Allegra Capítulo 14
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Capítulo 14

Toda la música que Allegra escogió para el funeral d e Henry la había compuesto él.

Muchas de las piezas las había escrito para ella.

Todas rebosaban de alegría. La música dijo más de él que cualquiera de los numerosos panegíricos que se pronunciaron.

Allegra se sentó sola en el primer banco de la iglesia.

Ni quería ni necesitaba a nadie a su lado; sentía la presencia de Henry junto a ella.

Llevaba un discreto vestido negro que le había comprado Henry en París, junto con un sombrero que a él le chiflaba.

La música transportó a los presentes. Todos los asientos estaban ocupados, y al fondo había filas de personas de pie para honrar al difunto y su talento.

A pesar de que Henry era demasiado joven para irse, había llenado cada instante de su existencia de belleza para el disfrute de los demás.

Había logrado hacer que la vida de los otros fuera mejor, en especial la de Allegra, porque él había exprimido la suya.

Para ella fue el bálsamo que sanó sus heridas y resarció su pasado.

Con el desbordante torrente de su amor había limpiado la crueldad de la gente.

Sabía de sobra lo afortunada que era de haberlo amado y haber sido correspondida.

Henry fue el milagro que había estado esperando.

Allegra había invitado a sus hijos al funeral, pero estos respondieron que en realidad no lo conocían y que se sentirían fuera de lugar, de modo que no fueron.

Pese a que le constaba que Henry lo habría entendido, lamentó que no estuvieran presentes.

Habría sido un digno gesto de respeto hacia su padre.

Ofreció una recepción después del funeral en el hotel Bel-Air; en la casa no había espacio para tanta gente.

Asistieron todas las personalidades y caras famosas de Hollywood.

Acudieron los productores ingleses, así como el director francés con el que Henry había colaborado recientemente.

También Carly, por cariño y respeto. Pippa voló desde Nueva York para asistir a la misa y acompañar a Allegra.

Jordan parecía hundido; incapaz de hablar, abrazó a Allegra.

Ella le había pedido que fuera uno de los portadores del féretro, y a él le conmovió y honró ser reconocido como uno de los amigos más cercanos de su esposo.

A Henry le caía bien, entendía su personalidad y lo aceptaba con sus defectos, justificándolo por su juventud.

Jordan, que fue al funeral acompañado por la actriz con la que salía últimamente, se quedó asombrado de lo guapa que estaba Allegra.

Emanaba serenidad moviéndose con gracia entre la multitud reunida en el Bel-Air y agradeciendo a la gente su presencia al tiempo que tocaba una mano o daba un abrazo.

Sin embargo, ella no parecía estar allí.

El velo de luto que se había puesto con el sombrero negro realzaba aún más su belleza.

Con el paso de los años, arropada por el amor y las tiernas atenciones de Henry, lucía un aspecto más radiante y deslumbrante.

Todas las huellas del pasado se habían borrado: el sufrimiento, la ansiedad, las heridas, el tremendo daño que le habían infligido.

El amor de Henry lo había disipado, como una piedra blanca y perfecta en la playa, suavizada por el mar.

Allegra regresó a casa tras la recepción.

Los amigos de Henry y los compañeros de oficio seguían en el hotel, conversando, bebiendo y riendo, contando anécdotas de él.

De joven había sido de armas tomar, si bien se había sosegado con el paso de los años.

Al llegar, Allegra se quitó el sombrero, se puso un vestido de algodón blanco liso, fue al jardín a sentarse y se puso a pensar en Henry y en el último paseo que dieron allí, pocos días antes, en su último día de vida, sus últimas horas, aunque ellos no lo sabían.

Una gran mariposa azul aleteó hasta posarse en su mano, y ella sonrió y se la acercó a la cara.

Cuando le rozó la mejilla con un ala y echó a volar, supo que era él.

Ahora volaba en libertad, con las alas de su música, hacia un lugar mejor.

A pesar de que ya lo añoraba, sentía la misma alegría cada vez que pensaba en él.

Era como una brisa estival que le confortaba el corazón.

Allegra se pasó un buen rato sentada en el jardín; Louise la observaba desde la ventana de la cocina con gesto atribulado. También había asistido al funeral con su mejor vestido negro, y se había cambiado al volver.

—Está tan sola ahora, sin familia, sin hijos… —le comentó a Fred, el empleado que se ocupaba de las limpiezas a fondo—. ¿Qué va a ser de ella?

—Conocerá a alguien. Es joven. Él era mucho mayor. Tarde o temprano, estaba destinada a enviudar —dijo Fred con pragmatismo.

Louise pareció molesta.

