Allegra Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Se hallaba sentada en el suelo del estudio, rodeada de papeles y fotografías apilados en pulcros montones clasificados en orden cronológico, cuando Jordan fue a verla por primera vez, a las tres semanas de que Henry falleciera.

Había preferido no importunarla y concederle tiempo para que empezara a sobreponerse.

Aún con la duda de si sería demasiado pronto, entró vacilante en el estudio y la vio sentada en el suelo.

Ella, con su mata de pelo rojo recogido en lo alto de la coronilla con un lápiz, levantó la vista hacia Jordan con el semblante pálido y serio.

Su belleza lo conmovió profundamente, pero no dijo nada.

—Voy a escribir un libro sobre él —le anunció a Jordan, y este, igual de serio, asintió con la cabeza.

Le entristeció ir a la casa y no encontrar a Henry allí.

Antes, la vitalidad que derrochaba llenaba cada centímetro a su alrededor.

Ahora reinaba un silencio sepulcral sin él.

Jordan se hacía cargo de lo sola que se encontraba Allegra.

No obstante, estaba entusiasmada con sus planes de escribir el libro.

Le brillaban los ojos cuando puso a Jordan al corriente.

—Deberías. A Henry le encantaría —comentó Jordan, y se acomodó en el suelo a su lado—. Alguien debería haber escrito sobre él hace años. Quizá él mismo. Tenía muchísimas experiencias magníficas que contar.

—Nunca tuvo tiempo para escribirlas, estaba demasiado ajetreado viviéndolas —señaló Allegra, y le tendió a Jordan una instantánea de Henry que le hizo reír.

Henry aparecía en una playa, de joven, haciendo el tonto junto a una chica guapa.

Jordan miró el reverso de la foto, donde Henry había escrito: «Verano del Amor, 1967».

La chica era clavada a Twiggy, cosa que hizo sonreír a Jordan, como había sonreído antes Allegra. Entonces Henry tenía veinticinco años.

—¿Qué has estado haciendo estos días? —le preguntó a Allegra en tono cariñoso.

Le daba mucha lástima que estuviera tan sola. Ella se había desvivido por Henry, y ahora lo único que tenía era un puñado de papeles y fotografías antiguas, aunque le resultaba grato revisarlos. Así lo mantenía vivo en su cabeza y en su rutina cotidiana.

—Esto —dijo Allegra escuetamente mirando a su alrededor.

—¿Puedo invitarte a cenar uno de estos días, para que salgas de casa? —se ofreció con sinceridad, como amigo.

Estaba seguro de que a Henry le habría gustado que mirase por ella. Allegra no lo veía tan claro; Henry habría tenido mejor criterio.

—Todavía no, es demasiado pronto. Gracias de todos modos. Estoy a gusto en casa, revisando sus cosas. Tardaré meses en mirarlo todo.

—Bueno, pero no esperes meses para salir de aquí unas cuantas horas. Te sentaría bien —señaló Jordan, y ella asintió con la cabeza.

Allegra dedicó el verano entero a revisar los papeles de Henry, entre los que encontró algunos tesoros para el libro que iba a escribir.

Jordan pasaba a verla una vez a la semana.

Le llevaba bombones y pastas, o libros en ocasiones, y le contaba algún que otro chiste tonto.

Siempre le proponía salir a almorzar o cenar, pero Allegra se sentía bien en casa y no le apetecía salir.

No había visto a nadie desde el funeral, salvo a Jordan, y tuvo que reconocer que se estaba portando como un fiel amigo.

No tenía segundas intenciones; simplemente estaba preocupado por ella.

Comenzó a escribir el libro en septiembre.

Relatar la historia de Henry y compartir su pasado llenó sus días y noches, así como su corazón de alegría, y disponía de montañas de fotografías para ilustrarlo.

De momento no había presentado el proyecto a ninguna editorial ni había buscado agente literario.

Su intención era esperar hasta terminar el libro, que, al ritmo que iba, se figuraba que le llevaría uno o dos años.

Procuraba ser meticulosa y precisa en lo concerniente a los datos biográficos.

Le confesaba a Jordan lo mucho que estaba disfrutando escribiéndolo cuando él se dejaba caer por allí.

—Tal vez intente escribir una novela cuando termine —dijo.

Escribir el libro sobre Henry le estaba reportando un enorme disfrute. Deseaba honrar su memoria, y mientras lo escribía su recuerdo se mantenía vivo. La energía de su esposo emanaba de las páginas y resultaba contagiosa.

Allegra no dejó que Jordan lo leyera conforme avanzaba. Quería que estuviera impecable antes de dárselo a nadie, y el borrador aún estaba en una fase muy rudimentaria. Él se moría de ganas de leerlo.

—¿Salgo en el libro? —preguntó, esperanzado.

—No lo sé —respondió ella—. Todavía no he llegado a esa parte. Lo suyo sería que aparecieras, puesto que realizasteis una gran cantidad de trabajos juntos.

—Él me adoraba —comentó Jordan, y ella se rio.

A pesar de que era narcisista a más no poder, se había portado como un amigo incondicional desde que Henry falleció, cosa que Allegra valoraba.

