Alma de Castilla I #2
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I #2

–Quitaos la toca para que pueda ver vuestro rostro –le ordenó.

Lentamente, Ruy dejó a la vista una enorme marca que se le dibujaba en la mitad de la cara y que se perdía en la piel de su cuello, hacia abajo. El anciano, lejos de inquietarse, pareció descubrir algo que poco tenía que ver con su apariencia.

–¿Y cómo pensáis probar que no mentís? La corte está llena de conspiradores, y el rey tiene muchos enemigos en la nobleza. Como consejero del rey, mi labor es protegerlo, y, si decís ser leal a la causa de mi sobrino, entonces vuestro deber es confiar en mí, caballero.

–Comprendo las razones que os mueven, pero no puedo faltar a mi palabra, alteza. Sé algo que sólo el rey y don Juan saben. Ésa es mi prueba.

El infante apretó los labios.

–El rey está enfermo, no habla con nadie más que conmigo y con la reina. Dadme el mensaje y os permitiré marchar con vitualla. Seré generoso. Esta no es vuestra guerra, Castro. No cometáis una insensatez por querer demostrar algo que está fuera de vuestro alcance.

Ruy lamentó haber entrado en Toledo. Ambos se sostuvieron la mirada en una contienda silenciosa. «Respetaré mi juramento», fue la única respuesta del jinete. Don Enrique le devolvió una última mirada cargada de decepción.

–He conocido a cientos de caballeros que han hallado la muerte por perseverar en su honra, Castro. No me obliguéis a apresaros.

–Ambos cumplimos con nuestro deber, alteza.

–Es una lástima. ¡Guardias!

El infante se marchó con las manos vacías en compañía de su doncel.

Una guardia de seis hombres apresó a Ruy, que se entregó sin resistencia.

No tardaron en escoltarlo hasta sus nuevos aposentos: un habitáculo siniestro en los calabozos del alcázar.

Por el camino, descubrió que el guardia que tiraba de las cadenas era el hombre de la plazoleta, el caballero de mirada soberbia.

Ruy fue despojado de su espada y de sus pertenencias, y ataron sus manos a unos grilletes.

Era el precio que debía pagar por negarse a vender su honor a uno de esos nobles de cobardía probada, un avaro falsario con ansias de acometer el asalto al poder.

* * *

Una mano anónima estiró un cuenco con un potaje de gachas a través de los barrotes.

Ruy lo devoró en unos instantes, con la única ayuda de los dedos, y apenas fue capaz de respirar mientras el espeso líquido se le derramaba por la barba.

Tosió hasta recuperar el aliento. Desconocía los días y las noches que llevaba preso en el alcázar.

Nadie había vuelto a hablar con él. Sólo escuchaba, en la lejanía, el repicar de las campanas cristianas de la ciudad.

* * *

¿Tan importante era la carta de Juan Mathe?

¿Había añadido algo que no le hubiera dicho?

El camarero mayor del rey le había confiado parte de la información en caso de que perdiera la misiva; llevaba consigo las cuentas del reino y los costes de la campaña, que ascendían a más de doscientos mil maravedíes.

No obstante, lo más importante era el plan que trazaba Juan Mathe para los próximos meses: resultaba primordial convencer a los grandes del reino para acometer el asalto a Algeciras.

Con aquella conquista se obtendría el control absoluto del estrecho y el reino nazarí quedaría en bandeja de plata.

Tras la victoriosa defensa de Tarifa, el sueño de una península gobernada sólo por reinos cristianos se había convertido en una posibilidad.

Juan Mathe sabía que había una única oportunidad, y Ruy, avisado, fue al momento consciente de la importancia de su misión.

Había que unir a los reinos cristianos en una sola causa.

Ahora o nunca. Podrían pasar siglos hasta que llegara una nueva ocasión.

Aunque Ruy, por su parte, desconfiaba de su optimismo.

Para él, los reinos cristianos estaban muy lejos de ponerse de acuerdo en nada; sin ir más lejos, Jaime II de Aragón, el supuesto gran aliado de Sancho, velaba por sus propias campañas en el Mediterráneo.

La alianza con Castilla no era más que una farsa, porque los espíritus de los nobles estaban corrompidos por el afán de riqueza personal.

Escuchó ruidos en el pasillo. Instantes después, el pasador de su celda, y se abrió la puerta.

Ante él apareció una figura encapuchada que sostenía una antorcha.

Aunque habían pasado tres días, Ruy lo reconoció.

No había rostro que se le escapara, como buen centinela de frontera.

Aquel muchacho era el doncel que había acompañado al infante Enrique durante su interrogatorio.

–¿Adónde me lleváis?

–Mi cometido es sacaros de aquí.

Ruy siguió al paje por pasillos y corredores vacíos en las entrañas del alcázar. La luz de la antorcha tan sólo daba color y forma a pocos pasos de distancia, y la oscuridad lo volvía todo más sofocante. Ruy sintió frío.

