Capítulo 16
La breve aventura con Jordan fue para Allegra un recordatorio de cosas que ya sabía.
No volvió a tener noticias de él. Se enteró de que había regresado de Inglaterra a los nueve meses, y, a juzgar por los tabloides, la puerta giratoria de su dormitorio continuaba en funcionamiento.
Alrededor de dos años después leyó que se había casado con una joven actriz, y al cabo de un año, que se había divorciado.
Y finalmente ganó un Oscar. Allegra no tenía ningún interés en retomar el contacto con él, cosa que Jordan tampoco intentó.
En resumidas cuentas, era un farsante, y siempre lo fue.
Tras su último encuentro con Jordan, Allegra continuó trabajando en el libro.
Tardó un año en terminarlo. Escribió las últimas palabras en el segundo aniversario de la muerte de Henry.
Fue simbólico. Aún lo añoraba muchísimo, si bien era cierto que el libro la había mantenido ocupada y a él presente en su día a día.
Encontró a un agente literario y una editorial interesada en publicarlo.
A Pippa le encantó cuando lo leyó, pero ella no editaba libros de no ficción.
La biografía de Henry Platt, Oda a la alegría , se publicó tres años después de su muerte. En esa época la música que compuso para el cine había adquirido más fama si cabe. Era una leyenda. Y el libro tuvo un considerable éxito.
Allegra envió ejemplares del libro a los hijos de Henry, con la esperanza de que conocieran a fondo a su padre y el tipo de persona que fue a través del libro.
Merecían conocer su historia, que también era la suya, porque él formaba parte de ellos.
Fue un hombre del que sentirse orgulloso.
Confiaba en que lo leyeran, aunque nunca tuvo noticias de ellos.
El veneno con el que su madre los había emponzoñado contra su padre acabó destruyendo la relación que nunca llegaron a mantener con él, y fue una pérdida aún mayor para ellos que para Henry.
Antes de que la biografía se publicara, Allegra escribió una novela. Sus habilidades con la edición la ayudaron a afinar el proceso. Fue una primera obra de ficción digna de respeto.
En los nueve años posteriores a la muerte de su esposo, escribió la biografía y cinco novelas.
Las dos últimas se mantuvieron durante varias semanas en la lista de superventas; la más reciente, en el número uno.
Era un motivo de orgullo para ella, y estaba segura de que Henry también se habría sentido orgulloso.
Trabajaba sin descanso, lo mismo que él en su música.
Había aprendido eso de él, uno de los regalos que le había hecho junto con los siete años de matrimonio.
Aparte de escribir día y noche hasta finalizar cada libro, hacía poco más; sus libros eran su vida.
Los personajes que aparecían en ellos eran su familia y sus amigos.
Encontró su camino cuando Henry ya no estaba; anteriormente había estado demasiado ocupada con él para escribir.
A los cuarenta y dos años, era una escritora de éxito y llevaba una vida tranquila.
Su mes de locura con Jordan Allen fue una experiencia insólita en su vida por la que finalmente llegó a perdonarse.
Continuó viviendo en Los Ángeles, en la casa que Henry le había dejado en herencia en Bel-Air.
Louise seguía trabajando para ella, aunque amenazaba con jubilarse.
Allegra iba a París todos los años a pasar una semana en junio, en el aniversario de su primer viaje allí con Henry, y se hospedaba en el Ritz.
Vivía para ese viaje, y a estas alturas se conocía la ciudad al dedillo.
Su libro más reciente estaba ambientado en París y hablaba de un asesinato en el Ritz.
Había dedicado todos los libros a Henry.
A Allegra no se la había visto en público desde su última aparición en los Premios de la Academia con Jordan.
Su editorial se quejaba sin cesar de que no se promocionaba lo suficiente.
Apenas participaba en actividades mediáticas, con la salvedad de alguna entrevista telefónica o por correo electrónico de uvas a peras.
Seguía siendo un misterio para la mayoría de sus lectores, cosa que ella prefería.
Creía que los libros debían destacar por derecho propio, sin necesidad de exponerse a los medios.
Se sentía a gusto con la vida que llevaba.
No le atraía en absoluto la idea de hacerla pública, ni de hablar de su infancia o sus matrimonios.
Había empezado a escribir un nuevo libro, un mes después de haber terminado el último.
Había trabajado hasta las tantas la noche anterior, como acostumbraba a hacer Henry, y acababa de ponerse manos a la obra con una taza de café al lado cuando Louise fue a decirle que había un hombre llamado Galen Fairchild al teléfono.
A Allegra no le sonaba el nombre. Louise tenía presente que Allegra odiaba que la interrumpiesen cuando escribía, pero en este caso estaba todavía al principio del libro.
