III
III
El mensajero
–El rey va a morir.
María dejó que el eco de sus palabras decayera con la lentitud del vuelo de una pluma hasta alcanzar un silencio pesado, un vacío angustioso, que serviría como antesala de la verdad. El rey iba a morir. La reverberación retumbó como una losa sobre la piedra.
Constanza se admiró una vez más de la mujer que tenía frente a sí, osada y decidida, por atreverse a hablar, por llamar a las cosas por su nombre.
La compaña había conseguido llegar a Toledo gracias al empeño de la reina, que ahora permanecía allí, en pie, con la mirada cristalina, incapaz de ceder al dolor que tanto la afligía.
–¿Cuánto ha cambiado el rey en los quince años desde que lo conozco?
–Supongo que todos hemos cambiado con el tiempo, mi señora. El reino entero llora el destino del rey.
La reina volvió la mirada hacia Constanza, como si al fin hubiese encontrado las palabras necesarias para expresar lo que llevaba dentro.
–Ojalá pudierais notar lo que siento. No hay pena ni tristeza en mi corazón; no hay más que rabia, algo que no consigo quitarme de encima.
–¿Qué os atormenta, alteza?
María se preguntó entonces cuándo o dónde el rey se había dado cuenta de su triste destino. Su empeoramiento había sucedido como el paso de un buey, lento pero constante, firme e irreversible. Igual que con la pasión de ambos, desaparecida ya en la lejanía del camino.
–No temo a la muerte, Constanza, sino al tiempo.
El tiempo como juez implacable. Todo lo que toca lo deteriora.
Lo marchita, lo priva de su brillo y de su lucidez.
Como las flores, el amor o el matrimonio...
, y ahora el reino. El tiempo desgasta a las cosas y a las personas, y maltrata los recuerdos. El tiempo lo vuelve todo cenizas.
María mantenía una lucha interna por mostrarse entera.
A duras penas consentía la compasión de los demás ante su esposo, a quien poco a poco se le extinguía el brillo de la vida.
En las últimas semanas Sancho parecía haberse encogido; se había vuelto torpe, las manos le temblaban, incapaces ya de sostener una espada.
A veces, en los días buenos, demostraba que su voz seguía siendo capaz de llenar una estancia y de emanar el respeto de sus vasallos, lanzaba gritos y soflamas; sin embargo, eran más las ocasiones en las que, invadido por un ataque de tos terrible, languidecía, como si el diablo le hubiera llenado los pulmones de sangre.
Rápidamente, los criados eran despachados, al igual que los nobles y los consejeros, «todos fuera, que el rey necesita estar solo», incluido el médico, el maestre y el físico.
Sancho, derrotado de antemano, no quería recibir esas miradas de compasión envenenadas que le dañaban por dentro.
La única que se quedaba ahí para atenderlo era su flor mustia del norte, sólo ella tenía permitido ver el macabro espectáculo de un rey que perdía día a día su dignidad.
* * *
Una de las últimas noches que habló con el rey en Toledo, un aire pesado recorría la estancia y hacía temblar las velas y los cirios, como si de algún modo la melancolía hubiera cobrado esa forma etérea y pudiera percibirse con el tacto de la piel y escociera los ojos.
Constanza se encontraba junto a la reina María en una esquina de la sala, ocultas en la oscuridad, en actitud solemne.
Frente a ellas, la compaña más próxima al rey contemplaba con desasosiego cómo se consumía en su dolorosa enfermedad.
El lecho parecía enorme en comparación a Sancho, que descansaba en medio, enjuto y macilento.
Ya no era más que unos cuantos huesos unidos a través de una delgadez indigna. El rey tenía el rostro de un cadáver.
La estancia se había llenado de caballeros.
Allí estaba el consejero del rey, el arzobispo de Toledo; también su tío, don Enrique de Castilla, más algunos nobles de importancia, prelados y ricoshombres, físicos y maestres.
Y a su lado, junto al lecho, obligado por su madre, el infante Fernando, vestido con una túnica corta, en compañía de su aya.
Reina y dueña permanecían de pie, sin mudar de expresión, con las manos sobre el regazo, apartadas del resto.
Todos los presentes demostraban –o lo pretendían– dolor, compasión, constricción, solemnidad.
Una vez más, Constanza sintió una profunda admiración hacia su señora.
María se mantenía digna en su papel de reina inmune a los avatares de la vida, pues bien había aprendido el comportamiento de los hombres.
Cada uno de los nobles cumplía con lo debido en aquella liturgia: demostrar dolor como prueba frente a los demás, porque, para los hombres, la angustia señalaba su honradez.
Para la reina, como cualquier mujer, era lo contrario.
Una lágrima o un lamento sería tomado como un signo de debilidad.
Y no estaba dispuesta a ofrecer eso a nadie.
En espera de la muerte del rey, las nuevas cartas de juego estaban prontas a ser repartidas.
La reina, consciente de esto último, hacía mucho que había pasado el duelo por Sancho.
