Alma de Castilla II
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La flor del norte

–¡Enrique! ¡Alfonso! ¡Por aquí...! –gritó una niña de voz clara.

El eco infantil de las risas resonaba en el patio de armas, uniéndose al murmullo de los brincos y las carreras sobre las losas.

El alcázar estaba en silencio. Una pelota de lana iba de un lado a otro.

Los niños habían estado corriendo toda la tarde.

Intentaban cogerse de los hombros y de la cintura.

La pelota acabó sin querer a los pies de uno de los guardias del rey, que durante unos instantes dejó de lado la solemnidad de su saya bordada de paño tinto para devolver el juego al centro del patio.

Los niños volvieron a reír. Tras acomodarse el manto, el guardia se retiró al interior del alcázar.

Estaban solos. Siempre estaban solos. El más pequeño de los hermanos, Pedro, no llegaba a los cinco años.

Quiso dejar de jugar. Tosió varias veces, con las mejillas sonrosadas, la nariz llena de mocos y la túnica corta cubierta de sudor, y se acercó al resto de sus hermanos, que examinaban una columna de hormigas.

Las manitas sucias se posaban sobre la piedra, los dedos perseguían insectos.

Isabel, con once, era la mayor y les había propuesto encontrar la entrada del hormiguero.

A ella la seguían Fernando, de diez; Alfonso, de ocho, y Enrique, de siete.

Seguían a Pedro los infantes Felipe y Beatriz, de tres y dos años, que no estaban con ellos, pues solían quedarse con el aya.

Aquella tarde, el único que se separó del grupo fue Fernando, que nunca quería seguir los juegos de su hermana mayor.

Era casi tan alto como ella; ambos tenían la misma complexión física, esbeltos y delgados; los dos se parecían mucho más a madre que a padre en aspecto: la nariz, la frente, la posición de los ojos, tan típica de los Alfonso de Meneses.

Fernando se fue a una esquina del patio, bajo la columnata.

Sus hermanos lo llamaron dos o tres veces, pero él hizo caso omiso.

Había encontrado algo mucho más interesante que unos insectos.

Isabel fue la primera en darse cuenta y acercarse a él. Los demás la siguieron por inercia.

–¡Ha encontrado un gato! –dejó escapar con entusiasmo.

Sus hermanos pequeños se colocaron a su lado.

–¿Cómo se llama? –preguntó Enrique, mientras todas las manos trataban de acariciar el pelaje del felino.

–No tiene nombre, bobo –se burló Alfonso.

–Todavía no, es un gato huérfano –dijo Isabel, y Pedro, el más pequeño, asintió.

Fernando sostenía quieto al gato, en silencio. Permaneció así frente a sus hermanos, abrazado a su espeso pelaje. Los cinco estaban en cuclillas alrededor del animal, sin dejar de acariciarlo. Era blanco, de un color tan claro y vivo como la nieve del norte.

–¡Isabel!

Al otro lado del patio, Constanza, la dueña de madre, la llamó, y la niña no se marchó sin antes advertir a sus hermanos que no le pusieran nombre al gato hasta que regresara.

La vieron alejarse y hablar con Constanza de camino a las escaleras de piedra, pero enseguida volvieron la vista al animal, mecido aún por cuatro manos.

Cuando Isabel se marchaba con las damas, los juegos eran distintos para los varones.

Fernando solía decir lo que debían hacer; Alfonso y Enrique hacían caso en todo porque eran más pequeños y no querían recibir golpes, y Pedro era el último de la fila.

Mientras Fernando jugaba a ser el rey, a Pedro siempre le tocaba ser el paje o el guardia del castillo, y los otros hermanos eran nombrados dignos caballeros de la corte.

–Este gato es un espía –dijo Fernando de pronto.

Sus hermanos se miraron sin entender.

–Os lo digo. Este gato es un espía.

–¿Qué es un espía? –preguntó Alfonso. Ni él ni Enrique sabían qué significaba, mucho menos Pedro.

–¿No sabéis lo que es ser un espía?

–¿Un guardia? –se aventuró Enrique.

Fernando negó con un gesto entre molesto y severo, y de pronto sus rasgos se parecieron a los de Sancho.

–Sois unos críos –dijo–, deberíais haberos quedado con la nodriza. Un espía es un noble de la corte que busca información para matar a otro noble.

Los hermanos se miraron y guardaron silencio. Siguieron acariciando al gato. Fernando era el mayor de los varones y lo demostraba siempre que tenía la ocasión. Se jactaba con orgullo de haber ido a unas cuantas partidas de caza con padre el último año.

–¿Cómo puede un gato ser un espía? –preguntó Enrique con una sonrisa.

–¡Eso es una bobada! –soltó Alfonso con una risa.

A Fernando se le encendieron los ojos como brasas, como si ambos lo hubieran ofendido, como si lo que dijera no fuera cierto y faltara a su honra.

¿Acaso no lo había oído? ¿Acaso no había visto a padre gritar al alférez del rey que su compaña estaba llena de espías y que debía demostrar fortaleza y acabar con todos ellos?