—Oye —dijo Jordan, cambiando de tema—, ¿me acompañarás al estreno de mi nueva película? Te sentaría bien salir.

Lo dijo como si le recomendara una terapia, pero ella seguía sin sentirse preparada para aparecer en público en un acto con tanta visibilidad.

—Dudo que esté en condiciones para ello. ¿No tienes a ninguna acompañante?

—A nadie con quien me apetezca aparecer en los medios. En este momento me encuentro en un parón entre citas —respondió Jordan, y Allegra le sonrió.

—¿Cuándo es?

A veces se compadecía de él. Sus relaciones con las mujeres eran muy pasajeras, nunca lo bastante profundas para ser auténticas. Pero a él le gustaba así, de ese modo siempre acaparaba el protagonismo.

—En diciembre.

Para entonces habrían transcurrido seis meses desde la muerte de Henry. A Allegra se le antojaba poco tiempo.

Jordan reiteró su invitación varias veces a lo largo del mes siguiente, con tenacidad.

—Sería una buena promoción previa para tu libro. Puedes anunciar en la alfombra roja que estás escribiendo la biografía de Henry.

Allegra se burló de él.

—Vaya, eso ya es rizar el rizo. Debes de estar desesperado.

Jordan sonrió. Advertía que últimamente estaba recuperando el sentido del humor.

Henry y ella eran dados a hacer comentarios irónicos y bromear el uno con el otro.

A medida que avanzaba con el libro, Allegra se sentía cada vez más animada.

Tenía la sensación de estar pasando los días con Henry conforme narraba la historia de su vida y su extraordinaria trayectoria en el mundo de la música.

Tres días antes del estreno de la película, Jordan se lo pidió otra vez. Seguía sin tener acompañante y, en el calor del momento, Allegra lo sorprendió y se sorprendió a sí misma diciendo que sí.

—Pero nada de fiestas después. No tengo ganas de ir a grandes eventos sociales hasta que acabe el año, y puede que nunca más.

—Le resultaba inconcebible ir a una fiesta sin Henry, y tampoco le apetecía.

No quería aparecer como la viuda doliente ni asistir a eventos sin él.

De todos modos, no se lo pasaría bien—. Me puedes despachar e irte de fiesta tú solito —apostilló.

—¡Gracias! Me hace ilusión que veas la película, y me darás un aire respetable —dijo Jordan, eufórico.

No era una de las películas en las que Henry había colaborado; ir a ver estas habría sido demasiado emotivo para Allegra.

Sacó un sobrio vestido de gala negro del armario y la asaltaron las dudas sobre si ir o no, pero no quería faltar a su promesa y decepcionar a Jordan.

La noche del estreno, combinó el vestido con unos zapatos de tacón alto de satén negro y unos discretos pendientes de diamantes que Henry le había regalado y se recogió la melena pelirroja en un elegante moño francés.

Consiguió un aspecto sencillo, elegante y digno, que creía que Henry habría aprobado; a él no le habría importado que saliera.

Caminó por la alfombra roja con Jordan mientras este se pavoneaba ante las cámaras como solía hacer.

Un discreto esmoquin de Armani le daba el atractivo de un galán de cine; los fotógrafos tardaron unos instantes en reconocerla, y acto seguido le preguntaron educadamente si podían fotografiarla.

No parecían ser pareja sentimental; Jordan les dijo que era la primera noche que ella salía.

Los retrataron juntos, y, a continuación, ella retrocedió y tomaron instantáneas de Jordan solo.

A Allegra le gustó la película. Se marchó en cuanto acabó, y Jordan siguió de fiesta. La velada transcurrió sin contratiempos. Ella no es que disfrutara, pero tampoco lo pasó mal. Jordan tenía razón: le sentó bien arreglarse y salir de casa.

Al día siguiente apareció una fotografía de los dos en la sección de entretenimiento del periódico bajo la cual figuraba la leyenda: «El guionista Jordan Allen acompañado por Allegra Platt, viuda de su amigo, el compositor Henry Platt, en su primera salida nocturna desde que su difunto esposo falleciera de cáncer en junio».

Era escueta, clara y precisa, sin la menor insinuación.

En la foto, Allegra y Jordan posaban juntos como amigos, no como pareja.

Y ella tenía el semblante serio, a diferencia de Jordan, que sonreía.

El día posterior al estreno, le dio las gracias a Jordan por la grata velada y volvió al trabajo.

El día de Acción de Gracias lo había pasado escribiendo y tenía pensado hacer lo mismo en Navidad.

No compró ningún árbol, no lo quería; la confortaban los gratos recuerdos de Henry y de las fiestas que habían celebrado.

Jordan pasó las Navidades en Aspen, y no dio señales de vida hasta bien entrado el año nuevo.

Había conocido a alguien allí que lo mantuvo ocupado en enero, mientras ella continuaba escribiendo y engrosando el manuscrito.

Pip­pa la telefoneaba de vez en cuando para estar al tanto de sus progresos, y Allegra decía estar contenta. La editora ardía en deseos de leerlo.