Alma de Castilla II #4
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II #4

Doña Mayor mandó comprar algunas varas de paño fino traído de Francia, y pidió a las bordadoras que fueran al castillo y trabajaran día y noche en las prendas que llevaría María a la corte.

Además, la obsequió con parte de su joyero y ajuar personal.

Y lo hizo con orgullo, pues María representaba a una familia con enormes lazos con la familia real y con la orden de Calatrava, de la cual don Alfonso había sido caballero.

Su padre había sido hermano del rey Fernando el Santo, por lo que era tío del rey Alfonso el Sabio.

Esto último convertía a María en prima hermana del rey y en tía de Sancho, el padre de su ahijada.

María marchó a Toledo con un armario más que decente para una joven noble y en compañía de un séquito dirigido por el hijo mayor, Alfonso, futuro señor de Montealegre y Meneses.

Con él iban un camarero, un despensero, una lavandera, dos oficiales y tres ayos, su ama, María Fernández Coronel, y, por supuesto, su doncella, Constanza Salvatierra.

–Sólo hay una oportunidad de causar una buena impresión –le dijo su madre al despedirla a las puertas del castillo–. No la fastidiéis. Y no sonriáis tanto. Volveréis en una semana.

Sin más, María recibió un beso en la frente y el mandato de rezar todos los días a Dios.

* * *

Sancho era un infante irreverente que sólo hallaba algo de sosiego en la caza y en la guerra.

Nadie podía negar que era apuesto. A diferencia de sus hermanos, no se parecía tanto a su padre el rey Alfonso y sí a su madre, la reina Violante: de rasgos varoniles, aunque no tan marcados.

Sancho era un joven de espíritu inquieto, enérgico, en constante búsqueda de demostrar su honra y su valía.

Pero ninguna de estas cosas atraía a María y, cuando lo vio por primera vez, en la ceremonia, frente a la pila bautismal, no sintió ningún encantamiento.

Al contrario. Le pareció un joven noble tosco, con el cuerpo demasiado grande, que olía a madera quemada y a sudor de caballo.

María fue recibida en la corte por su hermanastra Juana, quien se ocupó de todo y, además, la presentó como era debido.

Tanto doña Juana como su prima, doña María, le sacaban casi quince años a la joven y se sentían felices de tenerla bajo su protección.

Ella, por su parte, se alegró de volver a verlas, y juntas tuvieron tiempo de rememorar momentos de la infancia, recuerdos casi olvidados.

María desprendía jovialidad y gracia, sabía cuándo sonreír y cuándo mostrarse seria.

Era una brizna de aire fresco en una corte desvencijada como un palacio tapiado.

Al infante Sancho no lo conoció hasta la ceremonia, pues estuvo de caza los primeros días de María en la corte.

Durante la misa, María se acercó cuando así se lo pidió el arzobispo de Toledo y sostuvo a la niña entre sus brazos.

María era una joven delgada, de cuerpo menudo, cuello prominente y acinturada.

En sus pequeñas manos, la niña parecía gran cosa.

Se notaba que quería esforzarse en hacerlo bien, y la agarraba con fuerza; su prima la ayudó a acunarla bien y a calmarla.

Fue entonces cuando Sancho de Castilla la vio por primera vez.

El segundo hijo del rey era el infante más alto del reino.

Medía casi la altura de un hombre y medio, y María apenas le llegaba al pecho.

Tenía veintitrés años, era apasionado y belicoso, amaba la guerra, hablaba y reía con desparpajo, capaz de llenar una sala entera únicamente con su voz.

Pero lo que más impresionaba de él era su forma de mirar.

Sus ojos eran los de un lobo. Nunca descansaba, siempre en alerta, en continua caza.

En un tiempo que se hizo eterno, ambos cruzaron una mirada atrevida.

Aquella tarde, en el alcázar de Toledo, la corte estaba reunida casi al completo en el patio.

Disfrutaban de la celebración bajo un sol radiante.

Sancho no dudó en aprovechar la ocasión de acercarse a María, que estaba en compañía de Constanza y de su ama.

Su ancha sonrisa suavizaba su corpulencia marcial.

–Dudo que hayamos sido presentados. Os recordaría.

Las tres damas hicieron una reverencia al infante al mismo tiempo.

–Eso es porque no necesitamos presentación vos y yo, don Sancho –repuso María, sonriente, con frescura–. Somos familia.

–Conozco a mi familia, y no es tan bella como vos, os lo aseguro.

Constanza, a su lado, se ruborizó al oírlo y sonrió, a lo que el ama le dio un toque con el codo para que se comportara como era debido. María trató de mantener la compostura ante el cumplido. Alzó el mentón.

–Soy prima de vuestro padre, don Sancho. Mi padre y vuestro abuelo eran hermanos. Desde luego que somos familia: soy vuestra tía.

