Alma de Castilla
© inepub.com
I
I
El juramento
El jinete detuvo su montura al otro lado del río.
Por delante podía ver el lugar donde se había detenido la corte del rey, un corral de avaros falsarios y bandoleros, de traidores probados y nobles de cobardía demostrada, de señores sin honor con grandeza de apellido y bajeza de palabra.
Siempre arrastrados por la sucia guerra en nombre del reino y del poder, maldita escoria mal llamada nobleza.
«Ahí ardan en el infierno por la eternidad, hi de putas».
Acababa de romper una promesa. Había jurado no volver.
Ruy Castro iba bien abrigado, pero se aseguró de que la toca le cubría el rostro, como de costumbre, para no espantar a nadie con su aspecto.
Aunque se había habituado a que la mirada de la gente se detuviera en ese lado de su cara, seguía sin llevar bien la sorpresa que generaba en algunos.
Simplemente era mejor ocultar las cicatrices, mostrar lo menos posible.
Tosió de puro frío y desmontó de mal humor, mientras apartaba de su mente estos pensamientos.
Sus botas salpicaron el barro sobre la poca hierba del camino.
El cielo estaba gris, y notó el olor que traía el aire a tierra mojada.
Una brisa revoloteó las hojas secas. Se avecinaba una tormenta.
«No hay abril que no sea vil», dijo para sí.
Bribón acercó el morro a su mano. Acarició el pelaje blanco con manchas grises de su caballo árabe.
Examinó los cascos cubiertos de barro de su montura y se dio cuenta de que iba a tener que herrarlo de nuevo.
Estaba siendo un año duro para él. Las heladas cubrían los campos de Castilla y el viento cortante cruzaba del reino de Sevilla a la frontera, hacia esa llanura que se extendía desde los desfiladeros cercanos a las Navas y al reino de Jaén, hasta Toledo.
Tierra de repobladores, tierra de nadie.
La primavera tardaría en llegar, acompañada de las grullas que anunciarían, con su vuelo, la época de los buenos pastos.
En el horizonte ceniza, más allá de los molinos y el muladar, se perfilaba a contraluz la silueta soberbia del alcázar y del alficén.
Al otro lado de las murallas podían distinguirse los tejados de las casas formando un sinfín de callejuelas estrechas.
La llamada ciudad de las tres culturas era un laberinto de pasadizos y recovecos.
Aunque no gustaban de adentrarse en el recinto, no tenían alternativa.
Ambos debían cruzar la tierra de frontera y los reinos cristianos, y Toledo, donde se hallaba el rey, marcaba la mitad de su travesía.
Con una brusca sacudida, Bribón hizo saber a su jinete que estaba molesto.
Ruy sostuvo las bridas y deshizo el trecho que lo separaba del torreón del puente de Alcántara.
Abajo, el apacible Tajo ofrecía un espejo a su paso, frío y tembloroso.
En la distancia se apreciaba el arco que formaban los pilares del puente, en cuya unión con su reflejo en el agua creaban un círculo de piedra casi perfecto entre la niebla.
–Sé que no te gustan las ciudades, pero es lo que hay.
Cruzaron los arcos junto con los últimos rezagados de la tarde, viajeros, peregrinos y gentes de los alrededores.
El murmullo de Toledo eran voces de forasteros y comerciantes, el ruido de carros y transeúntes, el sonido de los pasos sobre la piedra, el crujir de puertas y postigos, el grito de buhoneros, las campanadas de sus iglesias.
Nunca Ruy se había sentido cómodo en una ciudad.
Sus olores y hedores le traían a la mente el cuero viejo o una piel sin curtir; tenía la sensación de que toda ella olía a tintes, a tenerías y batanes.
¿Quién, en su sano juicio, podía vivir alejado de la naturaleza y pegado casa con casa con su vecino?
De camino al alficén, mientras subía la cuesta, imaginó que habría nobles cuyos pies, calzados con finos zapatos de seda y oro –todos esos que se disputaban el poder–, jamás habrían de posarse sobre la hierba o la tierra embarrada y cuyas manos nunca hurgarían en el estiércol con el que se nutría la huerta, ni tampoco sus dedos se perderían en la lana de una oveja antes de ser esquilada.
Ruy, que siempre había vivido de la tierra y del rebaño, pensaba todo lo contrario.
Para él, la vida y, en definitiva, la idea de un reino se hallaba fuera de las ciudades.
Torció en el convento franciscano hacia el postigo que conducía a Santa María del Alficén.
Poco después, en una suerte de plazoleta, distinguió a un grupo de monjes y caballeros pertenecientes a alguna de las órdenes militares que había visto en la frontera.
Lejos de los valores que se les presuponían a éstos, muchos de ellos no eran más que malhechores al frente de una partida de bandoleros, siempre al servicio de un señor o de su propia bolsa.
Las disputas de la nobleza eran crueles y sangrientas, y sólo un rey apodado «el Bravo» era capaz de aplacarlas.
