Capítulo 12
Los tres días en París, después de Londres, fueron mágicos.
Hacía años que Allegra veía fotografías y leía libros sobre París.
Incluso realizó un curso de literatura francesa en la universidad, pero nada la había preparado para la belleza deslumbrante de la ciudad y la sensación que la embargó al recorrer las calles, cautivada por su encanto.
Henry solo tuvo una reunión con un productor de cine francés.
Pasaron el resto del tiempo admirando la arquitectura, los monumentos, los jardines y los parques, y contemplando el cielo, recreándose en la luz, que poseía un brillo dorado que no había visto en ninguno de los lugares que conocía.
No oscureció hasta las diez de la noche.
Allegra se sentía fascinada por todo, y a Henry le encantó compartir su entusiasmo.
Era su ciudad favorita desde la primera vez que la visitó con sus padres de pequeño.
Y había vivido allí durante un año mientras estudiaba en el conservatorio. Se conocía la ciudad al dedillo.
Observar a Allegra empapándose de todo le infundió un especial regocijo.
Se sentaron en las terrazas de los cafés, pasearon por la ribera del Sena, vieron a los críos jugar en los jardines de Luxemburgo y se montaron en el tiovivo de las inmediaciones de la Torre Eiffel.
Cada momento forjó un recuerdo especial que ella sabía que guardaría para siempre.
Allegra había reservado en el Ritz de París, un hotel histórico también.
Pasaron una mañana en el Louvre y el Jeu de Paume.
Dondequiera que fueran, la mayoría de las veces a pie, Allegra se sentía abrumada ante lo que contemplaba.
La suite de Henry en el ilustre hotel era palaciega, y el servicio, extraordinario.
Compraron crepes en los puestos ambulantes, comieron en los bistrós de la margen izquierda del río, recorrieron Saint-Germain-des-Prés y pasaron junto a todas las tiendas elegantes del Faubourg Saint-Honoré.
Caminaron desde la plaza de la Concordia y atravesaron los Campos Elíseos de punta a punta hasta el Arco del Triunfo, bajo el cual ondeaba con la brisa la bandera de Francia más grande que jamás había visto.
Tanto los días como las noches eran cálidos; hacía un tiempo ideal.
Cuando regresaron al hotel la segunda noche, al desearle buenas noches en la puerta de su habitación Henry la besó, y a ella no le resultó chocante.
Parecía algo completamente normal y lo que estaba destinado a suceder.
Tras permanecer durante unos instantes en el umbral, él la siguió adentro y la besó de nuevo.
La habitación, con gruesas cortinas de brocado de satén azul pálido y una enorme cama con un cabecero antiguo tapizado con el mismo tejido azul, parecía una versión en miniatura del dormitorio de María Antonieta.
Henry no supo qué decirle. Ni siquiera era consciente de hasta qué punto la deseaba, o de lo mucho que había llegado a quererla.
Todo les resultó natural a ambos mientras se despojaban de la ropa y acababan en la enorme cama, haciendo el amor como si hubieran esperado una eternidad para encontrarse el uno con el otro.
Su pasión parecía no tener límites en aquel bonito escenario, y luego, mientras yacían abrazados, Henry la miró.
Era como un tesoro que había caído en sus manos, y no se explicaba cómo había tenido la suerte de encontrarla por casualidad.
La diferencia de edad entre ellos se desvaneció.
Allegra lo hacía sentirse joven de nuevo, y él la hacía sentirse mujer, segura entre sus brazos, donde nada podía causarle daño.
Los sentimientos de Henry eran como un escudo que la protegía, y, mientras la sostenía entre sus brazos, ella lo besó suavemente en los labios.
—¿Estoy soñando? —susurró Henry.
—A lo mejor estamos soñando los dos —respondió Allegra, y se recostó en la cama, su largo, esbelto y grácil cuerpo como el de una bailarina descansando después de una proeza magistral, al tiempo que él la acariciaba con delicadeza y la excitaba de nuevo.
Allegra infundía fuerza a su cuerpo y vitalidad a su espíritu.
Reavivó en Henry la esperanza de que existiera el amor, de que ella fuera digna de ser amada.
El torrente de amor que Allegra había contenido durante años se derramó sobre él súbitamente, arrastrándolos a ambos.
Lo colmó de sensaciones olvidadas hacía tiempo, y de muchas que hasta entonces nunca había experimentado.
Henry ya no podía imaginarse la vida sin ella, y todo había culminado en este momento sublime.
Había una afinidad inesperada entre ellos.
Se necesitaban mutuamente en la justa medida, sin desesperación.
La sensación era plácida, como si flotaran, mientras Allegra le sonreía.
Daba la impresión de que aquello estaba destinado a ocurrir, justo en ese momento, en ese instante, en una ciudad que ella jamás habría imaginado.
Deseaba volver con él una y otra vez, apropiársela junto a él.
Permanecieron despiertos, conversando y haciendo el amor, hasta que amaneció y finalmente se durmieron.