—Ella no es así —replicó—. Se querían de verdad. Es una buena mujer.

Henry había fallecido a los setenta y un años.

Allegra tenía treinta y tres. Fred estaba en lo cierto; era joven, pero aparentaba mucha madurez para su edad.

Poseía una profundidad que la mayoría de las mujeres de su generación aún no habían alcanzado.

Tenía toda la vida por delante, posiblemente ni siquiera había llegado a la mitad.

Louise no podía imaginarla sin Henry. Tampoco Allegra se imaginaba a sí misma.

Ya no alcanzaba a recordar su vida anterior a él.

Allegra deambuló hasta el estudio y miró las notas de la última pieza inacabada que yacían sobre la mesa.

A esas alturas sabía leer partituras; Henry le enseñó.

Escuchó una de sus obras, una de sus predilectas.

La imbuyó de paz. Debía revisar sus papeles, pero todavía era demasiado pronto.

Aún se sentía incapaz. Disponía de tiempo.

En adelante no tenía nada que hacer sin él.

Se había consagrado en cuerpo y alma a su esposo en los últimos siete años.

Se le antojaba una vida entera, no una mera parte de ella. Había sido la parte más importante.

Allegra pasó horas en el estudio, tocando cosas, leyendo sus anotaciones, escuchando su música. Permaneció allí hasta que se fue a la cama. No tenía apetito, y Louise la dejó a solas. A partir de ahora debería encontrar su camino; aquello era el inicio. Tenía por delante una larga vida sin él.

El abogado de Henry se puso en contacto con Allegra unos días después del funeral.

Quería darle una copia del testamento, que a ella no le interesaba en absoluto, pero según le explicó era preciso que lo viera.

Lo había redactado Henry, en términos sencillos, y era vinculante a efectos legales.

Había dejado todos sus bienes a Allegra y un generoso legado a Louise, su ama de llaves.

Su exmujer realizó una lucrativa inversión durante la fiebre de las puntocom y se había hecho rica.

En cuanto a sus hijos, tenía claro que la madre velaría por ellos, aparte de que ambos tenían buenos trabajos.

Henry se había ido informando sobre ellos cada cierto tiempo.

Allegra, en cambio, ahora estaba sola. Viviría muy holgadamente durante una larga temporada, para siempre si era precavida y juiciosa.

La vivienda era su propiedad más valiosa y podía venderla más adelante en caso necesario.

La música de Henry le reportaría ingresos, cuantiosos incluso, el resto de su vida.

La había dejado en una posición que garantizaba su seguridad económica, y la posibilidad de hacer cuanto deseara.

Gracias a él, no tenía necesidad de trabajar ni de preocuparse.

Henry, tal y como había hecho en todos los demás aspectos, se había mostrado responsable y generoso con Allegra.

Y había añadido un párrafo según el cual debía ir a París cada vez que se le antojara y hospedarse en el Ritz.

Leerlo le arrancó una sonrisa. Lo haría algún día, pero primero necesitaba recuperar el aliento y orientarse.

Henry había dejado un inmenso vacío en su vida, e ignoraba cómo llenarlo.

A lo largo de las semanas posteriores, Allegra revisó todos los documentos y las notas de Henry, así como los artículos sobre él y sus datos biográficos, algunos de los cuales conocía.

Sin embargo, él no le había dicho todos los galardones que había recibido.

Se contaban por docenas, aparte de los tres premios Oscar.

Encontró un sobre de fotografías en las que aparecía con sus hijos.

Tenían cuatro y cinco años respectivamente cuando se divorció.

Cayó en la cuenta de que era probable que no guardaran recuerdo alguno de él.

Encargó copias de las fotografías y se las envió a través del abogado de Henry.

A medida que el taco de documentos aumentaba encima de la mesa de Henry, Allegra dilucidó a qué iba a dedicar el tiempo en lo sucesivo.

Siempre había anhelado intentar escribir; había llegado la hora.

Henry constantemente la animaba a probarlo.

Decidió escribir un libro sobre él, cuyo título le vino a la cabeza al mismo tiempo que la idea: Oda a la alegría.

Describía su vida a la perfección, con el debido respeto a Beethoven, que estaba segura de que no habría puesto objeciones.

Emocionada, esbozó el proyecto y comenzó a ordenar el material que había recopilado.

Sacó viejos archivos y lo fotocopió todo.

Escribir el libro daría sentido a su vida y la orientaría, y al mismo tiempo rendiría tributo a su esposo.

En muchos aspectos, había sido el héroe ignorado del mundo de la música clásica, puesto que sus obras se consideraban comerciales debido a su éxito.