III #2
–Vuestra estancia y la de los infantes están como lo habéis pedido, alteza.
–¿Y Fernando?
–Con doña Constanza, mi señora. Juan, vuestro criado, se quedará en el corredor para cualquier otro menester que sea de vuestro agrado –dijo la camarera.
–Ahora deseo estar a solas.
La camarera y el criado hicieron una reverencia y se retiraron.
No podía dejar de pensar en las últimas palabras de Sancho sobre su lecho de muerte.
«Regente y tutora». Una corriente de aire gélido proveniente del exterior cruzó el umbral antes de que el criado cerrara la puerta.
Un libro de horas era la única compañía de la reina en esas noches oscuras, abandonada a su soledad.
Se sintió frágil. Sentía su corazón encogido.
La reina se sentó junto al fuego, con mantas de lana sobre el regazo, y permaneció un tiempo contemplando la madera ardiente sin decir ni una palabra.
¿Qué puede decirse cuando se espera a la muerte, cuando el futuro dependía de un único momento, y éste se había dilatado tanto en el tiempo, cuando se sabía de antemano que sería trágico y doloroso?
¿Qué se hace cuando se es consciente de que se cabalga hacia una derrota incontenible?
Su matrimonio se había construido como una casa sin cimientos.
Dos jóvenes inexpertos, enloquecidos de amor, que se amaron con rabia y con locura sin atenerse a las consecuencias.
Cuatro pontífices les habían negado la dispensa papal para legitimar su enlace, ahora roto por la muerte.
Lo mismo daba. Sobrino y tía condenados al infierno por pecar, por perseverar.
Y aquélla sería la excusa de la nobleza castellana para rebelarse contra su reina viuda.
–Soy la memoria de mis antepasados –susurró la reina.
Lenguas de fuego se reflejaban ahora sobre su piel traslúcida.
María hundió las manos bajo el calor de la manta, con el anillo entre sus dedos.
Sancho vivía sus últimas horas. Más que dolor o melancolía por su próxima pérdida, María sentía decepción, casi rabia.
«¿Por qué, Sancho? ¿Por qué ese empeño en ser rey?
¿No os bastaba simplemente con ser un infante, con llenar vuestros días conmigo y vuestros hijos, sin ambiciones de conquistas ni poder?
Qué felices habríamos sido siendo leales a la causa de vuestro sobrino, el hijo de vuestro hermano.
Qué dicha no cargar con el legado de la corona a cuestas, paseando la idea de Castilla de villa en villa, como feriantes.
¿Por qué no os echasteis a un lado? Qué fácil habría sido todo lo demás... ».
Tras los desposorios, María descubrió que el hombre al que había unido su destino estaba dispuesto a asesinar a medio reino con tal de obtener la corona.
Y tampoco comprendió a su suegro. «Qué necio fuuisteis, mi buen rey Sabio, que os dejasteis presionar por vuestra reina Violante, o tal vez por la lengua sibilina de algún consejero con oscuros intereses».
Pronto María vio que el rey Sabio perdía el sentido de la justicia y de la razón.
¿Es que no conocía a su hijo Sancho ni se imaginaba cuál sería su respuesta?
¿O pretendía que éste se sometiera a su sobrino de buenas a primeras, después de haberlo nombrado sucesor en primera instancia?
«¿Cómo habéis podido ser tan ingenuo, alteza, tan estúpido?
¿De verdad pensasteis que la reina Violante tenía la razón, dispuesta como estaba a llenar Castilla y su corte de aragoneses? ».
Sancho y sus padres quedaron enfrentados para siempre.
Violante no se molestó en esconder su odio hacia María, esa niña ingrata que le había trastocado los planes.
No tardó Sancho en ser conocido como «el Bravo», que recorrió de punta a punta todos los reinos de su padre hasta hacer efectivo su poder regio.
María fue tras él en cada viaje, en cada recorrido, como su palafrenera, su flor del norte.
Ya estaba demasiado implicada. ¿Qué noble iba a negar el derecho al trono a un infante alto como un pendón, vestido con cota de malla de cuerpo entero, adarga y lanza, a lomos de un corcel, dispuesto a dar la vida por su reino?
–No os rebeléis contra vuestro padre, hablad siempre de él como vuestro rey, mostrad respeto y lealtad, y los suyos os seguirán llegado el momento –le aconsejó María.
Sancho, que en un primer momento había pensado con aires de guerra, siguió el buen consejo de su esposa.
–Acoged a su compaña y, sobre todo, a quienes han sido más fieles a su causa, recompensad su lealtad –le dijo María, y Sancho procuró no olvidar sus palabras.
