Allegra Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Jordan, con una nueva mujer en su vida, la visitó con menos frecuencia a lo largo de enero y febrero, y cuando se veían, Allegra lo chinchaba.

—No te preocupes: mi relación se irá al garete el día de San Valentín —comentó Jordan tan campante—. Me parece que está esperando a que me declare, y tú y yo sabemos que eso no va a pasar.

No se equivocaba, pues rompieron al cabo de dos días, a raíz de lo cual reanudó sus visitas semanales a Allegra.

En marzo, le pidió que lo acompañase a la gala de los Premios de la Academia en el último minuto. Lo habían nominado otra vez, y le apetecía asistir con una mujer hecha y derecha, no con una «mujer florero», como él las denominaba.

—¿Debería sentirme halagada u ofendida? —preguntó Allegra.

—Las dos cosas. Lo suyo sería que a tu edad fueses más bien una mujer florero, te sentaría fenomenal. Y prefiero ir contigo que con cualquier otra.

—Lo pensaré —se limitó a decir Allegra.

Acompañarlo y mostrarle su apoyo era un gesto de amistad, especialmente si no ganaba la estatuilla.

Jordan se había portado como un amigo incondicional con ella, yendo a verla a menudo a lo largo de nueve meses.

Al final, hizo el mismo trato con él que en el estreno: lo acompañaría a la ceremonia de entrega de los premios, no a las celebraciones posteriores.

Por lo general, las fiestas que se organizaban después de los Oscar eran muy bulliciosas y divertidas, pero no estaba preparada para eso.

Aún no había salido a cenar con él, ni con nadie.

Los amigos de Henry habían dejado de proponérselo al decirles que su intención era mantener el luto durante un año.

Pero los Premios de la Academia eran casi como una noche de trabajo para todo el mundo en la industria del entretenimiento, y para Jordan, ganar uno, si se daba el caso, sería un gran acontecimiento.

Sería bonito que a su lado estuviera ella, en vez de alguna ambiciosa actriz en ciernes que apenas lo conocía.

Se puso un vestido de noche de satén negro que se amoldaba a su figura, más sexy que el que había lucido en el estreno.

La gala de los Oscar era un evento de gran relevancia y deseaba rendir tributo tanto a Jordan, por su amistad, como a su difunto esposo, y estar guapa.

Cuando Jordan la vio con su mata de pelo rojo suelta y unos zapatos de tacón de vértigo, tomó una súbita bocanada de aire y silbó.

—Madre mía, Allegra, pareces Rita Hayworth, solo que mejor.

—¿Demasiado ostentosa? —le preguntó ella, preocu­pada.

Allegra carecía de práctica, pero las mujeres, y los hombres, lo daban todo en los Premios de la Academia. Su vestido de gala negro era magnífico y muy favorecedor.

—¡Estás fantástica! —confirmó él.

Caminaron por la alfombra roja y esta vez llamaron mucho la atención.

Se trataba de un acontecimiento de mucha más relevancia.

Jordan era un guionista de cine famoso, y ella, la viuda de una figura destacada.

Estaba guapísima, formaban una pareja digna de lucirse ante las cámaras y suscitaron un gran interés en la prensa.

Si bien es cierto que Allegra se sentía un tanto expuesta, se centró en animar a Jordan en el transcurso de la velada, y cuando no le dieron el premio le apretó la mano y le dijo que a la tercera iba la vencida.

—Ganarás la próxima vez —susurró mientras otro guionista subía correteando al escenario a recoger la estatuilla.

Jordan parecía realmente deprimido a la salida del teatro donde se celebró la ceremonia.

Como no estaba de humor para irse de fiesta y Allegra le había advertido que no lo acompañaría, cuando la llevó a su casa lo invitó a una copa para levantarle el ánimo.

Le sirvió un whisky con hielo y fueron a sentarse en el salón.

Hacía meses que Allegra no entraba allí, pero parecía apropiado por cómo iban vestidos.

