Alma de Castilla II #3
10%

II #3

En realidad, nadie de aquella corte itinerante sabía la respuesta, ni siquiera los camareros del rey, ni su halconero, ni el alférez ni los caballeros privados del monarca.

Nadie sabía la verdad. Únicamente María.

No haría falta tanto tiempo para que su predicción se cumpliera.

Era cierto: a Sancho le quedaba poco tiempo.

Corría el invierno de mil doscientos noventa y cuatro. Sería el último en la vida del rey.

María permaneció con los ojos cerrados, atenta a las luminarias danzantes que dibujaba su mente bajo los párpados, como estrellas en el firmamento.

Pensaba en Sancho, que estaría en sus estancias, tal vez sofocado por un nuevo ataque de tos.

Más sangre en el pañuelo, en la sábana. Algo iba mal, aunque no fuera capaz de verlo ni enfrentarse a la realidad, aunque su reina le gritara a la cara la verdad, la única consejera que podía permitirse tal exceso de confianza.

«¡Os queda poco, actuad con sensatez!». Pero ¿qué sensatez puede pedírsele a un hombre que sabe que va a morir?

* * *

María había crecido amparada en la tranquilidad de Montealegre, en aquel castillo sobre una colina que dominaba la llanura que circundaba Meneses hasta donde alcanzaba la vista.

Era la Tierra de Campos. En calma y en paz, sus días de infancia y adolescencia habían sido felices.

Recordaba su casa, bien gobernada por su madre, doña Mayor, señora de Montealegre y Meneses, siempre rodeada de un grupo selecto de maestres y cortesanos que se ocupaban de que tanto ella como su hermano mayor, Alfonso, fueran educados por buenos preceptores.

Su ama fue María Fernández Coronel, mujer que le había enseñado a caminar como una dama, a sentarse bien, a comer en presencia de extraños, a hablar con gracia y, sobre todo, a mantenerse en silencio.

María aprendió las lenguas de la corona de Aragón y el francés.

También dio lecciones de astronomía, astrología, historia y matemáticas.

Fue educada para llevar su hacienda y se interesó por la cetrería.

Tuvo la suerte de estar acompañada por varias doncellas a lo largo de su vida en Meneses, aunque desde el principio su favorita fue Constanza Salvatierra, la hija de un ricohombre de Toro que había sido llevada a la pequeña corte de doña Mayor con el único fin de hacer compañía a María.

En realidad, cuando ambas crecieron, supieron que las verdaderas intenciones de las familias habían sido que Alfonso, hermano de María, se prendara de ella.

Pero aquella historia nunca llegó a prosperar, por más que Constanza lo definiera como «guapo y gentil» y que ambas comentaran entre risillas las tímidas miradas que el joven Alfonso lanzaba a la doncella.

–Poseéis una belleza fuera de lo común, mi hermano es un necio al no darse cuenta –le decía María a su amiga, que se sonrojaba hasta las orejas, poco acostumbrada a los cumplidos.

–No soy tan hermosa como vos. Sois el reflejo de la belleza de grandes linajes. Estoy segura de que vuestro corazón será algún día de un noble caballero –aseguraba Constanza.

–¡Ay, Constanza! Pensándolo bien, tal vez el vuestro no será de un caballero como el mío, sino de un poeta.

Ambas pasaban algunas tardes alisándose los cabellos con peines de marfil, obsequios de otros tiempos, de lugares recónditos, que les hacían volar la imaginación.

Constanza tenía el pelo castaño y los ojos del mismo color.

El cabello de María, en cambio, era como las espigas de trigo en verano, y sus ojos, del color de la miel.

Las dos eran sencillas y alegres, y hablaban con educación, pero con el desparpajo que da la juventud y la buena salud.

Jugaban a intercambiarse los atuendos, a diseñar trenzados, a inventar bailes y sonetos.

María y Constanza reían con libertad en aquella corte gobernada por una mujer abierta a la cultura como doña Mayor.

–¿Creéis que algún día podremos visitar la corte del rey Sabio?

–preguntó una vez Constanza, siempre soñadora, una tarde en la que bordaban un tapiz con la forma de un ciervo.

Con la ventana abierta de par en par, el sol les tostaba la piel, y una brisa cálida traía el olor de los trigales.

En aquella intimidad, podían permitirse pasar la tarde con el cabello suelto, sin bandas ni crespinas, siempre y cuando doña Mayor no se enterase.

–¿Quién sabe? –respondió María con un suspiro, mientras dejaba de lado el bordado–. Aquí, desde luego, nunca sucede nada. Vaya hastío. Estoy deseando que llegue pronto la feria.

Alfonso, su hermano, ya había estado en Burgos y en Toledo en alguna partida de caza con los caballeros del rey Sabio.

