Capítulo 12 #2
—Ha sido muy productivo —respondió él con expresión seria, y acto seguido se pusieron manos a la obra.
Allegra estaba en la planta de arriba deshaciendo las maletas cuando Jordan se fue.
A partir de entonces no volvió a quedarse en el apartamento de West Hollywood; el primer fin de semana llevaron el resto de su ropa a Bel-Air.
En el armario del cuarto de invitados había espacio de sobra.
A ambos les sorprendió lo normal que les parecía vivir juntos.
Su amor había tardado un año en estallar como un volcán, y tan solo tardaron unos cuantos días en habituarse a compartir el dormitorio.
Henry tenía la sensación de llevar mucho tiempo esperándola. Y Allegra sentía lo mismo.
Poco después de mudarse lo acompañó al estreno de una de las películas en las que había colaborado. Caminó por la alfombra roja con Henry, manteniéndose a cierta distancia a fin de facilitar el acceso a los fotógrafos, pero él tiró de ella y le puso la mano en el brazo.
—Este es tu sitio ahora —le susurró, y Allegra sonrió.
Los fotografiaron juntos y, a la mañana siguiente, Jordan lo comentó con Henry.
—¿Es que estás saliendo con Allegra? —le preguntó como quien no quiere la cosa, y Henry pareció sorprendido.
Era una forma banal de referirse a lo que sentían el uno por el otro. Indigna de ella. Henry ni siquiera respondió. Allegra se merecía mucho más. Aquella noche sacó a colación el tema.
—Probablemente deberíamos esperar un tiempo razonable y hacerlo como es debido —le dijo—. Quiero casarme contigo, Allegra. De lo contrario, dará que hablar a la gente, y no me agradan las habladurías que circulan en esta ciudad. Aquí todo es efímero y pasajero. ¿Tú qué opinas?
—Que soy la mujer más afortunada del mundo. ¿No te cansarás de mí? —le preguntó con gesto de preocupación, y él sonrió.
—A lo mejor, dentro de treinta o cuarenta años. Podemos hablarlo entonces.
Se casaron al cabo de seis meses en una ceremonia íntima oficiada por un juez amigo de Henry.
Su deseo era evitar la prensa. Pippa voló a Los Ángeles para asistir a la boda como único testigo de Allegra.
Pasaron la luna de miel en París, y, a la vuelta, dieron un banquete para un centenar de amigos de Henry. Fue una celebración llena de alegría.
París estaba tan bonito en invierno como en verano.
Nevó mientras se encontraban allí; la nieve parecía encaje sobre las farolas y las estatuas, espolvoreada en los árboles como azúcar hilado encima de una tarta nupcial.
Pasaron dos semanas en la ciudad, yendo a sus lugares favoritos.
Él tenía reuniones en Londres después. Ella seguía ejerciendo de ayudante, cosa que extrañaba a algunas personas, pero a ellos les importaba un comino; disfrutaban de lo lindo trabajando codo con codo.
Allegra había telefoneado a Carly Forrest para ponerla al corriente de que iban a casarse, y esta se rio.
—Yo pensaba que os compenetraríais, pero lo que no imaginaba era que el trabajo sería indefinido. De las ayudantes que ha tenido, eres la primera que no lo ha dejado plantado. Las agotó a todas.
La energía de Allegra, sin embargo, se equiparaba a la de Henry.
Y lo amaba. Carly les envió una bandeja de plata con las iniciales de ambos grabadas.
Fue el primero de otros muchos regalos de bodas.
Los chismosos hicieron comentarios sobre la diferencia de edad de la pareja, pero sus amigos se alegraron por ellos.
Se complementaban de la mejor manera posible.
La gente envidiaba a Allegra y a Henry cuando los veían juntos. Saltaba a la vista el amor que se profesaban. Y, pese a la diferencia de edad, la pareja no resultaba chocante. Parecían compenetrarse con armonía, admiración y respeto.
Él ganó otro Oscar al año siguiente de casarse. Y en el breve discurso que pronunció le dio las gracias a Allegra por el infinito amor y la alegría que le brindaba. Se refirió a ella como su extraordinaria esposa.
Tras sopesar la idea de tener un hijo, decidieron no hacerlo.
Henry opinaba que sería injusto para el niño tener un padre tan mayor, y reconoció que quería a Allegra solo para él.
Ella estuvo de acuerdo, a pesar de que le seducía la perspectiva de ser la madre de su hijo.
Sin embargo, su infancia había sido tan traumática que le parecía impensable traer hijos al mundo y correr el riesgo de hacerles daño de alguna manera.
Lo que anhelaba ahora era cuidar de él, y tampoco deseaba compartirlo.
El vínculo que mantenían era tan íntimo y estrecho que no admitía a nadie más, ni siquiera a un hijo en común. Eran felices tal como estaban.
Henry compuso la música para dos películas más con Jordan, que le dijo que era muy afortunado de tener a Allegra.
Henry era su ídolo, su héroe, y confesó sin reparos que lo envidiaba por muchas razones, sobre todo por la mujer que tenía.
Pero también reconoció que Henry se la merecía, y que jamás había visto a dos personas tan enamoradas.