Allegra Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Probablemente no lo haría de todas formas, y decidió ser honesta con él mientras salían de la cafetería.

—No voy a hacer la entrevista, ¿sabes?

—Me lo figuraba. —No parecía sorprendido—. Solo quería conocerte. Tus libros son muy interesantes, me encantan. Ahora estoy leyendo tu segunda novela.

Allegra se rio.

—Yo también sentía curiosidad —reconoció.

Galen le gustaba. Le parecía una persona normal y auténtica, y daba la impresión de que también había recorrido un arduo camino hasta llegar allí.

El hecho de no querer ser padre era revelador.

Sospechaba que tenían más cosas en común que el color del cabello.

Sin embargo, nada indicaba que sintiera rabia o amargura.

Además, le chiflaba París, de modo que tampoco sería tan malo.

No había apostado por nadie en nueve años, desde que Henry falleció, y se preguntó si había llegado el momento.

Ni siquiera se lo había planteado después de la aventura con Jordan, ni lo echaba en falta.

Los libros habían llenado su tiempo. Pero algo de cierto había en lo que Jordan le dijo: debía vivir.

Y los libros no bastaban. Además, necesitaba gente auténtica en su vida.

Los libros eran su vía de escape a un mundo de fantasía, y lo habían sido desde su niñez.

En aquel entonces los leía; ahora los escribía.

Galen Fairchild acompañó a Allegra a su coche. Se sentía diminuta a su lado.

—¿Puedo volver a llamarte? —le preguntó él.

—Ya te he dicho que no haré la entrevista —le recordó.

—Lo sé, te he oído. Me refiero para quedar a comer o cenar algún día.

A título personal, sin entrevistas. Un encuentro invisible —dijo, y ella se rio—.

O igual podemos quedar a comer en París.

Allí están todos mis restaurantes favoritos.

Aunque conozco un pequeño y agradable restaurante francés en Melrose que es bastante genuino.

Sirven cassoulet, pastel de carne y patata, confit de pato, morcilla…

, platos típicos de bistró. Comida de verdad.

Él también parecía de verdad, no solo por sus gustos culinarios. Se daba cuenta de que era un hombre noble y honesto.

—Estaría bien —respondió Allegra.

Llevaba huyendo mucho tiempo, y se planteó si era hora de parar.

Huir del mundo sola resultaba agotador, y no muy divertido.

Daba la impresión de que Galen podría ser interesante.

Fuera lo que fuese, ignoraba qué la había empujado a acceder a quedar con él.

Tal vez hubiera sido cosa del destino, o de pura suerte, como cuando acudió a la entrevista de trabajo con Henry y se abrió un mundo totalmente nuevo para ella.

—¿Te llamo dentro de ocho meses, cuando termines el libro? —preguntó él en tono esperanzado y con un brillo pícaro en la mirada.

—Igual dentro de tres o cuatro semanas, una vez que tenga perfilado el esquema de la novela —respondió Allegra.

Él, satisfecho, asintió con la cabeza. Tenía la fuerte sensación de que se habían conocido por una razón, lo mismo que ella.

—Por mí bien. Estaré libre dentro de ocho meses también, por si perdieras la noción del tiempo.

Sé cómo son los escritores —dijo Galen, y Allegra soltó una carcajada—.

Por cierto, voy a decirles que no quisiste atender mi llamada.

Así te dejarán en paz y no le asignarán el artículo a nadie más, al menos durante una temporada.

—Gracias.

Mientras miraba a Galen, Allegra percibió que un hilo invisible los conectaba. Como una especie de vínculo potente. Él también lo notó. Tal vez fueran las similitudes entre sus respectivos pasados, o algo parecido.

—Gracias por venir —añadió Galen cuando ella subió al coche y levantó la vista.

—Hasta pronto —dijo Allegra, segura de que así sería.

Galen retrocedió y ella le dijo adiós con la mano mientras se alejaba.

Alcanzó a ver por el espejo retrovisor cómo subía a su coche, un todoterreno desvencijado, con gesto sonriente.

En el trayecto de regreso a Bel-Air cayó en la cuenta del legado más preciado que Henry le había dejado.

Lo había enterrado durante largo tiempo y procurado olvidarlo; pero había aflorado a la superficie de nuevo y sentía cómo crecía en su interior.

Era la alegría. Y cuando se le añadía el amor, se obraba la magia.

Eso era lo que Henry le había dejado para que lo conservara de por vida.

Residía en lo más profundo de su ser, y nadie podría privarla de ella.

En Galen había percibido la misma alegría, así como amabilidad y valentía.

Se requería valentía para aferrarse a la alegría, y determinación para no perderla.

Las malas personas y las malas rachas hacían que uno se fortaleciera y valorara aún más la alegría al sentirla de nuevo, todavía intacta, con su luz brillando con más fuerza que antes.

Le hacía ilusión volver a ver a Galen. Y, pasara lo que pasase, sentía alegría en el alma.

La había recuperado, más brillante y fuerte que nunca.