El tío Juan era un traidor –o eso había escuchado– y siempre llegaban noticias de espías y mala gente a su servicio.

–No sabéis nada.

Sus hermanos percibieron su cambio de actitud.

Fernando tosió, y unas gotitas rojas mancharon al gato.

A veces le pasaba eso. A veces se mareaba.

Tenía ataques repentinos de tos, y en ocasiones esparcía sangre.

Los maestres decían que era un niño enfermizo, decían que el aire limpio de Castilla podría curarlo, así que su madre lo obligaba a salir al patio de todos los palacios y alcázares donde estuvieran.

Sostuvo al gato con más fuerza hasta hacerle daño, y éste le respondió con una zarpada que le arañó la mejilla.

La otra mano, alrededor del pescuezo del animal, sangraba por las garras clavadas en la carne del niño.

Pero Fernando ya no era un niño. Él era un hombre.

Iba de caza con su padre. Sacó un cuchillo que llevaba escondido bajo la túnica.

–Los espías deben morir.

Pedro dio un paso atrás, aterrado. Alfonso y Enrique vacilaron.

–Tenéis que mirar si queréis convertiros en hombres –los desafió Fernando.

La hoja afilada se hundió en la carne tierna, y aquel manto blanco similar a la nieve se tiñó de escarlata.

La mirada del infante era de calma, casi de regocijo.

Hacía lo correcto, como había dicho padre.

Con placer, sintió que la garra que le aprisionaba la mano perdía tensión, mientras los ojos del felino lanzaban una última mirada desesperada y su boca abierta dejaba a la vista unos colmillos amarillentos.

* * *

El sol pintaba la piedra del muro y del suelo, calentaba la estancia durante un rato por las tardes, después del mediodía, y, como en una cascada luminosa, formaba una cortina de motas de polvo frente a la balconada. El silencio del alcázar producía vértigo.

María estaba sentada sobre la piedra tibia, aletargada.

El sol le abrasaba las piernas desnudas, blancas como la leche de cabra, mientras se examinaba las manos, taciturna.

De tanto en tanto, levantaba la vista hacia un cuadro azul como un mar profundo, un cielo limpio de nubes, enmarcado por la madera de los postigos.

De fondo se oía la risa de los niños en el patio, como un oasis en la soledad.

Se incorporó para sentir la piedra caliente en la planta de los pies y respiró con calma unos momentos antes de abrir los ojos nuevamente.

Abajo, un guardia del rey devolvía la pelota de lana a los niños que correteaban por el patio de armas del alcázar de Valladolid.

De Valladolid o de cualquier otro lugar.

Lo mismo daba. Aquel cortijo de nobles, pajes, consejeros, almojarifes, despenseros, camareros, caballerizos, halconeros...

recorrían las villas y las ciudades del reino como un pueblo nómada, un pueblo errante y sin destino que buscaba, por encima de todo, legitimar su nombre.

«Somos feriantes», se decía, «cargamos con nuestra obra de teatro de un sitio a otro con el único fin de convencerlos, para que sigan creyendo o imaginando que Castilla existe, que puede tocarse, verse en su persona». ¿Qué era Castilla, en realidad?

Sus ojos se posaron en su hija, que reía con dulzura y corría de un lado a otro. Libre como nunca más lo sería. «Hermosa infanta..., ¿cuánto tiempo te queda de niñez?».

–Constanza, decidle a Isabel que suba.

–Sí, mi señora.

La dueña dejó el bordado e hizo una reverencia antes de retirarse.

María volvió a contemplar a su hija, acalorada y sudorosa.

Eso no estaba bien, se lo habían dicho el físico y el maestre.

A la infanta no se le debía calentar la sangre, era malo para su salud.

Otro asunto importante era su futuro. Debían casarla.

Pero ¿con quién? ¿Francia, Aragón, Portugal?

¿Qué soga era más bella y noble para matar a una niña?

La piedra del palacio de La Magdalena resplandecía con la última luz de la tarde como un castillo de marfil, a veces dorada, a veces blanca como un hueso.

–¡Isabel! –la llamó Constanza en el patio.

Jaime II de Aragón había rechazado el matrimonio. María no estaba dispuesta a contárselo a Sancho. No todavía. Su esposo se estaba muriendo, pero aún le quedaban unas pocas fuerzas. Ya buscaría el momento propicio. El disgusto empeoraría su estado.

Los niños estaban bajo los arcos, nadie más los acompañaba.

El guardia se había ido. Cuatro hermanos varones, infantes inocentes que sin saber tal vez albergaban entre ellos futuras disputas nobiliarias, guerras intestinas y campos arrasados por sus caballeros allegados, traiciones, muertes, todo por una misma idea endiablada, ese ser invisible que cargaban María y Sancho y por el que la nobleza era capaz de mutilar al reino.

La corona. ¿Qué era Castilla? No podía dejar de preguntárselo.

¿Cuántas veces habían entrado en una villa y las gentes se habían echado a los caminos a dar la bienvenida a la compaña, a saludar a los reyes como si, al posar los ojos sobre ellos, una suerte de sortilegio fuera a salvarlos de las desgracias de su vida?