Capítulo 15
A la mañana siguiente del encuentro sexual con Jordan, Allegra se despertó a las seis, se levantó de la cama con sigilo, fue de puntillas al cuarto de baño y se puso una bata de satén blanco.
Ni siquiera creía que lo de la noche anterior pudiera considerarse hacer el amor.
Fue sexo desenfrenado, puro y duro, un tipo de sexo que jamás había tenido con nadie.
Jordan era un amante diestro y ella había experimentado y hecho cosas inauditas hasta ahora.
Estaba saliendo del baño cuando lo vio de pie desnudo en el dormitorio, mirándola.
Costaba apartar la vista de la lozanía y la juventud de su hermoso cuerpo.
Sabía que, muy a su pesar, se había metido en un lío.
Hasta el momento nunca había mantenido relaciones íntimas con nadie como él.
Solo se había acostado con dos hombres en su vida, Henry y Shep, y se había casado con los dos.
Jordan no era un hombre como esos con los que una se casaba, pero tampoco resultaba fácil resistirse a él.
—No huyas —susurró Jordan suavemente—. Vuelve a la cama.
Obedeció y se sentó en la cama, donde él siempre había soñado estar. Y ahora estaba allí.
—Tenemos que hablar —dijo Allegra en tono serio—. No me explico lo que pasó anoche. Perdí la cabeza.
—Yo sí me lo explico —afirmó Jordan, despatarrado sin pudor sobre la cama, mostrando su desnudez en todo su esplendor.
Parecía sentirse totalmente a sus anchas—.
Pasó que llevo nueve años enamorado de ti y no pude contenerme.
Y tú tampoco puedes vivir como una ermitaña para los restos.
Eres joven, tienes que vivir, salir de esta casa y repetir lo que hiciste anoche.
—Henry falleció hace nueve meses. Me he portado como una cualquiera —dijo ella, atormentada por la vergüenza y la culpa. Se sentía como si hubiera sido infiel a su marido.
—Tu cuerpo no sabe llevar la cuenta del tiempo, Allegra. Estuviste casada con un hombre que te sacaba casi cuarenta años. Ahora necesitas rebobinar la película, vivir como la joven que eres, con alguien de una edad más parecida a la tuya. No has hecho nada malo.
—¿Y a partir de ahora qué? ¿Soy el capricho del mes? Jordan, te conozco. Jamás en tu vida has estado con una mujer más de seis semanas, igual siete. Esto no va conmigo, no es lo que quiero.
—Porque no podía tenerte, y pensaba que jamás podría. Ahora las reglas del juego han cambiado. Eres libre.
—No soy libre. Y esto no es juego, por lo menos para mí. Yo amaba a Henry. Pasarán años hasta que desee estar con otro, a lo mejor no lo deseo nunca. No quiero tener un rollo desenfrenado, ni ser tu esclava sexual.
Él sonrió.
—Usted perdone, señorita decorosa, señora: quienes estuvieron en la cama anoche fuimos usted y yo. Yo no noté ninguna vacilación, y en el caso de que hubiera algún esclavo sexual aquí, después de lo de anoche es más probable que sea yo.
—Tenemos que reflexionar —insistió ella—. Prefiero esperar otros tres meses, hasta el aniversario de la muerte de Henry, y si te planteas ir en serio, podemos hablarlo y tomarnos las cosas con calma. No pienso precipitarme. No quiero hacer ninguna locura o cometer una tremenda equivocación.
—Estoy completamente de acuerdo contigo —dijo él con voz aterciopelada.
Entonces deslizó los dedos entre sus muslos, y seguidamente la besó y la tendió con delicadeza sobre la cama.
En cuestión de minutos ya estaban retozando de nuevo sin parar hasta que la hizo llegar al orgasmo tantas veces que vio las estrellas.
Cuando alcanzó a ver con nitidez de nuevo, Allegra se levantó.
—¡Esto tiene que parar! —exclamó, de pie junto a la cama, fulminándolo con la mirada.
Jordan se rio.
—¿Lo dices por mí o por ti? —le preguntó.
—Por los dos —respondió, aunque esta vez ni siquiera sintió remordimiento. Ansiaba más—. Está claro que he perdido la cabeza.
—A lo mejor la has encontrado. Henry fue el hombre adecuado para ti durante los años que compartiste con él, pero hace casi un año que se fue.
Tú estás viva. Tienes derecho a estarlo.
Debes vivir, Allegra. Es preciso que salgas de esta casa.
Te estás enterrando en vida tú misma. ¿Por qué no podemos estar juntos?
Hace años que te espero. Tenemos derecho a disfrutar de la juventud y enamorarnos. Ahora es nuestro momento.
—No tengo claro que esto sea amor —puntualizó ella, que seguía hablándole desde cierta distancia.
De hecho, abrigaba serias dudas al respecto. Era totalmente diferente a lo que compartió con Henry y que tanto añoraba. Jordan no era la respuesta.
—Entonces averigüémoslo. Pasémoslo bien.