–Ya veo.

Sancho descargó una risa limpia, tan fuerte que varios de los cortesanos se giraron hacia él, pero al infante no pareció importarle en absoluto.

Aquella flor del norte, tan discreta y sencilla, se había posicionado sin miedo en un peldaño superior a él.

Y Sancho podría rodearla por la cintura con sus manos enormes de lo fina que era.

–¿Os hace gracia?

–Mucha. Acompañadme, querida tía. Demos un paseo.

Sancho le ofreció el brazo, y María lo aceptó.

En cuanto se separaron de Constanza y del ama, les llovieron las miradas de la corte, en especial, las de la madre del infante, la reina doña Violante, también presente en la celebración.

Sancho había llamado a su hija ilegítima con su nombre en honor a ella.

Caminaron en silencio por el patio del alcázar durante un rato.

–Perdonadme, don Sancho: ¿he hecho algo inapropiado? –preguntó María al percatarse de las miradas de todos.

–No prestéis atención a nadie, y menos a mi madre. Pone esa cara cada vez que hablo con una mujer. Pierde la cabeza por dar por zanjado mi matrimonio con la hija de un ricohombre aragonés, Guillerma de Moncada.

–¡Enhorabuena!

–No diríais eso si supierais cómo es ella.

–¿Y cómo es?

–La llaman «la Brava». Es una mujer mayor y, además, bastante más grande que yo –dijo Sancho con las cejas en alto.

–¿Grande? ¿Cuánto de grande?

–El doble.

María dejó escapar una risa jovial, y Sancho se mostró encantado de escucharla reír.

–¡No miento!

–Tendríais hijos gigantes, pues.

Ambos rieron, y volvieron a caer sobre ellos las miradas del resto.

Aquellas risas serían la comidilla de la corte los días venideros.

Estuvieron un momento sin hablar, y María descubrió por primera vez la dulzura en la mirada de Sancho.

Él también parecía sencillo y desenfadado, como ella.

Se preguntó cuánta gente conocería aquella faceta del infante con fama de guerrero.

Tuvo la sensación, de repente, de que se conocían de hacía mucho tiempo, como si aquello hubiera sido simplemente un reencuentro.

Sancho tuvo la osadía de tomar su mano para observar el anillo que llevaba puesto. A la vista quedaba un símbolo.

–Es buen metal, muy viejo, pero resistente –dijo.

María se lo sacó para que él lo examinara.

–Perteneció a mi abuela; bueno, vuestra bisabuela también, doña Berenguela.

–La Grande –dijo él.

–Este anillo ha estado durante generaciones en nuestra familia –explicó María con orgullo.

Sancho lo observó con detenimiento y luego se lo devolvió.

–Mi madre desea que despose a una aragonesa, sea como sea –dijo él, más serio esta vez–.

Es hija de Jaime el Conquistador... ¿Qué se le va a hacer?

Quiere que haya sangre de su tierra en nuestra casa.

No es que me haga mucha gracia. Siento que soy más hijo de Castilla que de Aragón. ¿Vos qué pensáis?

María frunció los labios. Posó sus ojos de miel sobre los de Sancho, y ambos se miraron durante un instante largo, tal vez más de lo apropiado para dos personas que acababan de conocerse.

–Pienso que el hijo del rey de Castilla debería casarse con una castellana. Alguien que amara su tierra y supiera aconsejarlo con la verdad –afirmó ella con rotundidad.

A Sancho se le desdibujó la sonrisa.

* * *

Un mes después, ya de regreso en Montealegre, María recordaba con nostalgia aquella semana en la corte real.

Había disfrutado de banquetes y torneos, asistido a misas, e incluso acompañado al séquito de la reina Violante, que era una mujer de carácter arrollador, pues corría en sus venas la sangre húngara de los magiar.

En la compaña era temida, y su voz era ley.

Sólo le habló una vez, cuando la reina se lo pidió para presentarse y ella realizó una reverencia.

María temió durante un momento que fueran a echarla de la corte por haber hablado con el infante Sancho, pero nada de eso sucedió.

Además, Sancho se fue después de la ceremonia y no regresó más.

Ahora, en Montealegre, frente a la ventana que daba a la inmensa llanura, Constanza y ella compartían uno de sus momentos íntimos al sol. Entonces su amiga abordó el tema con una sonrisa en los labios.

–¿Vais a contar algún día lo que sucedió con el infante después de la celebración? Me refiero a vuestro paseo en el patio del alcázar.

María le devolvió la sonrisa, y sus ojos resplandecieron.

–¿Con el infante? ¿Ese día? No sucedió nada. Sólo nos reímos. Su madre se alteró porque él está comprometido con una dama aragonesa. Ya habéis visto que no se habló más de aquello en la corte.

–Ya. Pero doña Violante vio en vos a una rival.