Y tal hizo: amparó a los nobles y consejeros que habían sido leales a su padre y les mantuvo todos sus privilegios. Sin embargo, se mantuvo implacable con el resto; no hubo perdón posible para los infantes de su hermano mayor, sus sobrinos.
Con el tiempo, María le enseñó la importancia de los trovadores y de los músicos en la corte, a quienes pronto llenó de privilegios.
Su compaña se llenó de literatura y de ciencias, y atrajo a poetas, a astrónomos, a médicos.
También fue suya la idea de que mantuviera de su lado a los monasterios y conventos, que los ayudara a salir adelante, les otorgara privilegios y exenciones de pagar impuestos, sobre todo a aquellos a los que apenas les daba la tierra para comer.
Sancho era duro de entendederas, como un tocón de madera, pero siempre acababa por entrar en razón.
María descubrió así que su rey carecía de conocimiento en muchas materias y le costaba dominar su temperamento pero era listo como un lince.
Ahora, a Dios se entregaba en su sagrado plan y se acogía a su misericordia, pero deseaba tanto que no le hubiese arrebatado a su rey tan pronto...
Sancho había vivido sólo media vida. ¿Quién le devolvería la otra mitad?
¿A quién debía reclamar la soledad que le aguardaba?
Sancho estaba a punto de irse. María se quedaba sola, con una corona de cristal sobre el regazo, y, tal y como le había sucedido a su abuela, la Grande, abandonada a su suerte.
De regreso a los aposentos de la reina, Llamaron a la puerta.
Al instante, un paje abrió con cuidado, y una brisa gélida acarició el rostro de María, al tiempo que helaba su corazón.
La reina se puso en pie, en muestra de su entereza.
Desde el umbral se precipitaron el arzobispo de Toledo y algunos consejeros y ricoshombres, que no tardaron en hincar una rodilla frente a ella.
Reina regente. Reina viuda. Su aciago destino se había consumado.
–Alteza, el rey nos ha dejado en paz y serenidad. Dios, nuestro señor, lo tenga en su sagrada gloria.
El arzobispo bajó la mirada en señal de respeto.
Serena, María cruzó la sala con paso calmo, contemplando a los siervos de su difunto marido, vestida con la fuerza de su abuela, como madre y protectora de esos hombres temerosos de un futuro incierto, en una actitud que demostraba que la reina de Castilla estaba por encima de la congoja y de la angustia que se les permitía a los vasallos.
–Caballeros, haced el favor de traer al infante a mis aposentos.
Eso fue lo único que ordenó, en un tono tan frío como aquella noche toledana de finales de abril.
* * *
Sancho murió de madrugada, y el reino se partió en varios trozos, como si a alguien –o a él mismo– se le hubiese escurrido una Castilla de las manos y sus restos hubiesen quedado en el suelo, a merced de saqueadores.
Mientras contemplaba al rey sin vida en el lecho, rodeado de sus vasallos más próximos, María vio ante ella los recuerdos de esos últimos meses como en una procesión fúnebre.
«Somos una corte errante que vaga en pos de la muerte», se decía.
«Somos una agonía dilatada en el tiempo, como un árbol herido que se pudre al costado del río».
Zamora, Toro, Valladolid, Burgos, Alcalá y, por último, Toledo.
Un recorrido escogido por el propio Sancho, que se había negado a morir hasta llegar a la ciudad que lo había coronado y donde recibiría sepultura en su catedral.
* * *
Fernando tosió, como de costumbre. Volvió entonces el rostro de cara a la chimenea, y su respiración, poco a poco, regresó a la calma.
La madre contempló al hijo, dormido sobre su lecho, y recordó la sensación de tenerlo en el vientre.
El de Fernando había sido un embarazo tranquilo –mucho más que el de Isabel– que presagiaba a un niño sosegado, tal vez obediente, tal vez curioso.
Pero los misterios de la vida eran únicos.
Ese infante que acababa de cumplir diez años era un niño rebelde, irreverente como su padre, tan enérgico como enfermizo.
Pero María lo amaba así. Su hijo era como una extensión de su propio cuerpo.
A veces, le parecía que se escuchaba a sí misma en las inflexiones de su voz.
En otras ocasiones, sentía que estaba ante un extraño.
La parte de Sancho, la llamaba ella, esa parte oscura de Fernando, la que apenas se veía.
«No haré de vos un monstruo, un conspirador, un asesino de contrarios. Seréis alguien honrado, un hombre de principios, un hombre justo. Respetaréis a vuestros enemigos y premiaréis con justicia a aquellos que os sigan».