Capítulo 13
Llevaban siete años casados cuando Henry cumplió los setenta.
Con la misma vitalidad de antaño, continuaba colaborando en multitud de películas, y constantemente solicitaban sus servicios.
Si bien la gente con la que trabajaba no apreció cambios en él, Allegra empezó a advertir diferencias sutiles a partir de su cumpleaños.
Se cansaba antes, aunque en ningún momento lo admitiera ante ella o en su fuero interno.
Allegra lo protegía en la medida de lo posible de las exigencias de su estilo de vida y su carrera, aún en auge.
Componía más bandas sonoras que nunca y viajaba con mayor asiduidad que antes, si cabe.
A lo largo del año había colaborado en dos películas en Francia y en una en Inglaterra, además de las estadounidenses.
Allegra lo acompañaba a todos sus viajes y se ocupaba de organizarle el día a día.
Se alegraba de no haber tenido hijos; les habría resultado imposible pasar suficiente tiempo con ellos.
Henry vivía la vida de diez personas, con la fortaleza de veinte hombres.
Poseía la vitalidad propia de los cuarenta años, y aparentaba sesenta a lo sumo.
Ella se encargaba de que comiera bien y velaba por su salud.
La asombró el fuerte catarro que pilló en un avión volviendo de Londres, que derivó en bronquitis y más tarde, en neumonía. Normalmente nunca se ponía enfermo.
Lo reprendió con cariño.
—Te dejas la piel trabajando. No puedes ir de aquí para allá por toda Europa y hacer malabares con tres películas en Los Ángeles a la vez. Nadie puede.
Pero llevaba mucho tiempo así. Nada ralentizaba su ritmo, y sus nuevas e interesantes ideas para la música de películas eran la envidia de todo el mundo en el sector. Fue nominado a otro Oscar, aunque esta vez no lo consiguió.
Cuando contrajo la neumonía, el médico le aconsejó que aflojara el ritmo, cosa que a Henry le constaba que debía hacer.
Pasaron tres semanas hasta que Allegra descubrió por qué se encontraba tan mal.
No fue debido al viaje, o no exclusivamente.
Al final Henry se lo confesó; el médico opinaba que era injusto no poner a Allegra al corriente.
Desde hacía cinco meses sabía que padecía un tipo de cáncer de estómago muy poco común que se consideraba incurable.
Henry encaró el pronóstico con valentía.
Todo cuanto anhelaba era continuar trabajando hasta su último aliento y pasar cada instante que pudiera con Allegra.
La quimioterapia le proporcionaría algo más de tiempo, si bien era cierto que los efectos secundarios afectarían en gran medida a su calidad de vida.
Por tanto, decidió que no valía la pena.
Se negaba a pasar los últimos meses de vida atormentado de dolor y náuseas.
No quería que fueran así los últimos recuerdos que Allegra conservara de los dos juntos.
Había mantenido la entereza y la fortaleza.
Aún no había llegado el final, aunque el médico informó a Allegra de que la esperanza de vida era de meses, no de años.
Dispondría de un poco de tiempo para estar con él antes de que se debilitara.
Allegra no dejó a Henry solo ni un segundo a partir de entonces.
Se convirtió en su sombra. Se anticipaba a sus necesidades y deseos antes de que a él se le pasaran por la cabeza siquiera.
Una vez que la neumonía remitió, puso los medios indispensables para que él trabajase con comodidad.
Sin embargo, el médico les advirtió que sufriría una recaída, ya que su organismo cada vez tendría menos capacidad para combatir las infecciones.
Además, padecería otras muchas afecciones conforme las defensas de su organismo fueran disminuyendo lentamente.
Todavía estaban a tiempo de someterlo a quimioterapia, si es que Henry daba su consentimiento, pero él se mantuvo en sus trece.
Deseaba estar plenamente operativo, o lo más posible, hasta sus últimos días.
Continuó supervisando sesiones de grabación y trabajando en el estudio a todas horas.
Costaba creer que estuviera enfermo. A Allegra le dio por pensar que los facultativos se habían equivocado en el diagnóstico.
Daba la impresión de que a veces se encontraba mejor.
Henry y ella salían a pasear juntos, aunque últimamente él se cansaba enseguida.
Charlaban sin cesar. Él sentía la necesidad de contarle todo lo que podría olvidar más adelante.
Estaba preparado para pasar por un trance muy duro al final, pero aún no se encontraba en esa coyuntura.
Quería estar en pleno uso de sus facultades mientras fuera capaz.
Allegra le suplicó que probara con la quimioterapia, puesto que cabía la posibilidad de interrumpir el tratamiento en cualquier momento si le resultaba imposible de sobrellevar o le provocaba demasiados efectos secundarios, pero Henry no dio su brazo a torcer.
Era un noble guerrero y pretendía irse como tal, para que se sintiera orgullosa de él.
Se negaba a renunciar a lo que tenían. Era demasiado valioso para él, al igual que ella.
Su deseo era que recordase los mejores tiempos, no el final.
No dijeron a nadie que Henry estaba enfermo.
Él quería evitar que lo vieran así, ajado y débil, menos capaz que en otros tiempos.
Su aguante y su coraje eran increíbles. Allegra trató de infundirle sus propias fuerzas para que viviera más tiempo.
Rezaba para que se produjera un milagro, pero fue en vano.
Albergaba un caudal de amor inagotable para él.
De haber podido, le habría dado su propia vida.