Probemos a ver cómo funciona. De momento a mí me parece que va de miedo.
Y, desde luego, es innegable que hay química.
Hacía años que no tenía sexo tantas veces en una noche.
Madre mía, tengo cuarenta y cinco años, no veintidós. Me haces sentir como un chaval.
También él la hacía sentirse así. Había disfrutado, más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Ese era el problema: que se sentía de fábula. Pero ¿era lo correcto? No quería precipitarse y ya lo había hecho.
—Es que no me parece real —dijo—. No me acosté con Henry hasta un año después de conocernos; ni siquiera se nos pasó por la cabeza. —Y, en el caso de Shep, transcurrieron dos años antes—. Anoche nos lanzamos a la piscina como dos niñatos irresponsables.
—Te he esperado durante nueve años —dijo él, y todo indicaba que decía la verdad.
Allegra se conmovió. Tal vez fuera sincero. Tendría que demostrarlo. Si es que eran capaces de mantenerse alejados de la cama durante el tiempo suficiente para conversar.
—Voy a darme una ducha —dijo ella— y después te prepararé el desayuno.
Louise tenía el día libre, estaban solos en la casa, por suerte. Allegra no quería que Louise se enterase de que Jordan había pasado la noche allí, y mucho menos de lo que había ocurrido. Se habría quedado de piedra, y con razón. Ni la propia Allegra podía creerlo.
Fue a ducharse, dejó que el agua cayera a mares sobre ella al tiempo que intentaba dilucidar lo que estaba haciendo y, mientras estaba allí de pie con los ojos cerrados, notó a Jordan a su espalda, que la hizo girarse con suavidad.
—No vas a librarte de mí, Allegra. Llevo demasiado tiempo esperándote. Estoy enamorado de ti. Dame una oportunidad y te lo demostraré.
Lo rodeó con sus brazos e hicieron el amor de nuevo en la ducha.
Tardaron una hora en bajar a la cocina. Él con la toalla alrededor de la cintura, y ella con la bata de satén blanco.
Le preparó el desayuno y se lo puso delante.
Se sentía como si hubiera viajado a la luna y acabase de aterrizar en la tierra.
—No me agobies, Jordan. De verdad que necesito tiempo para pensar. No quiero meterme en un berenjenal contigo. Si esto es de verdad, lo sabremos —dijo, y él asintió con la cabeza.
—Te lo prometo. No quiero pifiarla, para mí es demasiado importante. Creo que Henry se alegraría por nosotros.
—Pues yo no. A mí me parece que pensaría que estamos chiflados —repuso ella.
Le constaba que Henry desaprobaba cómo se relacionaba Jordan con las mujeres, que entraban y salían sin cesar de su dormitorio.
Después de desayunar, Jordan por fin se vistió y se marchó, ataviado con el esmoquin de la noche anterior, la camisa desabrochada y la corbata asomando en el bolsillo. Ni a él ni a Allegra les quedaba energía para hacer el amor otra vez.
La llamó por teléfono ese mismo día a medianoche. Ella estaba tumbada en la cama, pensando en lo ocurrido y en él, preguntándose si estaría siendo sincero con ella y consigo mismo.
—¿Puedo pasarme? —le preguntó con voz sensual.
—No. El ama de llaves estará aquí muy temprano por la mañana. —Al decirlo, se sintió como una maestra reprendiendo a un crío y notó su decepción—. Además, llamar por teléfono a medianoche es llamar para asegurarse un polvo.
—Tú no eres un polvo, Allegra —afirmó él.
—Eso espero. Es que tienes algunos malos hábitos, Jordan —dijo ella con severidad, y, acto seguido, suavizó el tono—. Y otros muy buenos.
—¿Cenarás conmigo una noche? —le preguntó él.
—Sí.
—¿Mañana?
—Vale.
Cuando colgó, Allegra se di o cuenta de que le hacía mucha ilusión.
Muy a su pesar. Fue consciente de lo sola que se había sentido sin Henry; Jordan le había tocado la fibra sensible, y ella había sido incapaz de resistirse.
Quería probar, tantear el terreno y comprobar si era sincero o si la consideraba otro mero capricho pasajero.
Tenía claro que no estaba preparada para pasar página, aun cuando se hubiera desmelenado con Jordan.
Este había ejecutado su táctica de seducción muy pero que muy bien.
¿Fue una farsa o algo real? El tiempo lo diría.
La cena a la noche siguiente fue perfecta.
Jordan la llevó a un pequeño restaurante italiano de Santa Mónica donde servían una pasta fantástica.
Conversaron como la gente normal y corriente y él la hizo reír.
A ella le sentó bien salir y charlar. Lo puso al corriente de sus progresos con el libro.
Siempre le gustaba cuando adoptaba una actitud seria en vez de comportarse como un playboy.
No alcanzaba a imaginar cómo sería estar juntos.
Después de Henry, Jordan le parecía inmaduro.
Pero nadie estaba a la altura de Henry. Y probablemente nadie lo estaría jamás.