II #2
Solía ocurrir, a veces, que María sentía que los engañaba.
Pensó en la tarde anterior, cuando la compaña cruzó el puente y el arco de las puertas de la ciudad, y una muchedumbre se agolpó como las ovejas de su tierra a ambos lados de la calle, jaleando y vitoreando, y María agitaba la mano, como de costumbre, sobre el caballo, y sus ojos no se cansaban de ver a esos anónimos que parecían estar viendo a una aparición de la virgen.
Recordó a una mujer, una tejedora, con sus dos hijos, sobre los escalones de su casa, que saludaban y sonreían enérgicos; apenas se lo creían, ya podrían decir que la reina María les había devuelto el gesto, y esa anécdota pasaría de generación en generación y todos ellos serían fieles a su causa.
En realidad, aquella tejedora parecía una anciana, pero no lo era.
Las arrugas y el poco color de su cabello eran el fruto de romperse las manos y la espalda todos los días de sol a sol para vender esa lana en el mercado local o en otro de alguna ciudad más próxima.
Su preocupación era su trabajo diario o con qué llenar las escudillas de sus hijos y su esposo por la noche junto al fuego.
¿Les importaba, acaso, Castilla? ¿Qué podía importarles a los campesinos y jornaleros que se deslomaban para conseguir con sus cosechas pagar las deudas a sus señores?
Lo mismo les daba donde vivir, si en Castilla, León, Aragón, Sevilla, Jaén o Murcia.
Felices estaban de saberse cristianos, de que no los señoreara un moro, con eso era suficiente.
María no podía culparlos. Conseguir el pan, reparar el techo, buscar leña, echar estiércol a sus campos, cuidar de sus rebaños, vaciar el cubo, ir a por agua al pozo, despellejar a una gallina, ir a la feria, cambiar la paja al burro.
Ésas eran sus preocupaciones. La gente sacaba adelante los días en su vida acotada –o eso parecía desde la montura real–, y a nadie parecía importarle Castilla, porque el reino siempre estaría ahí.
Inamovible. Como una catedral, como quien dice que al caer el sol habrá noche o que el vuelo de los pájaros anunciará la primavera.
Vivir sin ser consciente de la fragilidad de aquella idea, bendita vida.
Así, pues, reina o tejedora, ¿quién era la afortunada?
Sancho había decidido pasar aquel último invierno en Burgos, y su llegada coincidió con una copiosa nevada que los acompañó una semana entera.
La compaña del rey, precedida por una escolta de caballeros y ballesteros vestidos de paño tinto y manto, no se detuvo en su recorrido por el reino hasta bien entrado el frío.
Constanza Salvatierra, dueña de la reina, viajaba en uno de los carros, junto con Isabel, Fernando, Alfonso, Enrique, Pedro y el aya, dando tumbos de aquí para allá en los caminos mientras oían el crujir de las enormes ruedas de nogal a su paso por el barro y la nieve.
A veces, se detenían porque así lo pedía la reina María; otras, porque los albañiles y carpinteros debían cambiar la rueda a algún carro de la comitiva, pero nunca porque un niño se mareaba o acababa de devolver lo que tenía en el estómago.
«Ya se acostumbrarán», decía la reina, más estoica que su marido, siempre ansiosa de llegar a una ciudad o posada más pronto que tarde.
–¿Cuánto tiempo falta? –le preguntó Isabel en un momento en que el carruaje se bamboleaba por los baches.
A su lado, sus hermanos dormitaban incómodos.
–Llegaremos al caer la tarde, si Dios quiere –respondió Constanza para tranquilizarla, pero ni ella misma estaba segura.
Los viajes eran largos e incómodos. Aunque se había habituado a ellos, Constanza detestaba ir de villa en villa en carro, aquel constante ir y venir, sin pararse más de dos o tres meses en un sitio.
Un viaje que nunca acababa. Admiraba a María por soportar todo aquello con tanta entereza.
Después de tanto tiempo juntas, sabía que jamás se separaría de ella.
Había conocido a la reina cuando niña, se habían criado juntas en Montealegre, en la tierra del infante don Alfonso y doña Mayor, los padres de la reina, y pronto se hicieron amigas.
Doña María era una mujer muy bella, cuyos rasgos poseían ese arraigo de su Tierra de Campos y cuyos ojos brillaban con el frío y el viento cortante, enmarcados por unas cejas espesas que exhibían severidad o sabiduría.
Isabel miraba a través del ventanuco del carro.
–Allí van el rey y la reina –dijo al creer reconocer su carro.
Constanza se inclinó hacia ella para mirar.
–Vuestro padre estaba muy cansado para cabalgar.
No siempre había sido así. Habitualmente, la casa de la reina iba en pos del rey.
En los viajes, Sancho se adelantaba con su grupo de privados y no volvían a verlo hasta entrada la noche, en alguna de las posadas.