En los últimos meses compartieron miles de momentos valiosos, cada uno de los cuales Allegra valoró como un preciado tesoro.
Sabía que viviría de esos recuerdos durante el resto de su vida.
El viaje sería duro sin Henry, más duro que cualquiera de las situaciones con las que había lidiado hasta la fecha, porque con él había sido inmensamente feliz.
Fuera como fuese, tenía la certeza de que siempre sentiría su presencia a su lado.
Los últimos días que pasaron juntos fueron uno de los mayores regalos que él le había hecho jamás.
Henry trabajó con denuedo hasta el final, componiendo una hermosa música con un matiz agridulce y estremecedor. Su última creación fue como un estallido de alegría, la culminación de una existencia. Se la dedicó a ella y la tituló simplemente Allegra .
Jordan había dejado de ir a verlo. Había llegado a apreciar a Henry a su manera y verlo tan enfermo le resultaba insoportable.
En su última visita lloró como un niño al marcharse; sabía que no volvería a verlo.
No encontró palabras para explicarle a Allegra lo que sentía, y la entereza de ambos lo dejó boquiabierto.
El amor que se profesaban los sostenía y les infundía fortaleza.
Allegra estuvo con Henry cada instante, día y noche, arropándolo, amándolo, alimentándolo, apoyándolo, haciéndole reír cuando era posible, conversando durante horas o pendiente de él mientras dormía.
Henry tomaba la mínima medicación posible para el dolor.
Quería estar espabilado para compartir todo el tiempo con ella, en vez de adormecer sus sentidos o desperdiciar sus últimos días durmiendo.
En su último día de vida, se levantó y dieron un paseo por el jardín.
Hacía un bonito día de verano. A su alrededor, las flores estaban esplendorosas, las mariposas aleteaban por doquier y un colibrí se detuvo en pleno vuelo para observarlos; Henry se lo señaló a Allegra.
Parecía haber recuperado las fuerzas de la noche a la mañana; charló sobre su niñez y sus hijos, y lamentó no haberlos conocido a fondo.
No obstante, Allegra había colmado hasta el último rincón de su corazón a lo largo de los mejores siete años de su vida.
Era un regalo que se habían hecho el uno al otro.
Juntos eran más de lo que cualquiera de los dos había sido previamente.
Por primera vez en su vida, Allegra estaba segura de haber sido amada de verdad, y nada podía arrebatarle eso.
Nada lo borraría, cambiaría o estropearía, ni ensombrecería el amor que se habían profesado.
—¿Sabes? Hay pocas personas tan afortunadas como nosotros —le dijo a Henry en voz baja mientras se encaminaban de vuelta a la casa.
Él mostraba más energía que en las últimas semanas—.
La mayoría de la gente jamás llega a vivir un amor como este.
Desperdician el tiempo y la vida con personas que no les convienen.
La propia Allegra lo había hecho, persiguiendo a su madre durante años, esperanzada con que su padre regresara, no para desatenderla y rechazarla de nuevo, sino para darle afecto.
Había procurado ganarse el amor de sus abuelos empequeñeciéndose lo más posible, y el de Shep aferrándose a él con desesperación cuando este estaba demasiado roto para amarla.
Había perseguido todo tipo de sombras y sueños hasta que conoció a Henry, que le entregó su corazón, su confianza y su alegría de vivir de una manera tan noble, generosa y sencilla.
No le hizo falta luchar por ello, ni rogarle ni convencerlo.
—Yo tuve tanta suerte de encontrarte que me parece un milagro —dijo él con gesto risueño—. Menos mal que fuiste lo bastante valiente para venir a Los Ángeles. Imagínate si no lo hubieras hecho. Nos lo habríamos perdido todo.
—Mi destino era estar aquí —afirmó ella sin más—. Me enviaron a ti.
A ninguno de los dos le cabía la menor duda.
—Y yo llevaba años esperándote. Podrías haberte dado un poco más de prisa en venir —dijo Henry, y se echó a reír. Su risa aún era fuerte, como su amor y su ánimo.
—Es que andaba ocupada —replicó Allegra en tono remilgado— persiguiendo a las personas que no debía por los caminos que no debí tomar. Eran la lección que debía aprender antes de conocerte.
—Tú sí que eres mi lección —dijo Henry con orgullo—. Yo aprendo de ti cada día.
Volvieron al dormitorio, y él se tumbó en la cama. Desde allí podía ver el jardín. Las ventanas estaban abiertas y entraba una suave brisa en la habitación. Le encantaba contemplar los llamativos colores, y había perfilado una partitura en su cabeza.
—Más tarde voy a componer —le dijo.
Llevaba tres días sin pisar el estudio, en cuya mesa yacía una pieza que tenía a medias y deseaba terminar.
Cuando se tendió a su lado, Henry apoyó la cabeza en su hombro y ella le acarició suavemente la cara y el pelo. Él sonrió, deleitándose con el roce de aquellos dedos en su piel; era como los besos de un ángel, había comentado en una ocasión.
—Te quiero, Allegra —dijo con una sonrisa y, con un tenue suspiro que a ella le acarició el corazón, se fue.
Se marchó sin despedirse, pero no hacía falta.
Allegra sabía lo mucho que se amaban. Cada instante de los siete años que habían pasado juntos había sido un poema de amor de principio a fin, un canto a la alegría.
El amor de Henry había disipado todas las penas de su pasado y colmado su corazón de felicidad suficiente para que le durara el resto de su vida.