Él era varón; podía cabalgar y ser el escudero de algún caballero, e ir a la guerra y disfrutar victorioso de los placeres de la corte.

Pero ellas eran damas. Su deber era aguardar. Esperar a que sucedieran las cosas.

–Tenéis que estar preparadas por si alguna vez la corte decide yantar por estos pagos.

No deberían descubriros así, hastiadas –las atajó el ama, y luego esbozó una sonrisilla–.

Mejor mostrarse ligera de cascos que abandonadas al tedio.

Que los caballeros vean que en la Tierra de Campos se hallan las damas más nobles y lúcidas de Castilla.

Las dos jovencitas compartieron una mirada chispeante y rieron por lo bajo.

* * *

Tenía diecisiete años y su vida podría haber seguido el mismo cauce que el de su madre: años de paz y calma.

Sin embargo, todo cambió un domingo del año mil doscientos ochenta.

Habían acudido a la misa en la iglesia de Meneses en compañía de doña Mayor y de otras damas.

Hacía un tiempo espléndido de finales de verano y, a su regreso, María y Constanza decidieron caminar.

Disfrutaban recorriendo los campos y observando en la lejanía el diminuto castillo de Montealegre.

Doña Mayor no desaprobaba aquellos paseos espontáneos, siempre y cuando fueran en compañía de un ayo o de alguno de los caballeros.

El joven que quedó encargado de acompañarlas era reservado, como casi todos los donceles y escuderos de Montealegre.

De repente, María se desvió por el sendero que ese mismo criado le había enseñado en otro de sus paseos matinales.

Quería mostrarle aquel sitio único a su amiga, un descubrimiento increíble.

Anduvieron el tiempo de media misa por un camino ligeramente empinado hasta un paraje pedregoso.

La vegetación era baja, el lugar estaba esparcido de setos secos.

Entonces, Constanza se dio cuenta de que estaban en lo alto de una colina.

Apenas lo había percibido antes. La vastedad del paisaje hacía que todo pareciera una llanura lisa, como un inmenso tapiz pardo estirado en el suelo.

María se sonrió al ver la mueca en el rostro de su amiga.

–Puede verse toda Castilla desde aquí –dijo María, contenta.

Constanza oteó el horizonte en la lejanía.

–Los días claros puede verse hasta la cordillera del norte –las sorprendió el doncel con voz pausada–. ¿Y veis hacia allí? Es el campanario de la iglesia de Meneses.

Constanza echó un vistazo con la mano como visera. El aire cálido les acariciaba las mejillas. María se dio cuenta de que uno de sus zapatos se había descosido en la punta.

–Estos parajes son para venir en una montura, no para andar –dijo Constanza al verlo.

–Viene alguien –las interrumpió el doncel.

El muchacho echó a correr por el sendero, al encuentro del jinete que levantaba una nube de polvo a su paso. El mensajero detuvo el galope en seco, le dijo algo, y el doncel volvió a la colina a la carrera.

–¡Doña María! –la llamó sin resuello–. Vuestro hermano, don Alfonso, ha vuelto de la corte del rey.

* * *

María no cabía de felicidad. Esa misma tarde, la familia y los allegados más próximos se reunieron en el salón del castillo, y Alfonso les narró con todo lujo de detalles algunos de los sucesos acontecidos las últimas semanas en la corte real.

Lo más importante era que el infante Sancho, hijo del rey Sabio, había tenido una nueva hija con doña María Alfonso Téllez de Meneses, viuda del señor de Ucero.

La de Meneses, además de ser la amante del segundo hijo del rey, era la prima de María y de Alfonso.

–Nuestra hermanastra Juana ha intercedido por vos –le dijo un Alfonso sonriente a María, que lo escuchaba atenta y ansiosa junto a Constanza y a su ama.

María y Alfonso compartían padre con Juana, hija de su segunda esposa–.

El esposo de doña Juana, don Lope Díaz de Haro, es el señor de Vizcaya y el mejor amigo del infante Sancho.

Juana ha presentado vuestro nombre, querida hermana, tanto en la mesa de nuestra prima, la madre de la criatura, como en la de Sancho, a través de su esposo.

Ahora ambos os invitan a que vayáis al bautismo de la joven Violante Sánchez como madrina de la ceremonia.

Aunque fuera la madrina de una hija ilegítima, era una manera maravillosa de presentarse en la corte.

Además, contaría con el apoyo de su hermana Juana y de su prima María.

La corte significaba posición, encontrar un matrimonio conveniente con algún caballero o ricohombre próximo a la compaña del rey que asegurara su futuro y el de la familia.

Tenía diecisiete años, una buena educación, y su nombre la hacía pertenecer a la más alta nobleza.

María sonrió para sí. Sentía que se le iba a salir el corazón del pecho de pura felicidad.

* * *