó.

La catedral por entera respondió enardecida.

La nobleza ovacionó a su nuevo soberano.

El arzobispo de Toledo le otorgó su bendición.

Los caballeros enarbolaron las insignias del reino con gritos y voces acaloradas.

Real, real. Larga vida. Como si se tratara de un hueco en el casco de una galea, los nobles cubrían el vacío con prontitud para evitar naufragar todos juntos.

Sancho había muerto de madrugada, y antes del mediodía siguiente los grandes del reino reconocían a Fernando IV como rey de Castilla, León, Sevilla, Jaén y Murcia.

El llanto de la mañana durante la entrada del féretro se tradujo después en gritos y algarabía.

La multitud agitó las palmas en celebración.

En un arrebato de entusiasmo y frenesí, el infante Enrique ordenó a los caballeros de la Hermandad de Talavera y de Toledo que siguieran a la guardia real y que escoltaran al rey Fernando por las calles de la ciudad.

María no tuvo tiempo de reaccionar. El infante tomó al niño de la mano y se marchó rodeado de cortesanos y aduladores.

En la lejanía, la reina observó cómo alzaban al pequeño para colocarlo encima de un corcel blanco enorme, gualdrapeado con un tapiz en el que se veían bordados los escudos de Castilla y de León.

Cuando los ballesteros trataron de hacer sitio para doña María, ella entendió la estrategia de su primo Enrique.

«La atención debe estar puesta sobre el niño.

La reina María no significa nada para la política del reino.

El poder yace en Fernando». Cruzó una mirada con su hijo, y vio pánico en sus ojos.

Incertidumbre. No sabía qué hacer, cumplía lo que alguien mandaba, lo que el anciano infante ordenaba.

Su cabeza aún era pequeña para ceñir la corona, y ésta reposaba ladeada sobre su frente, mal puesta, como una metáfora de ese momento, a punto de caer.

Una treintena de caballeros armados lo vitorearon y lo sacaron del templo con brusquedad, como muestra de su honra y de su recién adquirida hombría. Larga vida al rey.

Perdió de vista a su hijo entre el gentío.

En la confusión de los festejos, esos hombres le habían arrebatado a Fernando sin molestarse siquiera en disimular.

Ni tutora ni regente ni nada. El rey era de ellos, de todos ellos.

Atrás quedaba el dolor de la noche y de la madrugada.

El reino ya no lloraba la muerte de Sancho, Sancho era historia de Castilla.

Ahora se enaltecía al niño rey, el inicio de una nueva época.

Inundados de luz, los tapices en la sala del alcázar apenas eran distinguibles.

María no tenía ni hambre ni sed. Se sentía aletargada, a punto de ser vencida por el sueño, como en una extraña pesadilla.

A lo largo de aquel día eterno como una vida, su marido había fallecido, la corte lo había sepultado en la catedral y los nobles habían elevado a su hijo Fernando como nuevo rey.

María estaba sentada en el trono, en medio de la inmensa sala, en compañía de su séquito más cercano.

En la mano sostenía el anillo familiar al que adoraba como un amuleto de protección.

Necesitaba de toda su fuerza, ahora más que nunca.

Su hermano Alfonso se presentó ante ella, exhausto, e hizo una reverencia.

María sabía que llevaba más de un día sin dormir.