—Estabas absolutamente despampanante —comentó Jordan, y acto seguido le dio un buen trago al whisky y se instaló a su lado en el sofá—. Me siento como un verdadero perdedor. Seguramente porque he perdido. —Se rio de sí mismo.

—La verdad es que es un palo tener que oír la mala noticia delante de miles de compañeros de oficio y millones de espectadores de la televisión nacional —dijo ella con empatía—. En mi caso, preferiría escucharlo en casa, en vaqueros o en pijama —apostilló, y él se rio de nuevo.

—Sí, pero entonces no habría tenido la oportunidad de presumir contigo en la alfombra roja —señaló Jordan, con aire infantil.

No cabía duda de que transmitía encanto y su vulnerabilidad resultaba atractiva, sobre todo cuando estaba de bajón, como aquella noche.

A continuación, le tocó el hombro desnudo, la miró y, de buenas a primeras, se puso a besarla, al principio con sensualidad, despacio, y después con pasión, mientras ella le correspondía al beso.

Allegra estaba sin aliento cuando él paró, deslizó las manos sobre ella y las posó en sus pechos y volvió a besarla, y de pronto no quiso detenerlo.

Añoraba a Henry, llevaba sola nueve meses, y de repente encontró a Jordan sexy, deseable y joven, y le resultó imposible contenerse.

Lo siguió a ciegas escaleras arriba, a toda velocidad, hasta el dormitorio, donde él le quitó el vestido y se desvistió en cuestión de segundos, y, antes de darse cuenta, ya estaban haciendo el amor, y Allegra lo olvidó todo excepto el pálpito intenso que la embargaba y la magia con la que Jordan la estaba hechizando.

Fue uno de los momentos más intensos y apasionados de su vida, más allá de la razón, más allá de la vergüenza o la conciencia, convertida súbitamente en una joven desesperada por un hombre que estaba igual de desesperado por ella.

Lo que sentía distaba mucho del amor, era tan solo ansia y deseo.

Ambos estaban jadeando cuando pararon. Tendida en la cama, lo miró, incapaz de dar crédito a lo que acababa de hacer.

Y sin siquiera probar una gota de alcohol. Se sentía embriagada, pero por él.

—Por Dios, Jordan, ¿cómo ha pasado esto? —le susurró mientras él volvía a tocarle un pecho, que reaccionó al instante a su roce.

—Te deseo desde el primer día que te vi, cuando Henry te contrató. Creo que me enamoré de ti en ese momento, pero él te vio primero.

Allegra, muda de asombro por el comentario de Jordan, se recostó en la cama. Él tenía un cuerpo espectacular, igual que ella. Pero el suyo pertenecía a Henry. Solo que Henry ya no estaba allí. Y Jordan sí.

—No puedes hablar en serio —repuso.

—Pues sí. Completamente. Le tuve envidia desde entonces. Era mi héroe, y consiguió a la mujer de mis sueños. Ni siquiera me importa no haber ganado esta noche. Prefiero estar aquí contigo.

Daba la impresión de que lo decía de verdad, lo cual la descolocó. Ella, que había amado a su esposo más que a nada en el mundo, acababa de darse un revolcón salvaje, desenfrenado y apasionado con otro hombre, y, para colmo de males, había gozado con ello. Se sintió tremendamente culpable.

Al cabo de unos minutos lo hicieron de nuevo, aún sin explicarse cómo había ocurrido la primera vez.

Él había conjurado una suerte de hechizo sobre ella.

Allegra no conseguía saciarse de Jordan, y este sentía lo mismo.

El vestido yacía tirado de cualquier manera en el suelo, junto con su matrimonio y su buen juicio.

En cuanto a Jordan, para él fue uno de los momentos más importantes de su vida.

Había rivalizado con Henry Platt desde que lo conoció, y lo envidiaba por todo lo que tenía, en especial, por su esposa.

Aquella noche, lo de menos era haber perdido el Oscar.

Había tardado nueve años, pero por fin había conseguido a Allegra. Ella era el premio.