II #5
El gesto alegre de María se desvaneció poco a poco.
Aquello era mucho decir. Cuando se miraba al espejo, no veía más que a una joven cualquiera con gran linaje escondido en los ojos o en la forma de sus manos.
A ojos del mundo, no era más que la segunda hija de la tercera esposa de un infante que ya no estaba y cuya familia se había visto desplazada lejos del centro de poder.
Estaba en la cornisa del olvido. Poco importaba el pasado cuando otros eran los dueños del presente.
Ella no era nadie. Su hermanastra mayor, Blanca, hija de la primera esposa de su padre, había heredado el señorío de Molina.
Juana, su segunda hermanastra, era la esposa del señor de Vizcaya.
Su hermano Alfonso estaba presente en la corte y heredaría el señorío de Montealegre y de Meneses.
¿Qué quedaría para ella? Sólo entonces comprendió la forma en la que la había mirado su madre antes de partir a la corte. Ella también se preguntaba lo mismo.
* * *
Cabía esperar que Juana o su prima María volvieran a invitarla a la corte con motivo de algún enlace, fiesta o torneo.
Pero, seis semanas después de su regreso, María no había tenido más remedio que habituarse nuevamente a su vida en la Tierra de Campos.
Le daba muchas vueltas. Temía que su comportamiento hubiera levantado sospechas acerca de su carácter o educación y que, por alguna razón desconocida, su hermanastra, su prima o la propia reina no quisieran verla por allí.
Un día, retornó María con Constanza y su ama de uno de sus largos paseos por el campo.
En el gran salón del castillo se encontró a su madre en compañía de su hermano Alfonso, que acababa de llegar de la corte, aún con ropajes de viaje.
María se lanzó a sus brazos y lo saludó con alegría.
Alfonso, en cambio, no mostró tan buena cara.
–¿Qué es lo que le habéis dicho al infante Sancho? –exigió saber su hermano nada más verla.
Su rostro reflejaba ansiedad y preocupación.
–¿A qué os referís? El infante y yo hablamos de muchas cosas.
Su hermano puso mala cara.
–Sancho ha vuelto de la guerra en Andalucía, y lo primero que ha hecho nada más entrar en el alcázar ha sido preguntar por vos.
María intercambió una mirada con Constanza y otra con María Fernández Coronel, su ama. Se sentía tan halagada como sorprendida, pero pronto la expresión de su madre hizo que la joven borrara la sonrisa.
–No sé qué decir.
Doña Mayor se puso frente a ella y habló, seria:
–Sancho de Castilla ha roto su compromiso con Guillerma de Moncada, desobedeciendo las órdenes de su madre. El infante ha pedido veros. Si no aceptáis su invitación, ha prometido venir él mismo a por vos en su corcel.
–Iré a la corte si es lo que deseáis para mí, madre.
–¿Iréis, decís? –las interrumpió Alfonso, que mucho había aprendido en sus largas estancias en aquella corte itinerante–.
No sabéis a lo que os enfrentáis, querida hermana.
El hermano de Sancho, Fernando de la Cerda, ha muerto hace poco.
Hasta ahora, el rey Sabio parecía dispuesto a que su segundo hijo, Sancho, heredase los títulos y el reinado, pero, sin embargo, la reina Violante ha decidido permanecer del lado de su nuera viuda, Blanca de Francia, hermana del rey francés.
Pretende que sean los hijos de su primogénito los que hereden la corona de Castilla.
Ha pedido ayuda a su hermano, el rey Pedro de Aragón, para que proteja a doña Blanca y acoja a sus hijos, al tiempo que intenta unir lazos entre Castilla y Aragón casando a Sancho con Guillerma de Moncada.
–¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
–Que a Sancho se le ha puesto entre ceja y ceja que debe desposar a una dama castellana y reclamar el trono de su padre.
–¿Qué...? ¿Cómo?
Alfonso miró a su hermana con el reflejo del miedo en sus ojos.
–El futuro rey de Castilla ha elegido a su reina. ¿Es que no os habéis dado cuenta?
* * *
A su regreso a la corte, María tuvo miedo. ¿Qué iba a hacer si se cruzaba con la reina Violante? ¿Qué pensaba decirle? Su madre, Violante de Hungría, había muerto a causa de unas fiebres cuando ella apenas tenía quince años, y se decía que eso había marcado su carácter severo.
El ambiente festivo se diluía a cada paso.
En la corte reinaba una atmósfera adversa, una guerra de bandos donde cada uno de los componentes se posicionaba en función de sus propios intereses.
No en balde, Alfonso X el Sabio vivía presionado por la reina y por Aragón, y desafiado por su propio hijo Sancho.