Ruy tiró de las bridas de Bribón, justo cuando uno de ellos desviaba la vista hacia su rostro y luego paulatinamente hacia su espada.
Conocía de sobra a esa clase de hombres soberbios; se había hartado de verlos en la defensa de Tarifa.
El caballero lo siguió con la mirada hasta que el jinete y su montura se perdieron por una callejuela.
La compaña del rey, que así se hacía llamar el séquito de más de doscientas personas que iban con el monarca en aquella corte itinerante, había estado un tiempo en Alcalá y, desde hacía unas semanas, permanecía en Toledo.
Por eso ahora, en el exterior, en las puertas del alcázar, la guardia estaba formada por ballesteros que vestían indumentarias de blao y hombres de armas de a pie, de paño tinto.
Los guardias mostraban un semblante serio.
¿Qué sucedía? Ruy sabía cómo respiraba una guarnición.
Acostumbrado a la guerra, supo nada más llegar que allí pasaba algo grave.
Aquella partida estaba claramente inquieta, y eso hizo que se le erizara la piel.
Dejó a Bribón en las caballerizas y se presentó como mensajero en el vestíbulo.
Llevaba una carta de uno de los hombres más poderosos del reino, don Juan Mathe de Luna, que debía entregar al rey Sancho en persona.
No le hizo falta decir que era noble ni que venía del punto más extremo del reino de Castilla.
Aunque su hidalguía fuera insignificante frente a los grandes del reino, como los López de Haro o los Lara, Rodrigo Castro de Roda no era un simple vasallo sin nombre.
Decir que la carta procedía de la pluma de don Juan Mathe fue suficiente para que un paje y dos guardias echaran a correr por los pasillos del alcázar.
Ruy fue conducido a una sala privada, en espera del monarca.
Juan Mathe de Luna había enviado al rey Sancho todas las cuentas del reino y sus instrucciones.
Sobre sus manos recaía el ordenamiento de los reinos y la campaña contra los benimerines y nazaríes.
Era el hombre de mayor confianza de los monarcas, un caballero sereno y leal, de probada nobleza, que no se dejaba arrastrar por arrebatos, pues acostumbraba a calcular y a meditar sus decisiones.
Ruy se había ganado su confianza después de salvarle el pellejo en un ataque, y acabó siendo sus ojos en Tarifa.
Tuvo tiempo de mirarse las botas llenas de barro sobre la losa.
Sacó una de sus vendas y limpió un poco el cuero húmedo.
Iba a presentarse frente al rey de aquella guisa.
«Es lo que hay». Ruy era un caballero de carácter reservado, casi un ermitaño.
No le gustaba hablar con la gente; sin embargo, intuía su comportamiento, motivo por el que era bueno encontrando partidas de hombres a pie o a caballo en la frontera.
Sabía seguir un rastro, distinguir voces en la lejanía, olisquear el aroma que dejaban los caballos a su paso.
Lo había aprendido de un almogávar, y así se referían a él desde entonces.
La puerta se abrió, y un paje accedió a la estancia sin anunciar a nadie. Instantes después, entró un anciano vestido con una saya encordada, calzas rojas y una capa elegante de tejidos vivos. Ruy hizo una reverencia y se presentó. Cayó sobre él una mirada pesada de casi siete décadas.
–Dicen que habéis traído un mensaje para mi sobrino.
«Sobrino». Significaba que aquel hombre era el infante Enrique de Castilla, tío del rey Sancho, hermano de Alfonso, «el Sabio».
Hasta Tarifa habían llegado los rumores y las leyendas de aquel sujeto que había pasado más de veinte años en una prisión mugrienta después de echar un pulso al mismísimo Carlos de Anjou, rey de Sicilia, hijo del rey de Francia.
Toda su vida había sido amigo y enemigo de reyes y de emires, había combatido en la batalla de Taglicozzo, y llegado a ser nombrado senador de Roma, que era como se le conocía en la corte castellana.
Su sobrino Sancho había visto con buenos ojos acoger a un hombre experimentado en la guerra, en la corte y en las conspiraciones.
Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
A Ruy le bastó con verle la cara para saber que aquel hombre curtido por las heridas de la vida era imposible de embaucar.
–La carta, pues –insistió el infante.
–He jurado, bajo el signo de la cruz, entregar el mensaje personalmente al rey Sancho. No faltaré a mi palabra.
Don Enrique observó sus botas llenas de barro, y Ruy siguió el recorrido de su mirada, que se posó luego en su toca bajo la cota de malla y en sus cicatrices. Se preguntó qué pensaría de él un hombre como el infante, que un donnadie le negara un privilegio reservado únicamente al rey.
–¿Lo envía Juan Mathe?
–No es una carta, sino un mensaje. No la llevo conmigo, por si deseáis saberlo –mintió Ruy.
Don Enrique echó una mirada al doncel que aguardaba junto a la puerta y enseguida se volvió hacia Ruy con un marcado gesto de impaciencia en la mirada.