¿Qué hacía el rey en esas lagunas de tiempo?
Sólo Dios y sus allegados lo sabían. Lo que sí se conocía era el doloroso precio que debían pagar las localidades en las que se hospedaba la comitiva.
El privilegio de yantar consistía en que los vasallos del rey estaban obligados a contribuir a la manutención de esa corte itinerante con alimentos, leña y abrigo.
Y no era poca cosa. La casa de la reina estaba formada por muchos servidores: almojarife, despensero, especiero, posaderos, porteros, acemileros, alguaciles, estableros, una camarera, cocineras, panaderas, lavanderas...
Otros tantos se ocupaban de la casa del rey.
Constanza sólo atendía a de la reina, pero una compaña de doscientas personas hambrientas y caladas hasta los huesos de frío era un tema bien distinto.
El rey y la reina se movían bien en esas lides, aprovechaban para ayudar a conventos y a monasterios, daban privilegios y exenciones a concejos y villas, todo con el fin de paliar el yantar.
Constanza sabía que aquello dependía de que en algunos sitios fueran recibidos como invasores de una guerra y en otros como reyes.
En esta ocasión, sin embargo, el rey no se había separado de la reina y había delegado en ella las decisiones.
Doña María se encargó, así, de los asuntos relativos al viaje y de que las etapas fueran cortas.
El rey estaba cansado. Últimamente dormía más de lo habitual.
Alargarían su estancia en Burgos hasta que pasaran las heladas, para luego emprender el viaje al sur, hacia Toledo.
Entraron en la ciudad acechados por una ventisca de aguanieve.
El alcázar era frío como una prisión normanda; no obstante, la camarera de la reina se esforzó en calentar la estancia para su alteza.
Constanza retiró un ladrillo que había puesto junto al fuego, caliente como un pan que acababa de hornear, y lo envolvió en un manto de lana.
Luego lo colocó bajo las sábanas, a los pies del lecho de doña María.
Había perdido la cuenta de cuántas veces había hecho aquel gesto.
La reina y ella estaban en silencio. El aya acababa de llevarse a los infantes menores con la nodriza, y ambas quedaron a solas.
En otro tiempo hubiesen disfrutado de aquella noche de tormenta blanca en complicidad y se hubiesen contado historias al calor del hogar, pero la reina, desde hacía un tiempo, había borrado el brillo de alegría de su mirada.
Constanza no quería molestarla. No necesitaba oír su voz para comprender el reflejo desalentado de sus ojos.
Tristeza y decepción.
Deseó que estuviera con ellas su ama, doña María Fernández Coronel, que esos meses andaba de misión diplomática en Aragón; la dueña en la que más confiaba la reina y la que le había enseñado todo a Constanza. Estaba segura de que ella sabría animarla.
–¿Hace cuánto tiempo llegamos a esta corte, Constanza?
La voz clara de la reina la despertó de su ensoñación. La pregunta casi le pareció retórica. Ambas lo sabían: habían llegado juntas a la corte del rey Alfonso, antes del matrimonio de María con Sancho.
–Más de quince años, alteza.
–¿Y tanto hemos cambiado?
–La vida nos cambia a todas. Nadie es la misma. Pero vos os habéis convertido en una gran dama, mi señora.
–Eso no es lo que piensa la reina Violante... Acercadme la sortija, os lo ruego. Está en la mesilla.
Constanza le entregó la preciada alianza.
La reina se hundió entre las sábanas calientes, en el centro del lecho.
Constanza estiró y dobló las mantas con delicadeza.
La reina cerró los ojos, y por un momento pareció que expiraba y daba su último aliento de vida.
Constanza unió las manos sobre su regazo y permaneció de pie en espera de la orden de su señora.
La reina la observó un instante, con toda la calma del mundo.
–Dentro de poco, el rey morirá –dijo en un susurro–. No estoy segura de que consigamos llegar a Toledo.
La voz de María se deslizó de forma inquietante.
Sus ojos volvieron a cerrarse. Constanza sintió un nudo en el estómago.
Aunque la salud de Sancho había recaído, era un hombre en la plenitud de la vida.
Su carácter lo hacía parecer invencible ante la insolencia de sus hermanos rebeldes u otros nobles desleales a la corona.
Estaba cansado, pero no tan enfermo..., ¿o sí?
Constanza amaba a la reina. Llevaban mucho tiempo juntas; sin embargo, ambas seguían manteniendo ciertas distancias, y, en el caso de María, puertas cerradas que jamás había abierto a nadie.
¿Qué quería decir la reina con aquel acertijo?
¿Hablaba de sus espías, enemigos de la nobleza?
¿Tenía que ver con lo sucedido con el conde de Haro, el señor de Vizcaya?
–Esperemos que el Señor, en su infinita misericordia, vele por el alma de nuestro rey, mi señora.
–Dios tenga en cuenta vuestras palabras...
¿A qué se refería la reina?