Esta vez, Juana la saludó con desapego. Se ocupó de ella, desde luego, pero María comprendía que ya no era lo mismo y nunca más podría serlo. La relación con Juana, a partir de ese momento, sería de pura desconfianza. ¿Qué había sucedido?
Fue Constanza quien se enteró, a través de los rumores, de que su prima, María de Meneses, hasta entonces amante de Sancho, había sido enviada a un convento junto con sus dos hijas.
La vida en la corte había cambiado, sobre todo para Juana.
Alguien había despejado el camino para María, y sólo quedaba gestionar un único asunto.
Sancho y ella siempre serían sobrino y tía. Estaban condenados al pecado.
* * *
El encuentro se propició en el palacio de La Magdalena, en Valladolid.
Fue en una sala privada con decoración mudéjar en la que estaban presentes su hermano Alfonso, su ama María Fernández Coronel y su doncella Constanza Salvatierra.
Como en cualquier corte, por pequeña que fuera, se simuló un acercamiento casual.
Ésa fue la primera vez que María sintió algo por él.
Lo primero que percibió fue un aroma a lavanda proveniente del corredor.
Sancho llevaba el cabello revuelto y una sonrisa de oreja a oreja.
Vestía una cota de malla de cuerpo entero y acababa de dejar su montura.
Había salido al galope en cuanto supo que doña María había llegado a Valladolid.
Entró de súbito junto con dos caballeros, que se quedaron a un lado, y las damas realizaron una reverencia al momento de verlo aparecer por el umbral.
Rápidamente Sancho cruzó la sala e hincó una rodilla frente a María. Le cogió las manos con devoción.
–Ansiaba volver a veros, querida tía.
Sancho era tan corpulento que incluso de rodillas ambos tenían los ojos a la misma altura. A María le hizo gracia esto último, y dejó escapar una amplia sonrisa, cosa que complació al infante.
–Yo también esperaba volver a veros pronto, sobrino.
–Vuestros ojos reflejan un continuo amanecer –dijo Sancho, sin dejar de mirarla, como si acabara de descubrirlo.
–No soy digna de los halagos que me ofrecéis, alteza.
–Al contrario –repuso Sancho–. Vos sois más digna de halagos que yo, incluso, hija de reyes. Vuestros ojos emanan la luz de Castilla. He pedido este encuentro para deciros que he roto mi compromiso con aquella dama gigante. Teníais razón.
A María le divirtió aún más esto, y sobre todo cómo lo dijo, y tuvo que taparse la boca con una mano. Sin embargo, sus ojos no pudieron ocultar su travesura. Sancho le sonrió ampliamente, mostrando una hilera de dientes blancos, satisfecho de que sus palabras hubiesen causado el efecto deseado.
–¿En qué decís que llevaba la razón? –murmuró ella cuando se repuso.
–En que el futuro rey de Castilla debe casarse con una dama castellana. ¿Quién, si no, protegerá al reino y me ofrecerá consejo?
–¿Y en quién habéis pensado para tal cometido?
–En vos, ¿en quién, si no?
María bajó la mirada con una sonrisilla en los labios. Sancho seguía de rodillas, sin dejar de mirarla. La joven miró a ambos lados, para ver si alguien más los había oído. Se moría de vergüenza.
–¿Qué decís, pues? –insistió él, sonriente–. ¿Os casaréis conmigo?
–Sabéis que no podemos hacerlo, don Sancho. Somos familia –susurró ella.
Para Sancho aquello no era más que un problema menor. Se acercó un poco más a ella.
–Pediré la dispensa pontificia. Nada podrá detenernos.
Para mí sois mi única reina, doña María.
Mi flor del norte. Os amo desde el primer momento en el que os vi y escuché vuestra risa.
Me esperan días aciagos como rey, y espero que estéis vos a mi lado para acompañarme. Sabéis que no puedo hacer esto yo solo.
–¡Ni siquiera sois rey todavía!
–Pero lo seré –dijo Sancho, sonriente–. Algún día lo seré.
María alzó la mirada, sin borrar esa sonrisa traviesa que enmarcaba su rostro, y se encontró con los ojos oscuros de Sancho.
Notó que llevaba entre sus ropajes una ramita de lavanda.
Ligereza del destino. La flor y el lobo.
Sin importarle que hubiera nadie más en la sala, ella dio medio paso hacia él y le cruzó los brazos por el cuello; al tiempo, Sancho la rodeó por la cintura.
Sus labios no tardaron en encontrarse, unidos en un único aliento, como si desde siempre se hubieran amado, en otro tiempo, en otra vida.
María y Sancho, jóvenes perdidos el uno por el otro por el deseo y el amor.
No eran conscientes de lo que les deparaba aquella comprometida decisión.