Al fin, entraron en una estancia amplia en la que había una letrina de piedra y una pila de agua alargada como un abrevadero.

Ruy reconoció un bulto con sus pertenencias, su espada, loriga y cota de malla.

Allí los esperaba un monje encapuchado, vestido con un hábito franciscano, al que no podían verle el rostro.

El doncel intercambió unas palabras con él y luego se marchó.

Ruy permaneció frente al monje, que sostenía en las manos un candil.

–Os llevaré en presencia de la reina María.

Ruy recordó la voz de la reina y sus ojos claros. La dama más noble y hermosa de Castilla.

–Necesito asearme.

El motivo era otro, en realidad.

–Daos prisa.

La figura estiró una mano y le señaló el lavatorio.

Ruy se desnudó por completo. El monje se dio la vuelta.

Después de tantos días, agradeció que sus heridas y rozaduras tocaran el aire.

En la espalda, atada con unos vendajes, portaba la carta que debía entregar al rey.

Deshizo los pliegues con cuidado. Su piel exhibía una cicatriz enorme en la mitad del cuerpo, desde el rostro y cuello hasta su hombro, pecho y espalda.

El monje apartó la vista, por la impresión.

Ruy se acercó al agua de aquella pila centenaria.

Cogió jabón de un plato y una escobilla, y se mojó el cuerpo con cuidado.

Luego se enjabonó por completo. Aunque no lo pareciera a simple vista, sus heridas se habían solidificado, y su piel, antes lisa, mostraba incontables montes y cráteres, ligeras llanuras y colinas que le daban un aspecto escamoso.

Se lavó el rostro y el cabello echándose agua con un cuenco de madera.

Cuando acabó, se vistió y se peinó los cabellos hacia atrás.

Llevaba días sin ponerse la cota de malla y la toca, días de caminos y senderos, de noches a la intemperie.

Llamó al monje para que lo ayudara. Le era imposible pasársela por la cabeza sin la asistencia de alguien.

Las anillas eran dolorosas al contacto con la piel.

El monje hizo lo que le pidió y, durante un instante, la llama de la vela reflejó unos ojos almendrados en el interior de la capucha.

De repente, Ruy se dio cuenta de que aquel desconocido era una dama. Fingió no saberlo.

A Ruy le costaba pensar. Estaba hambriento y exhausto.

Un ventanuco daba a los tejados del barrio colindante al alcázar y, desde allí, pudo contemplar un trozo de cielo.

El tinte azulado le dijo que era de madrugada y que faltaban algunas horas para el alba.

Lo animó la esperanza de estar lejos de Toledo al mediodía.

Volvió a pensar en el doncel que había acompañado al infante Enrique e intuyó que estaba comprado por alguna otra facción de la corte, incluso por el propio rey.

«Viven con el enemigo bajo el mismo techo.

Dios me libre de estas intrigas majaderas».

Antes de salir, el monje le entregó un hábito.

–Para cubrir el hierro –dijo con simpleza.

Ruy quería huir, alejarse al galope de la corte como la primera vez, escapar de esos juegos maniqueos de gente deshonesta.

Su servicio a la corona había acabado con la defensa de Tarifa, y esperaba que la entrega de la carta de Juan Mathe fuera su última acción a los reyes de Castilla.

Después al fin llegaría la deseada libertad.

Aquellos pensamientos desaparecieron al elevar los ojos tras hincar la rodilla frente a la reina.

Cuánto había cambiado. La última vez que la había visto había sido mucho tiempo atrás.

Y ahora la tenía delante de nuevo, sin más compañía que la del monje y la de su hermano Alfonso, otro hombre al que recordaba bien.

Ruy cometió la osadía de mirarla a los ojos una vez, como si tentara a la suerte. Era imposible que lo reconociera.

La reina María era una dama como ninguna otra.

Podía verse en su actitud, en su mirada.

No temía curiosear y explorar con sus ojos, enfrentarse a lo que tenía delante.

Fue al incorporarse cuando Ruy descubrió la identidad del monje, que al echarse la capucha hacia atrás reveló el rostro de su dama de compañía: doña Constanza Salvatierra.

Aunque se lo imaginaba, el efecto fue el mismo.

La visión de ambas, orgullosas como dos rosas en invierno, arrastró a Ruy hacia el recuerdo de un tiempo perdido.

–Castro –pronunció la reina tras leer la carta de Juan Mathe–, dice el camarero mayor que sois un hombre al que él mismo confiaría su propia vida e incluso la del rey. ¿Qué decís a eso?

¿Tendría el valor de decirle la verdad? «Caballerizo…

». Tanto tiempo había transcurrido que era absurdo pensar en ello.

«Cumplo con mi deber para regresar a mi tierra con prontitud, alteza real.

Hace mucho aprendí que la corte cambia a la gente a peor».

Ruy estaba lejos de considerarse un caballero ejemplar.

–Sólo soy un mensajero que lamenta profundamente la muerte de su rey, un castellano que cumple con fidelidad lo que le ordena su señor natural.