Alma de Castilla III #3
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III #3

María le peinó los cabellos de la frente, sin saber que nada de eso que tanto anhelaba su corazón sucedería.

Habrían de pasar muchos años para que la reina doña María escuchara el nombre de su hijo marcado por una maldición.

«Fernando, el Emplazado». Esa noche su hijo seguía siendo un niño que dormía tranquilamente y de vez en cuando tosía.

El médico y el maestre le habían dicho que lo hacía por imitación, por querer parecerse a su padre.

María sintió un nudo en el estómago al pensar que los destinos del reino dependían de la vida de aquel niño que un día se convertiría en hombre.

«Amado hijo, vuestro destino estará en ser rey o nada.

La corona o la muerte». No habría un término medio para el infante de Castilla.

María se acarició el anillo y pidió a Dios que le diera la fortaleza y el valor necesarios para afrontar la batalla que estaba a punto de librar.

–La carta va dirigida a su alteza, la reina –dijo el almogávar con voz rasgada.

El extraño mensajero esperó a que su hermano, el infante Alfonso, leyera la misiva.

María era sensible a hombres como aquel jinete.

Un caballero alejado de las costumbres de la corte, cuyo único deseo era regresar al hogar.

Alguien difícil de engañar. Pertenecía a esa clase de gentes que rechazaba los paños tibios, con la que había que ir con la verdad por delante.

Se fijó en sus ropajes raídos de aspecto montaraz; en sus botas de cuero sucias por el barro; en su cota de malla.

Aquel jinete almogávar era un hombre de frontera.

Elevó la vista paulatinamente hasta su rostro; ni la barba ni la toca conseguían ocultar las inquietantes cicatrices que le partían el rostro por la mitad y le desfiguraban la expresión.

El mensaje que portaba hablaba por sí solo.

–Puedo asegurarle, alteza, que el hombre que os entrega esta carta es alguien a quien confiaría mi propia vida y no dudaría en confiarle también la de vuestra merced.

Caballero de probada honradez y valía, bien daría la vida por su palabra y, más aún, por un juramento que llevara su nombre.

Que su semblante demudado no supedite vuestra confianza hacia él –susurró su hermano.

–Alteza –repitió María para sí.

La carta debería haber ido dirigida a su esposo, pero el rey ya no estaba. Tumbado sobre el lecho, su rostro había perdido toda expresión, su esencia había desaparecido. Sancho había muerto.

El encargo para el almogávar era más de lo que cualquier caballero del reino estaría dispuesto a aceptar, y la paga no era más que la honra.

El jinete habría de escoltar al nuevo rey al norte.

Al monasterio franciscano de Villar de Duero.

Y, como la vida del infante corría peligro, habría de hacerlo a escondidas, de incógnito, a través de senderos secundarios y de rutas poco transitadas.

¿Quién aceptaría portar sobre sí los destinos de un reino dividido en la persona de un niño atrevido y poco dado a la obediencia?

¿Quién estaría dispuesto a jugarse la vida y la reputación por llevar a un rey hasta la Tierra de Campos?

Aquel almogávar parecía ser la última esperanza de la reina.

María lo había consultado con su hermano Alfonso.

«Los nobles esperan a ver cuál será el movimiento de nuestra pieza en el tablero.

Yo digo que escondamos esa pieza, que ganemos tiempo.

Llevad al infante al norte, bajo la custodia del padre Leyva, que siempre ha sido fiel a la causa de nuestra familia».

¿Era consciente su hermano de lo que significaba esa petición?

¡Qué sencillo era para los hombres hablar de piezas, tableros, jugadas, causas, familia...

! ¿Es que no se daba cuenta de que hablaba de su hijo?

No había ninguna pieza. Era Fernando, su segundo vástago.

«Arrancarlo de mi lado para salvarlo...».

Tres días habían pasado desde la muerte de Sancho.

El pueblo había aclamado al infante tras el funeral como nuevo rey de Castilla, a gritos de «¡Real!

¡Real! ¡Larga vida al rey Fernando!». Hombres, bandos y facciones iban a disputarse la custodia y tutoría hasta que cumpliera la mayoría de edad, una edad indeterminada, pues nadie sabía cuándo un muchacho estaba preparado para reinar. Tal vez nunca lo estuviera.

La vida había cambiado mucho desde que Sancho enfermara.

Las reuniones con el Consejo ya no eran lo mismo, los hombres dudaban, y el rey iba perdiendo poder día a día a medida que crecían las dudas de los nobles.

¿Podrá continuar? ¿Hasta cuándo seguirá siendo Sancho el Bravo antes de que pierda el juicio a causa del dolor?

Repentinos ataques de tos, sangre en la ropa, mareos, vómitos, pérdida de fuerza.

Comenzó a empeorar. Para sus rivales, pérdida de hombría.

María era su único baluarte, el bastón con el que mantenerse en pie.

La reina antes que cualquier otro hombre.

Y así fue, pues Sancho dictó que fuera ella la tutora y custodia de su hijo.

No era tal la tradición, sino que había recaído siempre en los familiares varones del infante, mientras que las reinas regentes y consortes se veían devueltas a la sombra de su condición.

Pero María, no. Aunque otros candidatos tuvieran incluso mayores razones para reclamar el trono o la custodia del nuevo rey, nadie podía decir que doña María de Molina, reina de Castilla, no era la legítima protectora del espíritu del reino por derecho propio. Derecho regio.

–Su alteza debe encomendaros una tarea –le dijo su hermano al almogávar.

–Estoy al servicio de la reina –respondió él.

–No se trata de algo sencillo, caballero –insistió Alfonso.

–Dudo que exista en esta vida alguna tarea sencilla.

Alfonso lo miró con preocupación.

–Ésta requiere de fuerza, sutileza y discreción.

El visaje del almogávar se ensombreció.

–¿Qué debo hacer?

Mientras Alfonso explicaba al jinete las secretas instrucciones, la reina fijó la mirada en sus ojos oscuros –uno de ellos casi oculto tras las marcas de sus heridas cauterizadas– y se lo imaginó como una criatura salvaje, siempre en alerta; un zorro o un lince que conoce los caminos y olisquea el peligro.

Sintió un profundo agradecimiento por su sacrificio.

Más allá de la importancia política que pudiera significar escoltar al rey al norte, la reina pensaba de un modo más llano: le estaba entregando a su hijo.

¿Estaría dispuesto aquel hombre que ocultaba el rostro –por vergüenza o respeto– a culminar su labor hasta las últimas consecuencias?

En ese momento, el almogávar hincó la rodilla, a la vieja usanza, y juró cumplir con su cometido, aunque aquello lo arrastrara a la muerte. Aciago presagio traería consigo esa promesa.