Henry entrelazó su largo cuerpo alrededor del suyo y la abrazó.
Se amoldaban a la perfección. Mientras los vencía el sueño alcanzaron a oír el arrullo de los pájaros, y cuando Allegra se despertó al cabo de unas horas, Henry seguía estrechándola entre sus brazos.
Se giró para poder mirarlo, y él sonrió.
—Creo que anoche morí y fui al paraíso. Si esto es un sueño, no me despiertes —dijo en voz baja.
—¿Era tu intención que esto ocurriera? —le preguntó ella con inocencia.
—En absoluto. No se me pasaba por la cabeza que pudiera tener esta suerte. Soy un viejo en comparación contigo, Allegra. ¿Cómo ibas a desearme?
Ella jamás había deseado a nadie hasta ese punto, ni había querido tanto a nadie en su vida.
Consideraba que valía la pena haber soportado cada uno de sus tormentos si eran lo que la había conducido hasta él.
Habría sido capaz de atravesar el fuego por Henry.
Le daba igual lo mayores o lo jóvenes que fuesen; lo que compartían era intemporal y eterno.
—La gente se quedará pasmada por nuestra relación —le advirtió él.
—Qué importa —dijo Allegra, girándose para tenderse de espaldas, y le sonrió mientras Henry, recostado sobre un codo, la observaba fijamente con admiración y asombro.
—Eres la mujer más bella que he visto en mi vida.
Así la hacía sentirse él. Todo era nuevo para ella.
Lo acontecido en su vida hasta la fecha se le antojaba un juego de niños que la había preparado para Henry.
Se levantaron de la cama y se asomaron a la ventana juntos.
La luz del sol bañaba la place Vendôme, y por encima se extendía un cielo azul perfecto.
Pidieron el desayuno y se lo tomaron envueltos en los albornoces rosas del hotel, se dieron un baño juntos y salieron a pasear.
Ella deseaba recorrer todo París con él, pasar juntos el tiempo que les quedaba, para celebrar el milagro que se acababa de producir.
Ignoraba por completo qué harían a partir de ahora, o qué pasaría.
Lo único que importaban eran los ratos ideales que estaban viviendo.
Se sentaron muy pegados en un banco en los jardines de las Tullerías, bajo el cielo azul celeste, y la besó.
—Como vuelvas a hacer eso, echaré una carrera hasta el hotel —comentó Allegra en tono juguetón.
Henry se rio, pensando en lo joven que era Allegra. Estaba disfrutando de lo lindo de todo lo concerniente a ella y se maravillaba de que no diera importancia a los treinta y ocho años que le sacaba. Daba la impresión de que fueran de la misma edad.
—Creo que deberíamos quedarnos aquí para siempre —añadió Allegra acurrucándose contra él. No existía límite de tiempo para lo que estaban compartiendo.
—Quiero despertarme contigo cada día —dijo Henry—. Puedes quedarte conmigo; a fin de cuentas, pasamos todo el día juntos. Nadie notará la diferencia. Tampoco tenemos por qué dar explicaciones a nadie. No tenemos padres, tú no tienes hijos y los míos no me ven. Los dos somos libres.
—¿Qué me dices de Louise? ¿No será un shock para ella? —señaló Allegra con una sonrisa, recordándole la presencia de la fiel ama de llaves.
—Si lo es, lo superará. Pienso que se alegrará por mí, y te adora.
Siguieron hablando de ello mientras caminaban hacia el hotel agarrados de la mano.
Había otras parejas paseando. Vieron a una besándose y sonrieron.
Ahora formaban parte de un club especial, el de los enamorados en París.
Era la ciudad ideal para el amor. Aquella noche la pasaron en la habitación de Henry, aún más señorial que la de Allegra.
La había introducido en un mundo totalmente nuevo en el que, por primera vez en su vida, se sintió bien recibida, querida y protegida por un hombre extraordinario. Él colmaba su vida de alegría.
Su idílica estancia en París pasó volando y, cuando embarcaron en el avión de Los Ángeles, la magia aún los envolvía.
Ahora se les hacía raro regresar. Durmieron durante la mayor parte del vuelo y, al llegar, Allegra pasó la noche con él en Bel-Air.
Henry puso sus maletas en el cuarto de invitados, contiguo a su dormitorio, y le dijo que podía usarlo como vestidor.
Por la mañana, cuando bajaron a desayunar, Louise no dijo una palabra al tomar nota de sus peticiones.
Tenía la cara sonriente. A las ocho ya se encontraban en el estudio, listos para trabajar.
Habían disfrutado de unas vacaciones fabulosas y del comienzo de una nueva vida juntos.
—Echo de menos París —dijo ella estrechándolo entre sus brazos, y él la besó.
Como Henry tenía una cita con Jordan esa mañana, Allegra se quedó en su despacho. No tenía ganas de ver a Jordan, ni sus miradas maliciosas si se olía lo que había pasado entre ellos. En cierto modo lo desvirtuaría. Cuando llegó le preguntó a Henry qué tal por Europa.