Desde la conversación privada con la reina, Constanza había asumido el rol de confidente y consejera y no se había separado de su lado.
Tardes y noches enteras de charlas y planificaciones.
El reino después de Sancho iba a ser un caos.
María era un ejemplo de silencio y rectitud, esgrimido mediante una actitud casi monacal, pero pocos conocían su audacia política y la red de espías leales que había forjado en la corte.
Estaba preparada para lo que estaba por venir.
–Todos anhelan en silencio su pronta partida –susurró María.
En ese momento, el infante don Enrique acercó su oído a la boca del rey. El anciano consejero escuchó con atención las palabras de su sobrino. Luego se dirigió a los presentes con su voz carrasposa:
–El rey desea unas palabras con la reina en privado.
Uno a uno, los cortesanos abandonaron la estancia.
Sancho observó a María a través de sus cuencas huesudas y le hizo un gesto para que se aproximara.
En la sala sólo permanecieron el infante Fernando, el infante don Enrique, Constanza y algunos pajes y criados.
La reina escuchó a su esposo y luego habló para los presentes.
–El rey quiere estar a solas.
El aya del infante hizo una reverencia y se marchó con Fernando. Los pajes cruzaron el umbral. La reina desvió la mirada hacia el tío del rey, que no parecía pensar en moverse de allí.
–Vos también, don Enrique.
El anciano aguardó un instante antes de inclinar la cabeza y abandonar la sala de mala gana. La reina se sentó en una silla junto al lecho y tomó la mano de Sancho.
–Mi reina.
La voz de Sancho sonó más firme de lo esperado. María se irguió en la silla. Su esposo cerró los ojos un momento antes de continuar.
–A mi muerte, toda la nobleza probará asaltar el trono.
Estáis asediada. Espero que el ejemplo de lo ocurrido en Tarifa os fortalezca.
Si permanecéis firme, podréis hacer prevalecer el reinado de nuestro hijo Fernando.
Los partidarios de mi madre y de los hijos de mi hermano Fernando de la Cerda irán a por vos.
Desde hacía unos meses, ante la falta de fuerzas del rey, María se había hecho cargo de las decisiones del reino.
Había confiado la guerra de Andalucía al camarero mayor, Juan Mathe de Luna, y al maestro de los sellos, el canciller de la Poridat, Fernán Pérez, hombres de probada nobleza y honradez para los asuntos del reino.
–Estoy muy al tanto de a lo que me enfrento.
–Seguro estoy de ello. Sin embargo, hay algo que debéis saber: la alianza con Aragón es una farsa.
María guardó silencio. No quiso revelarle que su primogénita finalmente no se casaría ni llegaría a portar la corona de Aragón.
–Hace mucho tiempo que he perdido la confianza en don Jaime.
–Y la alianza con Portugal está rota. Mi sobrino, el rey Dionisio, ha sido embaucado por mi hermano, el infante Juan de Castilla.
«El traidor», añadió María para sí. La traición, siempre presente, como el aire que respira el poder.
–Los Lara y los López de Haro se rebelarán y se unirán a la causa de mi hermano, el infante Juan.
Buscarán proclamar a un nuevo rey. Sin embargo, tenéis a un enemigo mucho más cerca, a uno que dice ser aliado.
Y éste intentará hacerse con el poder más pronto que tarde.
Debéis tener cuidado... Aquel que ostente el cargo de custodio del infante Fernando, como heredero tendrá el poder absoluto del reino, de él dependerá la regencia...
Sabéis a quién me refiero. Él intentará hacerse con la tutoría y reinar desde las sombras, y querrá quitaros de en medio.
María aún guardaba silencio. Sabía de quién hablaba.
–¿Qué es lo que proponéis, alteza? –El tratamiento formal guardaba una extraña cercanía y ternura atesorada con los años, quizá lo único que quedaba de ellos.
Sancho apenas podía seguir hablando. Sus siguientes palabras más fueron un ligero susurro, que sonaron más al delirio de un moribundo que a la ordenanza de un rey.
–En Alcalá dicté al arzobispo de Toledo mi testamento.
–¿Y qué es lo que habéis decidido?
–Que vos seáis la única regente del reino y tutora del infante Fernando.
María se quedó perpleja. La había escogido a ella, por encima de todos.
Sancho no apartó los ojos de ella.
–Seréis la única protectora del reino, doña María. La regencia y el poder estarán en vuestras manos. Que Dios os acompañe en esta ardua travesía.
En los ojos de la reina se reflejó la tristeza de saber que había alcanzado el final del camino.
Aquella batalla que se había iniciado incluso antes de que se casaran iba a tener que continuarla ella en solitario.
«Regente y tutora». ¿De qué manera iba a defender a su hijo Fernando de toda la corte?
María contempló al criado alimentar el fuego mientras la camarera lo observaba con ansiedad. Le dio una orden en voz baja. Luego la mujer se dirigió a la reina.