La empleada se cuidaba de no molestarla cuando se encontraba ultimando uno.
—No lo conozco —dijo Allegra distraídamente, sin levantar la vista del ordenador—. Averigua qué quiere y que deje un recado. Dile que estoy escribiendo.
Por lo general, consultaba los mensajes al final de la jornada, o bien Louise le dejaba notas en las bandejas con la comida.
Encontró la de Galen Fairchild mientras se tomaba un sándwich a mediodía.
Por lo visto trabajaba en The New York Times.
Allegra gruñó al leerlo. En ocasiones deseaba tener una ayudante, aunque la mayor parte del tiempo no necesitaba ninguna.
Allegra estuvo sopesando la idea de devolverle la llamada después de comer.
Lo más probable es que quisiera entrevistarla, a lo cual se negaría.
Pero los periodistas eran tenaces, y volvería a llamar.
Resultaba más fácil zafarse de él y ahuyentarlo sin dilación.
Experimentaba un especial placer cuando hacía algo así y confirmaba su reputación de huraña.
Jordan le había quitado las ganas de volver a probar las «citas»; seguramente solo le habrían complicado la existencia, o habría caído rendida ante alguien como él.
Nadie estaría a la altura de Henry. La fortuna se puso de su parte en una ocasión, pero no quería tentar la suerte otra vez.
Tuvo un gran amor, y ahora tenía una profesión, que iba viento en popa. Con eso le bastaba.
Descolgó el teléfono y marcó el número que Louise había anotado; era un número de Los Ángeles. Respondió un hombre, y ella preguntó directamente por Galen Fairchild. Este se puso al habla enseguida. Tenía una voz grave y agradable y hablaba en un tono alegre y cordial.
Allegra se presentó y él le dio las gracias por devolverle la llamada.
—Trabajo para The New York Times —dijo él—.
Cubro los libros y autores de la zona de Los Ángeles.
Leí la biografía de su esposo recientemente y disfruté mucho.
Ahora acabo de leer su última novela, que me ha encantado también.
Soy un admirador del trabajo de su esposo desde hace años.
Además, siento un cariño especial por París.
Como pasé un año estudiando allí, la novela me enganchó con la localización y el Ritz.
Y, bueno, aquí estoy. Tengo entendido que no concede entrevistas —señaló en tono jocoso—.
A pesar de ello, se me ha ocurrido probar suerte y ver si accedería a hablar conmigo.
Es para la revista dominical, un reportaje a fondo.
Sería bueno para las ventas del libro —añadió, con la esperanza de resultar convincente, mientras Allegra titubeaba.
—Es cierto, no concedo entrevistas, y acabo de empezar un nuevo libro. Igual podíamos hablar dentro de seis u ocho meses —dijo ella escapando por la tangente, con la intención de darle largas, y él se rio.
—Oh, qué mujer más cruel —comentó—. ¿Y qué le digo a mi director?
—Que soy una antipática de tomo y lomo, que me he negado a hablar con usted. Puede mentir y aducir que ha sido imposible contactar conmigo.
Galen Fairchild se echó a reír de nuevo.
—Un momento, deje que apunte eso… Una antipática de tomo y lomo… Por cierto, ¿por qué no le gustan las entrevistas?
—Porque no tengo nada que decir. No creo que las entrevistas tengan relevancia. Si el libro merece la pena, daría lo mismo que estuviera loca de atar. Además, mi vida personal es cosa mía, no del público.
—Cierto. No da la impresión de estar loca de atar.
—Es que no lo estoy. Solo soy arisca y celosa de mi intimidad. Mi difunto esposo también lo era.
—Lo sé. Era una persona extraordinaria, la verdad —comentó Fairchild con admiración—. Lo plasmó magníficamente en el libro. Leyéndolo, me enamoré de él.
Había recibido un ejemplar para escribir la reseña.
—Yo también. Era una persona muy especial. —La voz se le suavizó al decirlo, cargada de emoción.
—¿Se tomaría un café conmigo? En plan totalmente confidencial, sin entrevista.
Quizá podamos dilucidar algo sobre lo que le gustaría hablar.
París, por ejemplo. Es que, en mi opinión, sus lectores merecen conocerla mejor.
Tengo la sensación de que la mujer que escribió sobre Henry Platt también es especial.
Entendía todas las singularidades de su personalidad artística.
Eso es un verdadero don, y ser capaz de contarlo y transmitirlo al lector es otro.
Escribe bien, y es una perspicaz observadora de la especie humana.
—No siempre —puntualizó ella, pensando en Jordan Allen—. Desde pequeña me han fascinado las personas. Pensaba que era invisible, que podía verlas y pasar desapercibida.