I #3
La reina intercambió una mirada con su dama que pareció significar muchas cosas, aunque todas estuvieran fuera del alcance del jinete. El complejo lenguaje de las damas se escapaba por completo a su entendimiento.
–Dice Juan Mathe que vuestro hogar se halla al norte de Tierra de Campos, caballero. Es mi hogar, el sitio donde nací, donde el viento silba a través de las llanuras vastas y susurra el nombre de mis antepasados.
«Montealegre». La voz de la reina era cálida como un verano castellano y encubría tintes de sabiduría, como el de aquellos trovadores de antaño que perpetuaban el saber a través de los cantares. «Gran reina castellana, Sancho el Bravo nunca estuvo a vuestra altura».
El jinete y ella intercambiaron frases de cortesía. Le sorprendió que doña María posara la mirada en sus ojos y no en sus marcas. Le daba a entender que era una mujer inteligente, entregada a la importancia del momento, y que el aspecto de un hombre no era suficiente para distraerla.
–El rey ha muerto.
El tono de la reina fue neutro, como si hubiera dicho que ese día hacía sol o que iba a llover. Ruy recibió sus palabras como la noticia de una declaración de guerra.
–Dios lo tenga en su gloria.
–Os necesito, caballero.
–¿Qué puede hacer este humilde servidor por la reina de Castilla?
–Ruy se arrepintió de su ofrecimiento en el mismo instante, pero en su mundo no existía una negativa a una reina ni el abandono sin ser tachado de traidor.
Aliado o enemigo. Blanco o negro. Tiempos oscuros.
Cuánto había cambiado el mundo en los últimos años.
Doña María representaba al reino, a las ciudades, a los estandartes, al nombre de Castilla. La reina María era Castilla.
La reina desvió la mirada hacia su hermano.
–Que la guerra por el poder no sea abierta depende de que el heredero al trono se mantenga con vida. Muchos lucharán por la tutoría de mi hijo Fernando para moldearlo según sus intereses, pero la custodia debe ser mía. Es la única forma que tengo para proteger a mi hijo y, en definitiva, al reino.
Ruy se sorprendió de que la reina compartía esas confesiones con él.
–¿No basta con que la reina ordene qué es lo que se debe hacer? Por disposición de su alteza, la reina manda ser la custodia de su hijo…
–Os olvidáis de una cosa importante, caballero: soy una mujer.
Ruy bajó la mirada, incómodo.
–No cualquier dama, alteza. Sois la reina de Castilla.
–¿Creéis que eso significa algo? No hay nada que yo pueda hacer sin que requiera de la aprobación de las Cortes.
–¡Convocadlas, pues!
La voz de Ruy se elevó por encima de lo debido. La reina, pese a todo, no varió su expresión durante el lapso en el que volvió a regir el silencio y el caballero calmó sus impulsos. María volvió a mirarlo a los ojos, sin vacilar.
–Castilla es una idea en el aire, una ilusión con la que el reino sueña y que sólo tiene sentido cuando quien la evoca es un hombre.
Yo soy viuda y regente de ese frágil anhelo.
Pero es mi cometido, y me someto a mi destino y a mi condición sin remilgos.
Sé muy bien que nadie aceptará mi coronación.
La nobleza ve en mí un puente que los hará cruzar de una ribera a otra, nada más.
Así que debo luchar por el futuro de mis hijos, para que sean ellos los que atraviesen al otro lado en primer lugar.
¿Cómo podía la reina hablar de esa manera frente a un hombre que se había jugado la vida en la frontera por su reino?
¿Es que acaso todo eso era una mentira? La conversación había llegado a un punto muerto.
La situación del reino era grave, la postura de la nobleza estaba clara, iban camino a una guerra que se llevaría por delante a numerosos caballeros, incluso ciudades.
Tiempos difíciles aguardaban a Castilla.
Ruy volvió a preguntar qué podía querer la reina de un jinete como él, sin saber que su respuesta cambiaría el curso de su vida para siempre.
Uno propone, Dios dispone. Y Dios había dispuesto para Ruy la mayor de las pruebas.
–Pido más de lo que podría pagar una reina, pues fío mi destino al parecer de un fiel servidor, que ha puesto su probada honra como fianza por vos.
Os pido que escoltéis al infante de incógnito al norte, al monasterio de Villar de Duero.
Debéis custodiar al heredero hasta dejarlo junto al padre Leyva, abad de los franciscanos, sin que nadie sepa de su paradero.
Viajaréis por caminos escogidos por vos, pues en vos confío la vida de mi hijo y, en consecuencia, los destinos de nuestro reino.
Buen almogávar de frontera, esta vez no os pido que busquéis, sino que os perdáis.
Nadie debe saber quién es él. Sed una aguja en un pajar.
Ruy sintió que apenas era capaz de sostener el peso de la cota de malla ante la insólita petición.
Caprichoso destino, le daba la oportunidad de cumplir un juramento de la niñez.
¿Puede una orden, basada en la entera lealtad a una causa, convertirse a la vez en una condena de vida?
¿Debió negarse y huir de Toledo en ese momento?
Su nombre habría sido igualmente olvidado, pero el destino de Castilla habría sido otro.
Sin embargo, lo que desconocía doña María era que aquel almogávar estaba dispuesto a hacer lo que fuera por ella.
Incluso aunque ella lo hubiera olvidado.