Allegra Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

A Fairchild le pareció que eso indicaba una infancia infeliz, pero no se pronunció.

Su padre era un borracho que le propinaba tremendas palizas de pequeño, al igual que a su madre.

Él sobrevivió; ella no. Murió a causa de un traumatismo craneal cuando él tenía diez años, y su padre ingresó en prisión.

A Galen Fairchild lo internaron en un orfanato y tuvo la suerte de que una cariñosa pareja de Boston lo adoptara, seis meses después del fallecimiento de su madre, y le cambiara la vida.

Bajo ningún concepto habría salido adelante sin ellos.

Lo llevaron a París y él se quedó prendado de la ciudad.

Habían sido como unos padrinos mágicos que le abrieron horizontes en el mundo.

—Yo también me sentí invisible durante un tiempo —le confesó Galen Fairchild a Allegra—. Aunque me costaba pasar inadvertido, todo sea dicho. Soy pelirrojo.

A ella le hizo gracia el comentario.

—Y yo —dijo Allegra sonriendo.

—Lo sé por las fotos que aparecen en la contracubierta de sus libros. Entonces ¿nos hacemos invisibles y tomamos café? ¿Estaría dispuesta a quedar conmigo para un café, si puede aparcar el libro que está escribiendo?

Allegra titubeó. La verdad era que no tenía ganas de conocerlo, pero parecía un tipo decente. En su opinión, pocos periodistas lo eran.

—Odio que me interrumpan —rezongó ella.

—No hace falta que me conceda la entrevista —dijo él—. El café no la obliga a nada. Y puedo entrevistarla dentro de un año, o cuando se publique su próximo libro, si le parece bien. A la editorial le gustará.

Era cierto, y él era perseverante, con amabilidad y a la vez tenacidad.

—Se muestra muy persuasivo para ser un tipo pelirrojo invisible —comentó Allegra, y Fairchild se echó a reír.

—Quién sabe, a lo mejor acabamos siendo amigos. Cosas más raras han pasado. Por lo general, los personajes con los que trato me caen bien. Si no, soy incapaz de escribir sobre ellos.

—En mi caso me tienen que gustar los personajes de mis libros —le confesó ella.

—Es afortunada. A mí me gustaría escribir un libro algún día. Ahora, con mi trabajo, no dispongo de tiempo.

—Mañana por la mañana a las once en punto.

Allegra le dio el nombre de una cafetería a la que iba ocasionalmente, donde nadie se fijaba en ella.

—Allí estaré. —Lo anotó—. Y gracias. No la entretendré mucho.

—Quiero estar sentada a mi mesa para el mediodía —dijo ella con firmeza.

—A las doce menos cuarto me levantaré con la frase a medias. —Sabía que vivía en Bel-Air—. Hasta mañana, y gracias.

Galen Fairchild tenía una voz suave, y había algo en él que le gustaba. No tenía claro por qué, dado que era periodista, y los periodistas no le inspiraban mucha confianza.

A la mañana siguiente, después de ducharse, Allegra se disponía a ponerse una sudadera y unos tejanos cuando se quedó mirando su pelo rojo en el espejo.

Lo tenía enmarañado, y se lo cepilló. Le caía liso por la espalda, y, haciendo un pequeño esfuerzo, decidió ponerse unos tejanos negros y un suéter blanco.

No quería ser de esas escritoras que iban hechas unos zorros para demostrar que eran intelectuales.

Se puso unos pendientes de oro, enfiló rauda hacia la puerta y se metió en el coche.

Llegó a la cafetería con cinco minutos de antelación y esperó en el coche hasta que lo vio; no le apetecía sentarse a una mesa sola.

Seguía siendo tímida, más si cabe desde la muerte de Henry, que ya no estaba allí para protegerla.

Durante aquellos siete años mágicos se había sentido muy segura a su lado.

Ahora se encontraba sola de nuevo y debía protegerse ella misma.

A Allegra le sorprendió la estatura de Galen Fairchild.

Era muy alto, de hombros anchos. Parecía un gran oso de peluche.

Le llamó la atención su pelo rojo al instante.

Iba vestido con una camisa azul, un bléiser, tejanos y mocasines.

Tenía el aspecto de la gente de la costa este, y parecía el típico periodista de The New York Times : respetable, tradicional, de la vieja escuela.

Entró en la cafetería un minuto después que él, que sonrió bajando la vista hacia ella. Se sintió diminuta a su lado, aunque no lo era. Calculó que rondaría el metro noventa y tantos de altura.

—Me estaba observando —dijo él, sonriendo con aire divertido.

—¿Cómo lo sabe? —le preguntó, y el periodista apuntó con el dedo hacia su pelo.

—La he visto en el coche. No es tan invisible como se piensa. Yo tampoco. Medía un metro noventa y tres a los quince años. Cuesta pasar inadvertido, con este pelo.

Pidieron los cafés y, cuando tomaron asiento, Allegra le preguntó de dónde era.

—De Boston.

Hablaron de París y la costa este, y ella le habló de la casa de Newport.

Galen había estado allí en una ocasión. Dijo que le gustaba muchísimo Los Ángeles, donde llevaba cinco años viviendo.

Mencionó que estaba divorciado y que no tenía hijos.

Que estudió en Yale, Literatura Inglesa, como ella.

Cuando dijo que era adoptado, Allegra intuyó que había una historia detrás.

Ambos tenían un pasado. Según afirmó, su exmujer y él eran buenos amigos.

Ella se había vuelto a casar y tenía cuatro hijos, uno de los cuales era su ahijado.

—Como yo no quería tener hijos, rompimos, y más adelante ella encontró al tío adecuado.

—Yo tampoco quise. Quería evitarles una infancia desdichada por mis posibles errores —confesó Allegra.

—Sí, lo mismo que yo, algo así. Los pecados de los padres y todo eso.

Allegra sabía exactamente a qué se refería.

Su temor había sido convertirse en una madre como la suya.

¿Y si lo llevaba en el ADN? Galen Fairchild le sacaba dos años, aunque aparentaban más o menos la misma edad.

Recordaba vagamente que tenía cuarenta y tres; lo había buscado en Google.

Mientras conversaban, él se puso de pie y miró su reloj.

—Se acabó el tiempo.

Allegra se quedó de piedra, pero acto seguido se acordó del pacto y sonrió al tiempo que se levantaba.

—Tienes que volver al tajo o no volverás a dirigirme la palabra —dijo Fairchild.